Por Germán Ayala Osorio
La jornada electoral del 8 de
marzo en Colombia coincidió con la conmemoración del Día Internacional de la
Mujer. El triunfo de Paloma Valencia Laserna en la Gran Consulta del Uribismo
sirve para discurrir alrededor del lugar que la mujer tiene y busca en la
política doméstica pues estamos ante una candidata presidencial obsecuente y
sometida al poder intimidante del expresidente Uribe, quien representa con lujo
de detalles a la sociedad colombiana sobre la que hay consenso social y académico
alrededor de su condición premoderna, machista, clasista, racista, homofóbica, misógina
y patriarcal.
La actitud reverencial, devota y
de claro sometimiento de Valencia Laserna le alcanzó para decir que “Uribe era
su papá”. Esto dijo la política caucana: “Uribe es mi papá. Yo voy
a copiar a Uribe que es el que sacó a Colombia adelante. Volver
a hacer todo lo que funcionó en el gobierno de Uribe”.
Detengamos un momento en lo dicho
por la candidata presidencial. ¿Qué será lo que Valencia considera que funcionó
en los ocho años de Uribe? ¿Acaso la aplicación a rajatabla de la política de
seguridad democrática con el saldo ya conocido de 6402 crímenes de Estado o
ejecuciones extrajudiciales? O la tristemente célebre frase con la que violentó
a las madres de Soacha: “esos muchachos no estarían recogiendo café”.
En cualquier caso, Paloma Valencia,
como mujer, no representa ni a las madres de los jóvenes asesinados por
militares que monetizaron sus vidas, ni a las “cuchas” buscadoras de sus familiares
desaparecidos durante la Operación Orión, liderada por la entonces ministra de Defensa,
Martha Lucía Ramírez, otra mujer sometida a la voluntad de Uribe.
Volvamos a la frase “Uribe es mi
papá”. Parece que la candidata presidencial de la derecha y la ultraderecha tiene
un tanto desdibujada la figura paterna, lo que le permite refugiarse en lo que representa
el expresidente y exconvicto para esa Colombia violenta que aún cree en Mesías
y en machos violentos que ofrecen bala, balín, destripar a la izquierda, o que son
capaces de “dar en la cara marica”; y aquellos
que en lugar de detractores y competidores en un escenario electoral, tienen enemigos a los que claramente hay que “acabar
física y simbólicamente”.
No podría resultar más funesto
para la conmemoración del Día Internacional de la Mujer que el triunfo
electoral de una mujer como Paloma Valencia que exhibe una dependencia
emocional, electoral y política frente a la figura de un hombre como Uribe
sobre el que hay graves señalamientos y cuestionamientos éticos y morales. Su
devoción enfermiza la convierte en una mujer servil. De llegar al Solio de
Bolívar, el país no hablaría de la primera mujer presidenta, sino de la “hija”
de Uribe, el Gran Elector.
La actitud obsecuente, dócil,
obediente y sumisa de Paloma Valencia frente a su mentor contradice los objetivos
del movimiento obrero y las luchas posteriores de las sufragistas y las que
lideran las actuales líderes feministas que reclaman para las mujeres condiciones
de igualdad, autonomía, libertad y respeto.
Las mujeres que votaron por Paloma Valencia este 8 de marzo deberían de revisar muy bien lo que significa para ellas la figura del exconvicto y expresidente de la República. Lo más probable es que al momento de sufragar, decidieron olvidar las luchas que hay detrás de la historia del Día Internacional de la Mujer para evitar entrar en contradicciones. Martha Lucía Ramírez y Paloma Valencia representan con lujo de detalles a las mujeres machistas que pululan en el país. Féminas como Ramírez y Valencia ayudan a la reproducción del sistema patriarcal que reduce la conmemoración del Día Internacional de la Mujer a la entrega de chocolates y flores.