Por Germán Ayala Osorio
La polarización
política e ideológica fue usada por la prensa hegemónica y varios analistas políticos
como un factor generador de disímiles formas de violencia, incluida la
discursiva. Una suerte de enfermedad viral que no permitía a los
colombianos llevar una vida normal e incluso, impedía, de acuerdo con ese mismo
relato, que pudiesen entenderse sin agredirse.
Un vez instalado Abelardo Gabriel de la Espriella Otero en el
solio de Bolívar de la agenda informativa desapareció la tal polarización que
el país “sufrió” durante el gobierno Petro.
La sociedad a la que le hablaron por cuatros años de polarización
política parece vivir hoy en una especie de ataraxia colectiva porque hay un “tigre”
que la defiende y protege a cada colombiano de todo mal y peligro. Qué puede
salir mal si hay un presidente-pastor que todo el tiempo invoca a Dios y lanza
vivas a Cristo Rey. Incluso, el terremoto que sacudió al país lo convirtió en
un reto que el Señor le envió, a lo que se suma que habla de Patria Milagro en
una sociedad camandulera y creyente que se siente a gusto con un presidente
piadoso. Todo un conjunto de elementos religiosos que hacen pensar a muchos
que el país está viviendo una especie de resurrección (anastasis).
Así las cosas y a pesar de los problemas de orden público en
Santa Marta y en el Cauca, y en otros territorios, y los que generará la sequía
en el marco del fenómeno del Niño, la prensa y los periodistas que en el pasado
atacaron a Petro y a su familia con evidente inquina, aportando al crecimiento de la polarización,
en estos dos meses del gobierno de Abelardo están fungiendo como una suerte de agentes
ataráxicos que generan la tranquilidad mental, la calma emocional y el sosiego que tanta falta le hizo al país
en el anterior periodo presidencial.
Las empresas mediáticas pro-Abelardo están dedicadas a
proteger y exaltar la imagen del presidente de la República. A pesar de dejar
ver su frágil
masculinidad al portar un arma al cinto y gritar como militar enardecido,
para la gran prensa bogotana se trata de un macho valiente y berraco, capaz
de retar y enfrentarse a los más peligrosos bandidos.
Anulado, borrado o
proscrito el enfrentamiento político e ideológico entre la derecha y la izquierda,
entre el progresismo y el neoliberalismo, o entre Petro y el Establecimiento
empresarial, la discusión pública de asuntos públicos desapareció en buena
medida gracias a que De la Espriella no da entrevistas a esos medios porque no
le gusta que lo contradigan o cuestionen su gestión y mucho menos los incumplimientos
y las contradicciones en las que está incurriendo de acuerdo con lo prometido
en campaña. Baste con nombrar dos: el primero, que gobernaría con técnicos y
los “Nunca”. Es claro que está gobernando con los de Siempre.
Y el segundo, que acabaría con los privilegios de corruptos
que pernoctan en guarniciones policiales y militares, convertidas en verdaderos
resort. Santiago Uribe sigue recluido en una instalación militar. Fue condenado
por homicidio agravado, pero seguirá en esa guarnición para no contrariar a su
mentor, el expresidente Álvaro Uribe Vélez. Pero quizás la más evidente
contradicción está en la orden de trasladar a su primo Antonio Guerra de la
Espriella, preso en la Picota, a un batallón en el Cesar. Recordemos que fue condenado
por corrupción en el caso Odebrecht. Al final, la denuncia pública que hizo
Iván Cepeda obligó al gobierno a echar para atrás la decisión.
Otro hecho político que hoy se registra distinto es el veto de
Abelardo contra el presidente de la ANDI. Los agrios enfrentamientos
discursivos que sostuvo Petro con varios agentes gremiales, incluido Bruce Mac Master, la prensa bogotana
los presentó como parte del libreto que estuvo por convertir a Petro en un
dictador. Pero ahora que De la Espriella veta al presidente de la ANDI, Bruce
Mac Master, entonces el hecho político e ideológico se minimiza al máximo.
Ni siquiera les da para convertirlo en chisme de sala de redacción.
Eso sí, estos medios que operan hoy como agentes
ataráxicos, están listos para descalificar las movilizaciones que muy
seguramente se van a dar por cuenta de decisiones económicas tomadas por De la
Espriella que afectarán a las clases menos favorecidas y a la clase media que
lo votó. Entonces, ya no hablarán de polarización política e ideológica, sino
de acciones propias de terrorismo urbano, siguiendo, por supuesto, el guion que
el gobierno les pasará para deslegitimar las movilizaciones en defensa de
derechos laborales y el páramo de Santurbán. Quizás ruidosas manifestaciones populares
sean lo único que puede sacudir a quienes viven en ese estado de ataraxia
colectiva. Eso sí, hay miedo porque el gobierno trabaja para acabar con las
garantías constitucionales que legitiman las movilizaciones y la protesta
social.
A pesar de que esos agentes ataráxicos están cumpliendo muy
bien la tarea de exaltar y proteger la imagen del presidente-combatiente,
en los sectores progresistas estos dos meses de gobierno se sienten ya como una
pesadilla. Ya veremos qué pasa en esa Colombia que sigue creyendo en milagros.