Por Germán Ayala Osorio
En el saludo militar y el grito Firmes por la Patria de Abelardo de la Espriella, candidato presidencial de la ultraderecha, confluyen por los menos tres representaciones sociales que circulan al interior de las unidades militares y en general en el mundo castrense: la primera, en torno a eso de “ser hombre” (macho). Váyase al Ejército para que se "vuelva hombre", gritaban tíos y padres en el siglo XX; la segunda, atada a la idea de “amar a la Patria” y la tercera y quizás la más inconveniente y peligrosa la del “enemigo interno”, extendida por Uribe, a la sazón, para perseguir periodistas, críticos, pensadores, académicos, progresistas y la gente de izquierda gracias a la relación amigo-enemigo que entre 2002 y 2010 se naturalizó y convirtió en doctrina ideológica y política.
A pesar de presentarse como un “penalista
exitoso”, De la Espriella es un hombre básico en su lenguaje y poco dado a dar
discusiones más allá del ámbito de lo jurídico. Es monotemático, lo que le
impide ofrecer una mirada compleja y sistémica de la vida humana y de los problemas
del país y del mundo.
Con el saludo castrense, el
abogado y amigo personal de Alex Saab, ficha del régimen venezolano, busca
afanosamente parecerse al expresidente y expresidiario Álvaro Uribe Vélez, un
militarista que en ocho años usó a las fuerzas militares para sus fines dictatoriales
y por supuesto para legitimar su tesis- falsa por demás- con la que aseguraba
que “lafar” (léase las Farc-Ep) asesinaron a su honorable progenitor. Ya el
país sabe lo que pasó con la seguridad democrática y el actuar de la tropa sin
límites morales y éticos y lo que es peor, alejados de la mística castrense. Hay 6402 razones para evitar el regreso de la seguridad democrática y de Uribe, en las "carnitas y huesitos" de Abelardo.
Así las cosas, elegir a De la Espriella
es apostarle a posibilidad del regreso de los falsos positivos y a la privatización del
Ejército para fines no patrióticos. El amor que dice profesar Abelardo de la
Espriella a la Patria no brota de haberle servido a través del servicio militar
obligatorio y mucho menos en calidad de oficial de la reserva. No. Surge, por el contrario, del mutuo manoseo que
suelen ofrecerse los presidentes de la República y los uniformados, imbuidos en
las dinámicas de un degradado conflicto armado interno.
La amenaza que lanzó de “destripar
a la izquierda” deviene ancorada, por supuesto, a la doctrina amigo-enemigo que
inspiró a los uribistas. Con el eslogan “Mano firme, corazón grande” naturalizaron
la degradación moral al interior de las fuerzas armadas y engañaron a millones
de colombianos que creyeron en las buenas intenciones de un gobierno neoliberal
que precarizó las condiciones de millones de trabajadores y afectó en materia
grave el derecho colectivo a gozar de un ambiente sano.
Si la actual cúpula militar y los
demás miembros de las fuerzas armadas interpretan correctamente el fingido
saludo castrense y su grito de campaña, Firme por la Patria, comprenderán
que Abelardo de la Espriella es un patriotero más, esto es, un falso patriota. Militares
y reservistas: el mencionado candidato presidencial es un actor político (y de
teatro) que está jugando con las emociones y usando los símbolos patrios con la
discrecionalidad propia de un ateo converso y de un godo recalcitrante. Avanzaremos
como sociedad civilizada cuando dejemos de creer en Mesías, Héroes y Patriotas.
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