Por Germán Ayala Osorio
Ver a Lionel Messi en la Casa
Blanca, compartiendo con el pederasta presidente de los Estados Unidos, Donald
Trump, constituye un hecho político-deportivo que confirma que la coherencia
política y la conciencia de clase
son valores que escasean en ídolos del fútbol como el astro argentino.
La imagen resulta a todas luces grotesca
por razones ético-políticas, morales y deportivas que permiten poner en
discusión si Messi está obligado a parecerse ideológicamente a Diego Maradona, el
referente con el que los argentinos suelen medir y comparar lo hecho por la “pulga”
dentro y fuera de la cancha. Y la respuesta es un contundente No. Los defensores
de Messi recuerdan que Maradona se abrazó con “Chávez Frías, Nicolás Maduro,
Fidel Castro, Evo Morales, Gadafi y Putin”.
Huelga recordar que Maradona siempre
miró con desdén a los gringos y su poderío militar. Messi hoy se codea con el
pederasta y criminal octogenario. Messi aprendió a patear y correr con un balón
pegado a sus pies y se refugió en el fútbol justamente para reducir su propio mundo
a lo que sucede dentro de las canchas. Maradona hizo lo mismo, pero sacaba
tiempo para hablar de política, defender causas sociales y meterse en líos
ideológicos.
Por fuera de las canchas, al actual
10 de la Selección Argentina le tienen sin cuidado las guerras, el genocidio en
Gaza, las correlaciones de fuerza, la hegemonía norteamericana y el nuevo (des)
orden que está imponiendo Trump.
Messi es un jugador que disfruta,
en su adultez, del fútbol en una liga con el nivel recreativo que se le
reconoce a la liga de los Estados Unidos; de la misma manera como Trump se
regocija persiguiendo latinos y asesinando musulmanes y persas.
El 10 argentino lo ganó todo. Con justicia o no, pero lo hizo. Maradona, también, incluida la Copa del Mundo México 86, con el gol de la “mano de Dios” contra los ingleses: de esa manera les escupió la cara por lo sucedido en las islas Malvinas. Si los comparamos dentro del ámbito de la política, Lionel Messi es un pibe, un purrete, un nene o un chango. Maradona jugó a ser un "animal político universal". En su minoría de edad, a Messi jamás se le hubiese ocurrido negarse a asistir a la Casa Blanca en rechazo a las intervenciones militares en Venezuela e Irán. Salvo, claro está, que se trate de un pibe formado en un hogar en el que se hayan leído las Venas abiertas de América Latina o alguna de las obras de José Carlos Mariátegui. Y quizás, por ser padre de tres varoncitos, a Messi no le preocupa legitimar la vida del consumado pederasta que, por fortuna, está de salida.
Messi seguirá siendo grande dentro
del mundo del fútbol y sus admiradores honrarán su grandeza llamándolo la “pulga”;
Maradona ya alcanzó el carácter de deidad en la sociedad argentina que lo venera
y llora aún después de su azarosa partida; y sus fieles seguidores
le gritarán en adelante a Lionel Messi “pulga cipaya” por haberse reunido con el
pederasta.
Adenda: la fatal jugada de Messi, no necesitará del VAR para que el mundo comprenda que la "pulga cipaya" lleva la mítica camiseta 10.
Adenda 2: ¿Dirá algo la Unicef de su reconocido agente?