Por Germán Ayala Osorio
Con el numeral #NoAlPactoDeSilencio
un grupo de periodistas y tuiteros intentan sacudir periodística, ética y
moralmente a la prensa hegemónica que protege al expresidente Andrés Pastrana
Arango de las sindicaciones públicas que le vienen haciendo por su cercana relación
con el degenerado Jeffrey Epstein, amigo íntimo del otro pederasta y depravado
Donald Trump, hoy presidente de los Estados Unidos. Y todo porque Pastrana
aparece en documentos desclasificados por la justicia gringa en el caso de la famosa
red de tráfico de menores de edad que posteriormente fueron violadas por
hombres blancos y poderosos en la isla Little St. James, de propiedad de
Epstein, el consumado pederasta.
Mientras que el grueso de la
sociedad colombiana asume de manera negativa la vida de los expresidentes de la
República, la Gran Prensa los protege y entrevista como fuentes fidedignas y “dignas”.
Los presentan como “expertos, eruditos, referentes éticos, faros morales y
voces autorizadas” para hablar de lo divino y lo humano. Entonces, los
llaman para que pontifiquen y den cátedra alrededor de problemas que ellos durante
sus mandatos jamás resolvieron.
Hay periodistas obsecuentes que
los tratan con tal melosería, que los llaman “presidente”. Esos mismos
reporteros, editores, directores de noticieros, presentadores y conductores de
programas radiales son los que hoy protegen al expresidente Andrés Pastrana
Arango, cuestionado por sus cercanas relaciones con el degenerado Jeffrey
Epstein y la proxeneta Ghislaine Maxwell.
Aunque El Espectador publica una
nota titulada Pastrana en los archivos de Epstein: una guía sobre lo que ha
salido hasta ahora, el diario bogotano no se atreve a abrir portada confrontando
al expresidente de la República. En la “bajada” se lee lo siguiente: “Las
bitácoras de vuelo y correos de 2003 a 2019 acorralan la versión del
expresidente Pastrana sobre su cercanía con Epstein”.
El silencio de los medios audiovisuales
es atronador: hacen referencia a los archivos y hablan de Trump y Epstein y
otros famosos degenerados, pero no se atreven a llamar a Pastrana para cuestionarlo
o por lo menos para exigirle que aclare las dudas que circulan en las redes
sociales en torno a su amistad con Epstein y Maxwell, la proxeneta que conseguía
las niñas para el “consumo” de miembros de la realeza británica, políticos y
empresarios de todo el mundo.
Además de fungir como actores
políticos, las grandes empresas mediáticas operan como defensores de oficio de
lo que ellos consideran útiles “referentes y faros morales” para una sociedad que,
como la colombiana, deviene confundida ética y moralmente. Entonces, el
periodismo se encarga de elevar a esa condición a deportistas que luego
terminan siendo ídolos de papel y a expresidentes de la República a los que les
rinden pleitesía como si se tratara de miembros de la realeza criolla. Ni
siquiera cuando la justicia emite fallos condenatorios en contra de los exmandatarios,
la prensa es capaz de cuestionarlos públicamente hasta obligarlos al retiro forzoso
de la vida pública. Esa actitud complaciente con quienes ejercieron el poder
(hombres) y muchas veces con excesos, se explica porque las empresas mediáticas,
como agentes del Establecimiento, están obligadas a mantener las formas, las
reglas propias del machismo, el clasismo y las correlaciones de fuerza, a pesar
de la inmoralidad, el desenfreno y la impudicia de los agentes de poder
económico y político.