Por Germán Ayala Osorio
En tragedias como las que lleva
el país sufriendo tres días retornan a la discusión pública y privada asuntos coyunturales
y otros más asociados a la historia y el devenir de la sociedad y el Estado. Dentro
de los primeros brilla el retorno de la derecha al poder presidencial con todo
y lo que ello significa moral, social, ética y políticamente; y como parte de
los segundos están la concepción del Estado y su papel como agente capaz de
ordenar el territorio bajo condiciones de equidad, seguridad y sostenibilidad
sistémica, así como para ponerle límites a los grupos societales enfrentados bajo
las lógicas de una lucha de clases que se alimenta del racismo, el clasismo y
la aporofobia, taras civilizatorias que Colombia aún no superó.
Empecemos por el segundo asunto
coyuntural. La respuesta paquidérmica del Estado (local, regional y nacional)
es fruto de más de treinta años de neoliberalismo y la captura mafiosa del
Estado a manos de una élite empresarial y política codiciosa y mezquina
interesada exclusivamente en mantener y extender en el tiempo sus privilegios
de clase que terminan por menoscabar los derechos de la mayoría de los
colombianos a vivir en condiciones de dignidad.
Que seamos el tercer país más
desigual del mundo obedece en gran medida a la captura mafiosa del Estado a
cargo de una clase política y empresarial que usa a las empresas mediáticas que
les pertenecen para legitimar todas las acciones de cooptación de lo público-estatal
en beneficio de unos pocos y en contra de millones de colombianos que sobreviven
a la inoperancia de las instituciones estatales.
En Colombia la relación
Estado-Sociedad deviene contaminada por la mutua desconfianza entre los
operadores oficiales y la ciudadanía por una sencilla razón: ambos mienten y
apelan a la trampa. Baste con ver los engorrosos trámites que deben hacer los
ciudadanos para reclamar los cuerpos de sus familiares en la sede de Medicina Legal
de Palmira. Al sufrir daños en la edificación de la sede de Cali, las
actividades de levantamiento y arreglo de los cadáveres se están realizando en
la Villa de las Palmas. Por supuesto que de esa espesa y desesperante tramitología
hacen parte las aseguradoras en salud y funerarias. Cada una está empeñada en aportar
su grano de arena al objetivo de desesperar a los ciudadanos que buscan dar
cristiana sepultura a los miembros de sus núcleos familiares que murieron por
el colapso de las viviendas.
El ethos mafioso es otro factor que aporta a las maneras irregulares e ilegales a las que suelen apelar los ciudadanos para tramitar un permiso, una licencia. En este punto hay que conectar un asunto que está en el fondo del colapso de edificaciones: las licencias de construcción y el cumplimiento de las normas de sismorresistencia que deben aplicar. Se sabe desde hace muchos años que la zona del sur de Cali que hoy cuenta con el mayor número de edificaciones colapsadas y agrietadas ofrece las condiciones perfectas para que un terremoto genere la tragedia que hoy enluta a los caleños. Sin embargo, el Estado local permitió el crecimiento urbanístico y muy seguramente sin vigilar de cerca el cumplimiento de las normas para construir edificaciones seguras.
Y dentro de los asuntos coyunturales
está el regreso de la derecha al poder político después de cuatro años de un gobierno
progresista que, con luces y sombras, trató de arrebatarle a tradicionales grupos
de poder político y económico el control del Estado nacional. El retorno de la
derecha neoliberal al control del Estado se dio en el marco de una enconada pugnacidad
ideológica y política alimentada por unas empresas periodísticas que crearon y recrearon
los peores miedos, odios e incertidumbres en sectores de la opinión pública que
asumieron que lo iban a perder todo por culpa de la llegada del “comunismo”.
Lo peor de todo es que en nombre
de esa derecha neoliberal está el presidente de la República Abelardo de la
Espriella, un diminuto hombre, vanidoso, fatuo, racista, clasista, aporofóbico
y con visos de misoginia y fascismo que está convencido de que el Estado hay
que reducirlo a su más mínima expresión lo que se traduce en que sus funciones las
cumpliría de una mejor manera agentes privados. Craso error.
Pasan las horas y los días de una
catástrofe nacional que va para largo. Los sufrimientos y padecimientos apenas
comienzan. La semana que ya completa De la Espriella como jefe del Estado deja
dudas y alimenta la desesperanza de quienes lo perdieron todo. Se le nota
errático y poco dado a escuchar críticas y consejos. Por el bien de todos,
ojalá el therian presidente logre conducir con sabiduría las responsabilidades
que asumió como presidente de la República. No aceptar la ayuda de la China y
México, entre otros países, constituye un error mayúsculo, una verdadera
estupidez. Quienes lo votaron ese 21 de junio también serán responsables de las decisiones que tome De la Espriella.