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domingo, 26 de abril de 2026

COLOMBIA: LA CAJA DE LOS VIENTOS DE LA GUERRA PERPETUA

 

Por Germán Ayala Osorio

 

Después de conocido el saldo de 19  muertos que deja hasta el momento el cobarde y demencial ataque terrorista perpetrado por los criminales de la “Jaime Martínez” o de la “Dagoberto Ramos”, la cotidianidad regresa y la vida continúa. Casi de inmediato el consorcio vial reparó la bancada y recogieron los escombros.

Es probable que en el lugar del atentado aparezcan cruces con los nombres de los civiles que perdieron la vida en el país de lo absurdo. Porque eso es Colombia: el país de la belleza y de lo irracional, de lo ilógico, de lo paradójico, de lo inadmisible y de la estupidez humana en su más concentrada y grande expresión. Si de verdad hay un Dios creador, al parecer de manera caprichosa y quizás maliciosa dejó caer sobre este basto territorio los genes dominantes de la estupidez.

Esa es quizás la tragedia que enfrenta la condición humana: pase lo que pase, hay que seguir adelante, incluso, sin saber a ciencia cierta quiénes son los responsables de semejante salvajada. Entonces hablan de resiliencia, el vocablo de moda con el que terminamos por soslayar que no podemos vivir juntos, que aquí no cabemos todos y, por ende, hay gente que tiene que desaparecer físicamente. Esos 19 muertos de El Túnel (Cajibío- Cauca) serán vistos como “daños colaterales”. Así de simple y doloroso.

En el país del Sagrado Corazón y cuna del Realismo Mágico la tragedia que hoy todos lamentamos ocurrió en una vereda llamada El Túnel, jurisdicción del municipio de Cajibío, muy cerca de la piadosa, conservadora, rezandera y camandulera ciudad de Popayán, la capital del Cauca, convertida en la covacha en la que una élite muy particular decidió oscurecer, de la mano de los bandidos, el futuro de una región como si se tratara del más tenebroso túnel. El Cauca es eso: un pasadizo entre la civilidad y la barbarie; entre los mundos indígenas y mestizos avergonzados de sus propios procesos de mestizaje. Siempre fue así.

Cajibío significa “caja de viento” en lengua indígena. Una hermosa acepción que junto a los nombres de las veredas El Carmelo, El Cofre y El Túnel, le dan al pequeño municipio caucano un carácter mágico que los guerreros, legales e ilegales, intentan marchitar con su promiscuo y enfermizo juego de la guerra eterna o interna.  

Y aparece lo de siempre: peticiones de justicia y venganza, el ofrecimiento de millonarias recompensas para lograr dar con los cabecillas, operaciones militares, periodistas que informan al borde de las lágrimas y discusiones familiares entre petristas y uribistas alrededor de la Paz Total, la defensa de los diálogos de paz y el deseo de volver a los tiempos de la seguridad democrática. Llevamos más de 50 años matándonos en una espiral de violencia que beneficia a los Señores de la Guerra y a los políticos que los representan.  Y de esto no se habla.

Lo único claro que se tiene es quiénes están sacando provecho político y electoral de la situación: la derecha uribizada cuya vigencia social y política está atada a las dinámicas de un degradado conflicto armado interno que es el espejo en el que nos miramos todos los días y reflejamos lo que somos como sociedad premoderna, incivilizada, clasista y racista.

Y aparecen entonces los dos únicos caminos posibles a seguir: el primero, la guerra total contra las “guerrillas”, lo que implica una inversión billonaria en recursos económicos y por lo menos ocho años de operaciones militares constantes, con bajas de lado y lado, desplazados y víctimas civiles, sin la certeza de que el Estado alcance la victoria militar; y el segundo,  insistir en dialogar con  aquellos comandantes, los mismos que no se ven firmando un armisticio con el Estado, pero que aprovechan los escenarios dialógicos para fortalecerse militarmente, recuperar heridos e insistir en el adoctrinamiento ideológico de jóvenes reclutados de manera forzada.

Paz en la tumba de los civiles que cayeron en El Túnel. La vida sigue en el país de lo absurdo y la estupidez; Colombia es la inmensa caja en donde los vientos de la guerra y la barbarie soplan más fuerte que los de una anhelada paz que nos seguirá costando las vidas de mujeres, hombres, niñas, niños, viejas y viejos que tuvieron el infortunio de nacer en el país del Sangrado Corazón. 




Imagen de EFE/Ernesto Guzmán, tomada de El Espectador.com

sábado, 25 de abril de 2026

ATAQUES TERRORISTAS Y AMBIENTE ELECTORAL

 

Por Germán Ayala Osorio

 

Los atentados terroristas que en las últimas horas sacudieron a caucanos y vallecaucanos  y a  viajeros de la vía Panamericana ocurren en una coyuntura político-electoral que permite pensar que las reacciones en contra del gobierno nacional de la gobernadora del Valle y el alcalde de Cali devienen con un tufillo electorero que se torna en constreñimiento indirecto al votante que al asumir  lo dicho por Dilian Francisca Toro y Alejandro Eder como un efectivo abandono del gobierno central  al Valle del Cauca y su capital, de inmediato ese elector piensa en votar por los candidatos que ofrecen seguridad y bala, esto es, el regreso a la temida seguridad democrática de Uribe.

Llama la atención el tono de las reacciones del alcalde de Cali y la gobernadora. En lugar de hacer un balance de las actividades de inteligencia y contrainteligencia que se debieron poner en marcha y consolidar después del grave atentado terrorista contra las instalaciones de la Base Aérea, de inmediato responsabilizó a Petro de la ocurrencia de los bombazos en contra del Batallón Pichincha. Es tiempo que la señora Toro informe acerca de la inversión de los recursos obtenidos de la tasa a la seguridad. 

El registro lastimero y espectacular de los medios tradicionales de los violentos hechos prepolíticos ocurridos en Palmira, Cali y en la vía Panamericana a la altura del sector El Túnel (Cajibío, con saldo de víctimas fatales), sirve a la narrativa que señala que “Petro le entregó el país a los violentos”, situación que los únicos capaces de reversar son los candidatos presidenciales más visibles de la derecha: Paloma Valencia, Abelardo de la Espriella, Claudia López y Sergio Fajardo. En la historia del “conflicto armado interno” las “guerrillas” siempre recibieron y despidieron gobiernos con ataques similares a los que ocurrieron en las últimas horas en los dos departamentos. Lo vivido en las últimas horas es más de lo mismo de unos facinerosos que solo saben hacer daño. No defienden ideas y mucho menos tienen un proyecto político. Son, además de "traquetos de camuflado" como los llamó Petro, estúpidos, incivilizados y orates. Nada más que agregar. 

Todo indica que se trata de acciones criminales coordinadas que se ejecutan en las narices de unas autoridades asumidas como débiles por las audiencias y las víctimas directas e indirectas que dejan dichos actos demenciales. Los ataques dinamiteros contra los batallones Pichincha (Cali) y Codazzi (Palmira) y los usuarios de la vía Panamericana dan cuenta del sentido político-militar de dichos atentados: se ataca a los militares en una demostración de fuerza que deja en ridículo las actividades de inteligencia y contrainteligencia, lo que confirma la tesis que señala que contra el terrorismo es muy poco lo que hay que hacer; y se ataca a civiles para consolidar la idea de que definitivamente el actual jefe del Estado y comandante en jefe de las fuerzas armadas no está en capacidad de cumplir con la misión constitucional de proteger a los primeros y de llevar a los uniformados a la victoria militar.

Lo más probable es que sucedan nuevos ataques terroristas, pues los objetivos prepolíticos y criminales de la banda de “Iván Mordisco” terminan siendo compatibles con los de la derecha empecinada en recuperar la Casa de Nari para desatar una Guerra Total para la cual parecen estar preparados a librar los grupos al margen de la ley responsables de los ataques dinamiteros que llevan a muchos a pensar en que lo mejor es regresar a los tiempos de la seguridad democrática de Uribe. Aquello de las ejecuciones extrajudiciales (falsos positivos), el desplazamiento forzado de más de seis millones de campesinos, la destrucción de ecosistemas naturales a través procesos de defaunación y deforestación, y el acaparamiento por desposesión de cientos de miles de hectáreas de tierra son insignificantes efectos colaterales que no se pueden evitar cuando la apuesta es “acabar militarmente con los bandidos”. Olvidan que el Estado lleva más de 50 años negociando y combatiendo grupos armados ilegales. Uribe los arrinconó, pero lejos estuvo de acabarlos militarmente. 

Adenda: 19 muertos y más de 35 heridos es un saldo trágico, sumado a las pérdidas materiales. Son unos malditos los que perpetraron ese atentado criminal, al igual que los que electoralmente aplauden lo sucedido. 


Imagen tomada de ataques en el sector El Túnel de Cajibio deja muertos - Búsqueda

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