Por Germán Ayala Osorio
El expresidente y expresidiario
Álvaro Uribe Vélez se vio obligado a retractarse de lo que dijo el 6 de abril
de 2017 en contra del periodista Daniel Coronell. Uribe señaló que el
columnista “era un narcotraficante que debía someterse a la JEP”. Lo
espetado por el exmandatario antioqueño obligó a Coronell a demandarlo por
injuria y calumnia en un largo proceso judicial de varios años que parece cerrado
con la reciente retractación del exgobernador de Antioquia en los tiempos de la
masacre del Aro[1] y
La Granja.
Esto publicó en su cuenta de X
el hijo de Salgar (Antioquia): “Señor Fiscal y Señor Juez: A través de la siguiente
publicación me permito rectificar la afirmación del tweet del 6 de abril de
2017 en el sentido de que Daniel Coronell Castañeda no es narcotraficante y,
por ende, no debe someterse a la JEP”. Aunque pudo haberse retractado
de otra forma, el carácter ladino de Uribe no le permitió decir de manera
directa que a él no le consta que Coronell era narcotraficante como afirmé
en el 2017. Cosas del lenguaje, dirán algunos.
Más allá de la retractación, estamos
ante un hecho ético-político y jurídico que enloda aún más la imagen del
expresidente Uribe, quien con la ayuda de las empresas mediáticas afectas a su
inmoral “causa” se autoproclamó como un “hombre probo y frentero”.
Esas cualidades fueron desestimadas o por lo menos puestas en duda por hechos públicos
incontrastables, incluida la “reculada” en favor de Coronell.
De aquellos que ejercieron el cargo
de presidente de la República se espera que hayan actuado con decoro y por
supuesto dentro de la legalidad y respetando la constitución política. En
cuanto a la legitimidad del Estado y de quien funge como el jefe y comandante
supremo de las FFAA, aquella condición oscila entre la inmoralidad acumulada en
años de una operación paquidérmica, mafiosa y criminal del Estado, a la que hay
que sumar sin ambages la debilidad derivada de los politicastros que suelen
rodear a quien ocupa la Casa de Nariño. Los
8 años de Uribe- por no contar los 8 de Santos y los 4 de su títere Iván Duque
Márquez- significaron para el país un enorme retroceso moral y ético, lo que terminó
en la naturalización de un ethos mafioso.
En los últimos 30 ó 50 años el
presidente y expresidente más amado y cuestionado ha sido Álvaro Uribe Vélez. Sus
defensores lo asumen como un “patriota, una deidad justa y amorosa, un gerente
sin tacha, un demócrata, un Mesías, un Salvador”. Recientemente María Fernanda
Cabal dijo que Uribe “no era de derecha, que era un socialdemócrata”. El chiste
de la Cabal se cuenta solo. Ya la llamaron de Sábados Felices.
Quienes piensan distinto consideran que se trata de un hombre vulgar, de baja estatura (moral), taimado,
ladino, godo, neoliberal, violento y un fiel seguidor, defensor y ejecutor del
ejercicio de la “fuerza y la violencia legítima del Estado”. Uribe
es un ferviente patrocinador de la doctrina del enemigo interno y su extensión
y aplicación en contra de quienes se atrevieron a pensar distinto y contradecir
sus ideas políticas; de esa manera el país reconoce y confirma su carácter vengativo.
Por cuenta de lo que espetó en contra de Daniel Coronell Castañeda, ahora el
expresidente y expresidiario es reconocido como un redomado- ¿Redimido? - “calumniador”.
[1]
“Sin que exista aún una audiencia formal, la
Fiscalía General de la Nación resolvió enviar el proceso contra el expresidente
Álvaro Uribe Vélez a la Corte Suprema de Justicia, decisión que podría reabrir
un largo capítulo judicial por su presunta responsabilidad en la masacre de El
Aro”. Tomado de Infobae.