Por Germán Ayala Osorio
Después de 40 horas de cautiverio
y de ser víctima del ya naturalizado “paseo millonario”, Diana Lorena Ospina es
abordada, llegando a su casa, por el periodista Melquisedec Torres quien, preso
del síndrome de la chiva, la graba sin el consentimiento de Ospina. Poco le importó al apresurado reportero el
sutil rechazo de la joven quien atinó a decirle “qué mal que me filmes”.
En su cuenta de X, Torres,
el “rey de la chiva y del periodismo amarillista” dijo: “Atención.
Primeras imágenes exclusivas de Diana Lorena Ospina tras ser
hallada por la Policía en la vía a Choachí. Estaba desaparecida desde la
madrugada del domingo tras tomar un taxi en Bogotá. En general está en
buen estado de salud”. El noticiero Caracol Noticias publicó las imágenes y
le dio el crédito a Melquisedec, quien debe estar aún celebrando la consecución
de su “chiva” y por ver en la televisión nacional la frase “cortesía de
Melquisedec” en la emisión del noticiero.
Estamos ante un “logro” periodístico
que dice mucho de la forma como Melquisedec entiende el oficio: “lo que importa
soy yo y no la víctima”; primero está mi reconocimiento como un reportero que sabe
aprovechar muy bien estar en el momento indicado. Justamente, por estar preso
de la inmediatez y del síndrome de la chiva, Melquisedec, un nombre bíblico,
ignoró por completo la condición de víctima de Diana Lorena Ospina.
La Biblia describe a Melquisedec
como “rey y sacerdote de Dios, como una figura misteriosa y un símbolo de
justicia y paz”. El Melquisedec colombiano se acerca más al “Dios del
periodismo sensacionalista”, ese que en lugar de reconstruir el infierno
que vivió Diana Lorena Ospina por culpa de la banda de delincuentes que se
beneficia de la debilidad de la justicia y del desinterés del alcalde de
Bogotá, Carlos Fernando Galán de atacar de manera decidida a las estructuras
criminales enquistadas en el servicio de taxis. Por razones ideológicas y políticas, Melquisedec
eligió el camino más fácil: molestar a la víctima, en lugar de confrontar al burgomaestre
responsable en gran medida de la inseguridad que soportan los capitalinos.
El error de Melquisedec estuvo en
que puso por encima de los derechos de Diana Lorena Ospina su ego de periodista
y el consecuente afán de figurar y recibir los aplausos de los colegas. En su
actuar ético, a Melquisedec no le importó realmente que Diana regresara sana y
salva a su hogar; si el desenlace después de 40 horas secuestrada hubiera sido
otro, el tratamiento sensacionalista hubiese sido el mismo.
Imagen tomada de Semana.com