martes, 20 de octubre de 2026

ESTÁN JUGANDO CON CANDELA



Por Germán Ayala Osorio

Cada cuatro años el Establecimiento juega con el destino de millones de colombianos que sufren las consecuencias de la incontrastable mezquindad, ruindad e incapacidad-desinterés de su más poderosos agentes de liderar procesos que lleven a consolidar por fin y después de 200 años, una verdadera República. La historia demuestra que le tienen pavor a pensar cómo sería una Colombia moderna, civilizada, educada y formada, plural, diversa, con un desarrollo económico sostenible, con espíritu sistémico y claros beneficios para las grandes mayorías.

El 7 de agosto del año en curso sus más perniciosos agentes de poder instalaron en el solio de Bolívar a un abogado que considera que la ética nada tiene que ver con el derecho; la desafortunada y ejemplarizante frase coincide de muchas maneras con el histórico actuar de una élite parásita que convirtió el subdesarrollo en el camino predilecto para sostener las sempiternas prácticas de despojo, corrupción público-privada y expoliación. Ser o estar en condición de subdesarrollo se asume como un estado natural-cultural que no se puede cambiar. Una suerte de determinismo que impide probar, por ejemplo, una revolución cultural que haga posible superar y proscribir el ethos mafioso que desde arriba naturalizaron y que los de abajo normalizaron. La “revolución ética” que propuso el entonces candidato presidencial Iván Cepeda les debió generar una inmensa hilaridad pues reconocen que las prácticas derivadas del ethos mafioso hacen parte del ADN de la clase política y empresarial tradicionales.

Esa sentencia del abogado-presidente opera como la bisagra moral, cultural y ético-política de la anunciada “batalla cultural” que hoy asombra a prestigiosas universidades privadas de la capital del país, en las que curiosamente, hijos de la élite se educan para extender en el tiempo privilegios de clase y la captura mafiosa del Estado. Bienvenidos son los llamados de atención que reconocidos académicos y personalidades hicieron recién en el Quinto Manifiesto del Centro Político. En el primer párrafo dejan ver sus preocupaciones por el sinuoso camino que Abelardo y sus patrocinadores están llevando al país: “En este quinto manifiesto queremos recordar que los principios fundamentales de la política exterior están consagrados en la Constitución de 1991: soberanía nacional, integridad territorial, autodeterminación de los pueblos, respeto al derecho internacional, solución pacífica de las controversias, protección del medio ambiente e integración de América Latina y el Caribe. Preservarlos es esencial para defender los intereses nacionales y orientar decisiones que inciden en la democracia, la seguridad, el desarrollo y el bienestar de los colombianos”.

Insisto: se aplaude la reacción de ese grupo de personas que bien pueden agruparse en la expresión “élite académica”, pero no es suficiente. También se pondera la reacción institucional de las universidades Javeriana y Externado frente a la censura presidencial que en contra de la historia cultural que salvaguardaba el Museo Nacional.  Resulta plausible y sintomática alrededor de lo que puede estar pasando al interior de ese no homogéneo mundo del llamado Establecimiento colombiano. Lo que es evidente es que varios de sus miembros, especialmente banqueros, terratenientes y empresarios, aplauden en privado la ruta por la que Abelardo Gabriel de la Espriella Otero está llevando al país. Un itinerario que deviene provocador por el descontento social que algunos expertos advierten que generará, que puede incluso parecerse o superar al estallido social de 2021 que surgió de la actitud mezquina y torpe del entonces inquilino de la Casa de Nariño, el inefable y fierabrás Iván Duque Márquez. Hay que recordar que la molestia popular se venía consolidando desde 2019. El mal manejo de la pandemia de Duque terminó de potenciar el rechazo colectivo.

Es claro que Abelardo Gabriel está jugando con candela. Está probando los propios límites éticos y morales de los agentes del Establecimiento que lo instalaron en la Casa de Nariño, sedes de Barranquilla y Bogotá y por supuesto, la resistencia de las clases sociales, bajas y medias, que van sintiendo ya los “mordiscos de un tigre deslinderado y depredador”. Lo que están haciendo las bancadas gobiernistas del Congreso y el propio Abelardo ponen también a prueba la fortaleza, coordinación, capacidad, liderazgo y la coherencia de las fuerzas y sectores progresistas de la sociedad.

Las condiciones de 2019, 2020 y 2021 no son las mismas. Las pasadas elecciones presidenciales demostraron que para recuperar el poder en el 2030- si es que hay elecciones- se necesitará de nuevos liderazgos en la izquierda y el progresismo. Los “Cerimedo” locales son una realidad, de ahí que las redes sociales siguen siendo un escenario importante para exponer los yerros del gobierno de Abelardo. El despertar de los “tibios” debe abrir la posibilidad para que sus más visibles figuras se reúnan con las del progresismo con el propósito de articular intereses de cara a enfrentar a quienes quieren regresar al país a los aciagos tiempos de la constitución de 1886 y en particular al régimen fascista de Turbay Ayala.

lunes, 19 de octubre de 2026

DE LA BATALLA CULTURAL A LA GUERRA VERBAL

 


Por Germán Ayala Osorio

 

Después de que se cumpliera la orden presidencial de retirar del Museo Nacional por lo menos 30 piezas que daban cuenta de episodios de la historia cultural del país, la facultad de Artes de la universidad de los Andes, ciudadanos del común, historiadores, artistas y políticos del Pacto Histórico rechazaron la medida. Frente a las instalaciones del señalado recinto de conservación cultural hubo manifestaciones pacíficas e incluso profesores de la señalada alma mater dieron clases al aire libre sobre el significado político y simbólico de la arbitraria decisión.

Por tratarse de un ejercicio de violencia simbólica de origen oficial, cientos de ciudadanos respondieron con cánticos, arengas o consignas que recogen imaginarios colectivos que tocan de manera directa al pasado del abogado Abelardo De la Espriella y al de Paola Holguín. A ese tipo de violencia oficial o estatal se responde con un tipo de violencia verbal de origen popular.

En las manifestaciones se escucharon estribillos como “Abelardo, mafioso, el pueblo está furioso” y “Holguín, traqueta, el arte se respeta”. Es decir, a la violencia simbólica del gobierno se responde con violencia verbal fundada en los imaginarios colectivos que en torno al hoy presidente de la República y su ministra de Cultura se vienen consolidando de tiempo atrás. Esos imaginarios colectivos surgieron en gran medida gracias al registro noticioso de hechos públicos que hacen parte de una “verdad social” derivada de un ejercicio del periodismo que bien podemos llamar de contrapoder. Y por supuesto, fruto de interpretaciones de miembros de grupos sociales que se oponen al poder hegemónico.

No es necesario ahondar en las situaciones individuales sobre las cuales dichos imaginarios colectivos se anclaron a las formas en las que millones de colombianos se representan al presidente De la Espriella y a su ministra de Cultura.

Se trata de insultos que se acercan a las condiciones propias de la violencia simbólica en la medida en que no se busca atacar exclusivamente a las personas, sino al poder político que representan y del que provino la orden de retirar, por ejemplo, afiches de Bernardo Jaramillo, candidato presidencial de la UP asesinado por las sempiternas “fuerzas oscuras”, de Carlos Pizarro Leóngomez, el facsímil de la Séptima Papeleta y fotografías alusivas a las luchas feministas y de la población LGTBIQ+.

Al hacer parte de protestas y movilizaciones sociales, esos actos de habla, basados en imaginarios, no necesitan estar atados a una verdad jurídica que los desmienta porque devienen con tal fuerza deconstructiva que no hay quién pueda impedir su circulación y reproducción. Para el caso de la ministra de Cultura, ella misma ha desmentido los señalamientos que circulan contra su padre, que indican que fue “testaferro” del asesino serial y terrorista Pablo Emilio Escobar Gaviria. La verdad jurídica señala que el padre de Holguín jamás fue condenado por ser narcotraficante o testaferro. Lo destacable aquí es que la ministra Holguín es consciente de la existencia de esa negativa representación. El caso del expresidente Uribe es similar. En las movilizaciones populares acaecidas durante sus ocho años de gobierno, se escuchó la arenga “Uribe, paraco, el pueblo está berraco”. La fuerza perlocutiva de ese estribillo obligó al expresidente a referirse a la negativa representación social que sobre él pesa.

“Antes me decían mucho ‘Uribe paraco’. Ahora he ido a muchas universidades, he tenido un buen diálogo y ha sido más amable. Claro, me duele, porque aquí confundieron una política severa de seguridad con el paramilitarismo, entonces uno dice este país necesita seguridad ‘ay, paraco’, fortaleza, hay que meterles un bombazo a esos bandidos, ‘ah, paraco’. Entonces, yo desmonté el paramilitarismo y extradité; ni eso ha servido”.

Así como Holguín y Uribe Vélez son víctimas de la fuerza perlocutiva de esos actos de habla con los que son descalificados política y moralmente, Abelardo Gabriel de la Espriella Otero también es consciente de la existencia de ese imaginario que lo señala como “mafioso”, derivado de haber sido “defensor de mafiosos”. Esto dijo Abelardo en una entrevista a un creador de contenido: “Fíjate lo que decían. Que yo defendía a mafiosos. Cuando tú hablas de mafiosos, es una persona que se dedica al narcotráfico. Yo nunca he defendido a narcotraficantes, eso es una leyenda urbana”.

Lo cierto es que la contrarrevolución cultural en la que están empeñados en ejecutar De la Espriella y Holguín está soportada en una violencia simbólica que en algún momento podrá superar la violencia física que ya ejerció el ESMAD contra los manifestantes. La censura oficial de los símbolos y hechos históricos que dan cuenta de los tropiezos que arrastra la sociedad colombiana en sus atormentados procesos civilizatorios despertó rabia e indignación en los marchantes. Esos sentimientos hacen parte sustantiva de las arengas con las que se deslegitiman al presidente de la República y a su ministra de Cultura. Bienvenidos a la Patria Milagro o Miseria. Para el caso, son lo mismo. 

DESPERTARON LOS "TIBIOS"

 


Por Germán Ayala Osorio

 

Los hechos de censura oficial contra la historia y la cultura despertaron a los políticos del medroso Centro que en las pasadas elecciones votaron en blanco. Ese acto de cobardía, que arrastró a cientos de miles de electores, a sabiendas del peligro que representaba el proyecto y la candidatura de Abelardo, debe recordarse ahora que el inquilino de la Casa de Nariño atacó la solemnidad del Museo Nacional y ordenó al Esmad atacar a los manifestantes que se oponen a la “batalla cultural” declarada por el gobierno y a la narrativa anti derechos que la acompaña.

Ese feroz ataque convierte a De la Espriella tempranamente en el “depredador cultural” que la ultraderecha colombiana soñó con poner en el solio de Bolívar con el propósito de regresarnos a los tiempos de la constitución de 1886 y al aciago gobierno de Julio César Turbay Ayala con todo y su Estatuto de Seguridad. Por supuesto que se trata de un ataque ideológico y político contra quienes le apostaron a la paz y abrieron espacios a la Colombia diversa y biodiversa que el therian presidente quiere desconocer, borrar y someter. El odio oficial contra la población LGTBIQ+, los defensores de derechos humanos y la biodiversidad es evidente y hace parte de lo que el gobierno llama “contrarrevolución cultural” que no es otra cosa que un peligroso retroceso civilizatorio.  

Uno de los más reconocidos agentes de ese receloso Centro, Humberto de la Calle Lombana en su cuenta de X   reaccionó así a lo sucedido: “Si ahora la Constitución es el enemigo, el riesgo de devolvernos a las etapas más oscuras es preocupante”. La reacción del jefe de la delegación de paz en los diálogos de La Habana se explica por el retiro del Museo Nacional de la imagen del facsímil de la Séptima Papeleta que derivó en la Constituyente de 1991. Pero también se explica su reacción porque De la Calle ya sabe lo “duro que muerde el tigre” pues su hija Natalia de la Calle Restrepo fue echada de la gerencia general de Oleoducto de Colombia ODC, filial de Ecopetrol. Según Semana, actor político al servicio del gobierno, “tenía un salario aproximado de 69,9 millones de pesos mensuales y un costo anual de 1.002 millones al año. Se encontraba en Ecopetrol desde 2010, en donde comenzó como abogada de la vicepresidencia jurídica. Luego estuvo en la Secretaría General y luego pasó a ser gerente general”.

Lo que el país espera es que los agentes del espectral Centro político, defensores de oficio del viejo Establecimiento colombiano, reconozcan que fue un garrafal error haber votado en blanco en las pasadas elecciones, hecho electoral que facilitó aún más el aterrizaje de Abelardo.  Claro, no podemos desconocer que el proyecto Cerimedo local, con sus granjas de bots, fueron determinantes para asegurar el triunfo del ahora censor de periodistas y de la historia cultural del país atada por supuesto a los atávicos procesos civilizatorios de una sociedad premoderna, violenta y con tendencias fascistas como la colombiana.

Ese error electoral que cometieron los del Centro político en las pasadas elecciones deviene con una fuerte carga simbólica en la medida en que dio cuenta del acomodamiento de algunos sectores societales y de una posible fractura de la derecha con la que los centristas, también llamados “tibios”, simpatizan por razones de clase. Curiosamente, esas mismas razones de clase que exhibieron agentes como Sergio Fajardo y el propio De la Calle Lombana reproducen el racismo y el odio a la izquierda y al progresismo que exhibe el gobierno de Abelardo.

Claramente, en un gobierno de Iván Cepeda jamás se habría producido semejante abuso de poder en contra de la historia cultural del país. Con todo y los errores cometidos por el presidente Petro, incluidos sus constantes exaltaciones a la bandera del M-19 y al proyecto “revolucionario” y sus llamados a la lucha de clases, el país dio pasos importantes para dejar atrás los nefastos gobiernos de Turbay Ayala, Uribe Vélez y Duque Márquez. Las arbitrariedades cometidas por estos presidentes contra los derechos humanos, la diversidad cultural y la biodiversidad están de regreso con Abelardo de la Espriella o Abelardo de Tarso como recién lo bautizó el gran escritor y columnista Daniel Samper Pizano en una columna que se puede leer en este enlace: https://cambiocolombia.com/los-danieles/articulo/2026/10/abelardo-de-tarso

 

 

domingo, 18 de octubre de 2026

ABELARDO Y SU LUGAR EN LA HISTORIA



Por Germán Ayala Osorio

 

El retiro de varias piezas del Museo Nacional conmemorativas o alusivas a hechos sociopolíticos como los crímenes de Carlos Pizarro y Bernardo Jaramillo Ossa, así como al voto de la Constituyente de 1991 y a la lucha feminista, entre otras más, hace parte de la “batalla cultural” que el inquilino de la Casa de Nariño y su ministra de cultura, la poco leída y mentirosa[1] Paola Holguín lideran contra la propia memoria histórica de la Nación.

Se trata, sin duda alguna, de un ejercicio de violencia simbólica acorde con el pensamiento ahistórico y negacionista de quienes votaron por el primer therian que llega al gobierno en más de 200 años de “República”. De esa acción se desprende la siguiente pregunta: ¿Qué sigue? La respuesta a ese interrogante muy seguramente llegará una vez se haga el balance de víctimas de la violencia estatal (desaparecidos, torturados, asesinados y encarcelados). Ahí estarán los defensores de derechos humanos, sociólogos, politólogos, periodistas y fotógrafos, entre otros, aportando para consolidar la narrativa que dará cuenta de los retrocesos que en todo sentido dejará el actual gobierno.

Abelardo es un hombre básico, ordinario, pretencioso, fierabrás, con una precaria formación académica y política que, vaya contradicción, busca apresuradamente ganarse un lugar en la historia política del país. En el 2030, si entrega el poder, en el mismo Museo Nacional que hoy esconde parte de la historia, la administración, de la mano de los historiadores, tendrán la tarea de abrir un pabellón para exhibir ahí las frases, gestos, decisiones y hechos que mejor describan las violencias físicas y simbólicas ejercidas por quien ocupa hoy la casa de gobierno.

Ya hay varios ejemplos que podrían nutrir ese espacio que ya se está ganando el “depredador cultural” cuya identidad él mismo asocia a la de un tigre: el primero, por supuesto tienen que ser todas las piezas publicitarias (videos hechos con IA) en las que aparece el salvaje felino prometiendo destripar a la izquierda y acabar con la corrupción; el segundo será el risible saludo militar que Abelardo convirtió en un meme; el tercero, la “pinta” con la que aparece, con arma al cinto y radio en mano,  dizque a patrullar calles y a darles la bienvenida a delincuentes a la “patria milagro”; el cuarto es la colección de frases que confirman su megalomanía y su infantil forma de asumir su rol de presidente de la República: “Aplaudan, por qué no aplauden?; “Ya van a ver lo duro que muerde el tigre”; “Qué viva Cristo Rey” y “bienvenidos a la Patria Milagro”. Y el quinto, la censura a las dos periodistas de Blu radio y el hostigamiento judicial contra otros más. 

En caso de que en el 2030 haya elecciones y llegue a la presidencia un hombre o una mujer con formación humanista y claridades meridianas alrededor de qué significa ser jefe de Estado, la primera orden que deberá dar al director del Museo Nacional (hoy Nazional) será de volver a exhibir todas las piezas que Abelardo mandó a recoger y esconder. Y lo más importante, abrirle un espacio especial al saliente inquilino de la casa presidencial (sede Barranquilla) para que extranjeros y los propios colombianos no solo recuperen la memoria que intentó borrarse, sino para reconocer que en el periodo 2026-2030 la violencia simbólica y física superó a la de los aciagos gobiernos de Turbay Ayala, Álvaro Uribe Vélez e Iván Duque Márquez, tres representantes de esa Colombia facha y premoderna que se resiste a evolucionar.

A pesar de que estamos en la “patria milagro”, hasta ahora el único milagro visible pero aún no reconocido por la curia es que resucitó más rápido el inefable presidente del cuatrienio 1978-1982, que el propio Jescucristo, el mesías que millones de colombianos, incluido Abelardo, esperan que regrese.

 

Adenda: si le gustó esta columna, por favor no aplauda; y si por si acaso le disgustó, puede llamar a la "policía cultural o moral" para denunciar a su autor. 

[1] Afirmó ser magíster, pero jamás obtuvo el diploma que la acreditara como tal. Cuando una persona dice ser “magíster o tener un doctorado”, se supone que se graduó. Holguín debió decir “cursé tal maestría, pero no obtuve el certificado”. Por lo tanto, mintió. Y al que dice mentiras se le llama mentiroso.

jueves, 8 de octubre de 2026

LA PAZ Y LA GUERRA EN COLOMBIA




Por Germán Ayala Osorio

 

Las confrontaciones entre quienes le apuestan a pacificar el país a través de procesos de paz y aquellos que creen posible acabar militarmente a todos los grupos ilegales, en particular a las “guerrillas”, están atravesadas por realidades políticas, militares, económicas e ideológicas que los alejan de llegar al único punto de encuentro posible: las víctimas civiles. Sobre este último asunto volveré al final de la columna.

Dentro de esas realidades políticas está el uso electoral que por largos años le dieron al conflicto armado interno los medios masivos de información, los partidos políticos y los candidatos presidenciales que ofrecían bala, diálogos de paz o políticas de sometimiento. Después del proceso de paz de La Habana las dinámicas de la guerra interna no volvieron a ser una prioridad en la agenda electoral en las elecciones presidenciales. La corrupción, la inseguridad en las ciudades, el desempleo y temas ambientales ocupan los primeros lugares de las agendas de los candidatos. Eso sí, en precisos territorios sigue siendo un factor clave de decisión política regional y local para los ciudadanos que sufren las consecuencias de los operativos militares y los ataques de los grupos al margen de la ley.

En lo que concierne a realidades militares no hay manera de sostener permanentes operativos ofensivos en contra de esas estructuras por obvias razones como las actividades de recuperación de los heridos, la salida de combate de los mutilados y el relevo por cansancio físico y agotamiento psicológico al interior de la tropa son factores determinantes que impiden poner en marcha operaciones sostenidas en el tiempo.

En cuanto a las realidades económicas estas se dividen en dos: la primera alude a los costos de mantener el acelerador militar puesto en un país con problemas fiscales y las necesidades presupuestales de la clase política para cumplir con las promesas de campaña y para mantener aceitada la maquinaria de la corrupción; y la segunda apunta a los agentes estatales que hace rato asumieron las dinámicas del conflicto armado interno como una oportunidad de negocio. Aparecen entonces los que venden armas y pertrechos a las guerrillas y paramilitares y más arriba de estos los llamados Señores de la Guerra, nacionales e internacionales, a los que les conviene hacer perenne la guerra interna. A los fabricantes de armas y a los lobistas que “engrasan” a congresistas norteamericanos para que aprueben la entrega de aeronaves y recursos económicos les conviene que el país siga en guerra.

Y finalmente, una realidad ideológica que hace pensar que las únicas estructuras dañinas para el país son las “guerrillas” por ser de izquierda, mientras que los grupos paramilitares, de ultraderecha y brazos armados del Establecimiento son vistos por sectores de la población y grupos de poder político como los únicos preparados y dispuestos a enfrentar militarmente a los subversivos. Claro que la historia dice que han sido efectivos en la comisión de masacres de civiles, señalados de ser colaboradores de las “guerrillas”.

En lo que respecta a las víctimas, sobre estas caen los pérfidos intereses de todos los que se benefician de manera directa del negocio de la guerra, a los que se suman los terratenientes, latifundistas, ganaderos, constructoras y agentes metidos en el negocio de la minería legal-ilegal, que se benefician del abandono de los territorios por parte de los campesinos que huyen de las hostilidades. Las víctimas civiles importan para los procesos de esclarecimiento de responsabilidades políticas y judiciales por la violación de sus derechos humanos; ese reconocimiento institucional y simbólico es débil frente a los poderosos intereses que se ciernen sobre quienes tienen su vida atada a las labores del campo, bien sean campesinos, indígenas o pueblos afros o colonos.

Así las cosas, pareciera que estamos condenados a vivir eternamente en medio de hostilidades, ataques con drones, emboscadas y balaceras. En lo que respecta al gobierno actual, queda claro que poco o nada avanzará en la conquista de los territorios desde los que las guerrillas y los paracos desafían su relativa legitimidad. No habrá milagro que valga a la hora de superar un conflicto armado cuyos actores armados y políticos se degradaron. La guerra es un gran negocio; la paz, por el contrario, es costosa y deviene problemática para el Establecimiento: una vez lograda, la izquierda y los progresistas empiezan a presionar para que se resuelvan la inequidad, la desigualdad, la pobreza y la corrupción público-privada que alimenta las hostilidades.

¡APLAUDAN! ¿POR QUÉ NO APLAUDEN?



Por Germán Ayala Osorio

 

El gesto y acción de aplaudir viene desde la Antigüedad y su historia hace parte sustantiva de los procesos civilizatorios en los que las expresiones de admiración, agradecimiento, exaltación misma de una obra, una acción o decisión despiertan emociones o el reconocimiento de un colectivo por lo que hacen o dicen otros seres humanos. Los aplausos, entonces, ocupan un lugar importante en la política, las artes y en general en lo que conoce como la cultura.

Los aplausos, cuando son espontáneos, lo hecho por quien es el receptor de esos encomios resulta profundamente valioso y significativo para el público que así lo siente y reconoce. Hay otros, por supuesto, que están pensados más como elementos ceremoniales, casi protocolarios, en los que un maestro o maestra de ceremonia los indica o promueve. Esos aplausos no son del todo sinceros. Entre más espontáneos resulten, más valor adquieren y más cerca estarán de hacer parte de la memoria colectiva e individual. Incluso, pueden llegar a convertirse en un símbolo social y político de gran recordación y de esa manera hacer parte de una coyuntura sociopolítica.

En política, ese tipo de enaltecimientos sonoros suelen venir plagados de la hipocresía que acompaña a las relaciones de los políticos profesionales y sus públicos, muchos de estos sus clientes, lisonjeros profesionales o los sempiternos lagartos que para el caso de Colombia son una especie endémica con particulares características. Se trata de una especie que depreda la dignidad de la política y de quienes le apuestan a practicarla con altura moral.

Igual como acontece con los aplausos en el mundo de las artes, los que ofrecen los públicos de manera generosa y franca en eventos escenarios políticos son los mejores y profundos. Pero cuando un político en particular le exige a su público e incluso a los áulicos obligados a escucharle que lo aplaudan, es en ese preciso momento en el que se desnaturaliza el aplauso y se convierte en loa hipócrita, fruto de una exigencia con tintes de amenaza. Cuando un político exige un aplauso se empequeñece de tal manera que es aceptado dentro de la crítica política obviar su nombre por la indignidad que acompaña reclamar ser aplaudido.

“Aplaudan, por qué no aplauden” es una frase-meme que ya es usada en el país de las redes sociales para burlarse y criticar al protagonista de semejante escena bochornosa. No es necesario recordar el nombre de quien se atrevió a exigir la sonora lisonja. Lo que es clave indicar es lo que dejó ver al expresar ese acto de habla: inseguridad, egolatría y una incontrastable necesidad de ser reconocido así sea momentáneamente porque interiorizó que para ocultar sus incompetencias qué mejor que los inmerecidos aplausos.

Es propio de reyezuelos y dictadores bananeros estar acompañados de lagartos y zalameros profesionales, aparte de sus ministros y ministras, claro está. Gobernar suele exponer en quienes ostentan la majestad de un alto cargo, como el de ser presidente de una República, no solo vacíos emocionales y problemas de formación profesional, sino actitudes ególatras que se potencian por los aplausos recibidos de manera espontánea o los exigidos. Así como hay pendejos con Doctorados, hay políticos pánfilos, homúnculos, mentecatos e incluso estólidos. 

Cuando los presidentes resultan ser vanidosos, fatuos, pendejos o fierabrases, ese tipo de encomios sonoros no resultan sinceros. Hacen parte del show que esos mismos presidentes suelen montar para ocultar inseguridades e incluso las evidentes dudas frente a lo que deben hacer como jefes de Estado. Esas alabanzas, encomios, loas, cortesías, adulaciones y halagos solo sirven para ocultar impericias o ineptitudes. Para el caso, recordé ese aparte de la canción Agúzate de Boby Cruz y Richi Rey “Y es por eso que yo digo de esta manera que este individuo no sabe en qué se metió”. Y sí, este mequetrefe no sabe en qué se metió. 

miércoles, 7 de octubre de 2026

PARTIÓ PIERO Y EL PUEBLO JAMÁS SE LIBERÓ

 



Por Germán Ayala Osorio

 

Partió Piero justo en estos tiempos en los que Palestina y otros pueblos sufren la embestida de neoliberales, fascistas, genocidas y quienes creen, infantilmente, que hay un “pueblo elegido” por dios.

Partió Piero y nos deja Los Americanos, una canción cargada de ironía y sarcasmo que alimentó en gran medida el desprecio por los gringos, en particular hacia aquellos que no consideran al color negro del gusto americano. La nostalgia por su partida la sentirá toda América, pero sobre todo aquellos que agradecieron que les haya cantado que "nacen convencidos que no hay nadie en el mundo que sea más importante que los americanos...". No creo que el ignaro de Trump haya escuchado esa canción que los describe con lujo de detalles. Tampoco creo que el inefable de Marco Rubio la haya siquiera tarareado. Hay que ser romántico, idealista, soñador, buena gente e inteligente para disfrutar de ese tipo de música.

Se fue Piero y el Pueblo no se liberó. Y se fue justo ahora que en Colombia se inicia la consolidación de un régimen de terror que con el tiempo millones de colombianos explicarán adoloridos que “Libertad era un asunto mal manejado por tres Libertad era almirante General o brigadier. 

Comer bien era muy raro

Comer poco era normal

Comer era subversivo

Para el señor militar

Murió Piero. La finitud lo alcanzó, mientras que dañinos octogenarios en el poder siguen haciéndole el quite a la pelona. Partió Piero, un buen tipo, como su Viejo. Quienes lo lloramos, saben que “también es bueno llorar"; me pregunto cuándo se tomó su último café porque a lo mejor cientos de miles de americanos “después, otro café” esperaron para volver a ver a ese ser amado.

Mientras escribo esta columna en homenaje al gran Piero, “pasa un cartero en bicicleta Con un telegrama color violeta un patrullero de la policía que busca un choro hace quince días”. Y la escribo porque no me da vergüenza expresar la tristeza que siento por la partida de Piero Antonio Franco De Benedictis, nacido un 19 de abril de 1947 en algún lugar de Italia. Justo un 19 de Abril.

Insisto en que no siento vergüenza porque “ahora tengo la nostalgia yo soy un hombre, un hombre transeúnte, yo vengo, vengo de mi tinto amargo que anda solo y baja por mi boca, yo vengo, yo vengo”.

Menos mal que las tristezas que todos acumulamos y que vamos soltando con cada año que pasa se van haciendo más llevaderas porque claramente la edad en algún momento se nos vendrá encima sin carnaval ni comparsa.

Buen viaje querido Piero. A donde quiera que llegues, muy seguramente llegarás liviano porque dejaste improntas en millones de americanos. Aunque no es tu culpa que el pueblo no se haya liberado, concuerdo con vos en que

Para el pueblo

Lo que es del pueblo

Porque el pueblo se lo ganó

Para el pueblo

Lo que es del pueblo

Para el pueblo liberación

 

ESTATUTO ANTITERRORISTA Y UN LIBRO POR ESCRIBIR




Por Germán Ayala Osorio

 

Estos dos meses del gobierno de Abelardo Gabriel de la Espriella Otero han sido vertiginosos en anuncios, amenazas y símbolos que dan cuenta de la transformación personal del gobernante y de la democracia. Al tiempo que el jefe del Estado abandona su condición civil para transformarse en un militar más, la institucionalidad democrática va caminando hacia un régimen de mano dura que puede resultar peor a lo que el país vivió durante los gobiernos de Turbay Ayala, Uribe Vélez y Duque Márquez.

Si hacemos el ejercicio de conectar frases, silencios, titulares, amenazas, decisiones socioambientales insostenibles que ponen en riesgo la soberanía y la seguridad alimentarias y redefiniciones étnico-identitarias (en Colombia no hay campesinos y niñas), es fácil concluir que efectivamente el país ya avanza hacia un proceso de “bukelización”, incluida la posibilidad de que regrese la reelección presidencial. Inicio con lo más actual.

El borrador de un nuevo Estatuto Antiterrorista que ya se filtró a los medios apunta a la consolidación de un régimen político que terminará por incluir en la lista de grupos terroristas a simpatizantes de izquierda, librepensadores, periodistas, feministas, petristas, miembros y militantes del Pacto Histórico, liberales, ambientalistas, defensores de los derechos humanos; líderes y lideresas sociales y ciudadanos que expresen críticas al gobierno nacional en cabeza de Abelardo Gabriel. No se descarta que el propio expresidente Petro termine en esa lista o preso por su apoyo a las movilizaciones que, aunque pacíficas, casi siempre terminan en desmanes por cuenta de desadaptados “orgánicos” o infiltrados de la ultraderecha. Lo anterior, en virtud de la extensión de la doctrina del enemigo interno a todo el que piense distinto. Quien no está conmigo, está contra mí. Quien no apoya al gobierno, es enemigo de la Patria. 

De la Espriella anunció, en tono castrense, que no “tolerará bloqueos y actos de vandalismo”. Y el expresidente Petro en su cuenta de X aseguró que participará de la “…marcha del 14 de octubre en Bogotá y espero a todo el pueblo trabajador de la ciudad. Es ya que tenemos que movernos y preparar la lucha hasta la huelga general por un salario mínimo vital para el año 2027 y un plan serio de lucha contra el hambre para mitigar el efecto que dejará la sequía”. El plato de la turbulencia social y la represión estatal está servido.

Si en el pasado se publicó el Libro Negro de la Represión (1958-1980) para dar cuenta de una cruenta violencia estatal, es posible que ese mismo título sea retomado por quienes sobrevivan a la represión que se viene con el objetivo de registrar las violaciones de los derechos humanos y los de la Naruraleza en zonas urbanas y rurales ya se están presentando y las que vendrán cuando el gobierno afine su proyecto disciplinante y regenerador (moral e ideológico) a través de la “batalla cultural”; en los territorios rurales muy seguramente se aplicará una violenta contrarreforma agraria.

Aunque en el Libro Negro de la Represión (1958-1980) se alude a circunstancias muy distintas a las que hoy vive el mundo y en particular este hemisferio, lo sucedido en aquella época y las que soportará en adelante el continente americano por la operación del Escudo de las Américas, la reedición de la Operación Cóndor y  el regreso del TIAR (Tratado Internacional de Asistencia Recíproca) de la mano de la ultraderecha trumpista, comparten un mismo patrón desestabilizador: la injerencia de los Estados Unidos y la sumisión de los países latinoamericanos a los intereses globales de la potencia militar.

En el prólogo del señalado libro se lee: “la Defensa de los Derechos Humanos, preconizada por el Presidente Carter en su campaña presidencial, e impulsada con bombos y platillos durante su mandato, contiene un carácter siniestro”. Ese carácter aciago, funesto, adverso y fatal acompaña sin duda alguna a la operación del Escudo de las Américas. Pero hay otros hechos, decisiones y pronunciamientos que preocupan. Sigamos.

Recién, en sus ya acostumbradas amenazas y en su tono bravucón, De la Espriella insinuó o por lo menos le permitió a los petristas pensar en que al presidente le gustaría reelegirse. Entonces, el expresidente Petro le salió al paso y le contestó “Yo a usted no le temo porque conozco al dedillo su pasado señorito Abelardo Squiffo. Habrá las puertas de la reelección y me enfrentará”. No seamos ingenuos: cualquier modificación a la Constitución que reviva la reelección presidencial inmediata del actual presidente vendrá con la prohibición legal que le prohibirá a Petro lanzarse nuevamente.

A pesar del gazapo en el trino de Petro, el país político entendió que el ambiente de confrontación política y social está por escalar porque en apenas dos meses De la Espriella ya dejó claro que su objetivo es reversar, con la ayuda del Consejo de Estado y las otras cortes, todas las reformas sociales y los avances que en materia de beneficios para los más pobres logró dejar operando el gobierno anterior.

El mutismo de las altas cortes frente a las amenazas que lanzó Abelardo en contra de los jueces que se opongan a la fumigación de los cultivos de coca con glufosinato de amonio y la intención manifiesta de acabar con la JEP hace pensar en que esa “bukelización” del país no es mal vista en esas corporaciones judiciales encargadas de ponerle límites al Ejecutivo. Bueno, por lo menos operaron contra el gobierno Petro con ese criterio y lograron frenar muchos de los decretos con fuerza de ley que emitió.  

Acabar con las zonas de protección alimentaria tiene un propósito económico que, unido a otras medidas y a las variables que determinan el índice de inflación, busca reducir a la clase media, así como empobrecer más a los pobres y afectar negativamente la soberanía y la seguridad alimentarias de las comunidades agrícolas y del país. Desconocer a los campesinos como actor histórico, social y cultural hace parte de ese proyecto en el que avanzará el sometimiento y transformación de valiosos ecosistemas naturales sometidos a la ganadería extensiva de baja producción y con fines de especulación inmobiliaria y al modelo de la gran plantación (economía de enclave) que incluye la extensión de los monocultivos de caña de azúcar y palma africana y la minería a gran escala.

Así las cosas, es cuestión de tiempo para que la bukelización del país sea una realidad. Veo cada vez más lejana la posibilidad de que haya elecciones en el 2030. Hay un Bukele o en un General de Brigada en proceso de construcción. Ojalá me equivoque.

martes, 6 de octubre de 2026

ASESINOS DEL PRESIDENTE DE HAITÍ: ¿MERCENARIOS O HÉROES?




Por Germán Ayala Osorio

 

Todos los días el presidente de la República confirma su perfil militarista. Lo hace con su ridículo saludo militar, el porte de un arma al cinto, el outfit verde oliva en la camisa y el pantalón caqui; y su constante grito de batalla firme por la Patria. Su condición de civil se desvanece cada vez más y eso que apenas lleva dos meses en el cargo. No sería raro que terminara su mandato luciendo un uniforme de fatiga o usando charreteras propias de un general de Brigada. Concuerdo con Catalina Gil Pinzón cuando dice que “nunca es deseable que en una democracia un gobierno civil promueva con tanta frecuencia gestos y lenguaje militar como identidad política. La militarización del relato político es un riesgo silencioso para la democracia”.

El dictador Fidel Castro Ruz vestía prendas militares como premio y recuerdo de la gesta revolucionaria con la que desmontó el régimen de Batista en 1959 con la ayuda de un grupo de barbudos y mechudos que soñaban con el socialismo como alternativa política; lo mismo hace aún Daniel Ortega, presidente de Nicaragua. Ambos “revolucionarios” encontraron en las botas y en el uniforme militar reconocimiento internacional.

Al sentirse “combatiente” y querer parecerse en algo a quienes sí han participado de operaciones de orden público Abelardo Gabriel salió a defender a los exmilitares colombianos que participaron del asesinato del presidente de Haití, Jovenel Moise, ocurrido el 7 de julio de 2021. No solo los llamó “héroes”, sino que ordenó a dos de sus ministros a brindarles apoyo estatal en su compleja situación jurídica hoy en manos de la justicia estadounidense.

De la Espriella, como abogado, guarda un especial gusto por interactuar y defender bandidos. En una entrevista publicada en la revista Semana (2008), Abelardo de la Espriella dijo esto sobre el entonces comandante de las AUC, Salvatore Mancuso: “Mancuso es mi paisano y se echó a espaldas una lucha que debimos haber dado todos los cordobeses. En el lugar de él, yo habría hecho lo mismo… habría sido ‘paraco’ de verdad, con uniforme y con fusil”. Aunque no lo llamó “héroe”, en lo dicho hay evidencia de una fuerte admiración por el criminal de marras y una actitud política con la que legitimó en ese momento la aparición del fenómeno paramilitar.

En su cuenta de X el jefe del Estado dijo que “les he dado la instrucción a los señores ministros de Defensa y de Justicia de brindar asistencia jurídica a los militares detenidos en Estados Unidos por su presunta participación en el asesinato del presidente de Haití, así como apoyo económico a sus familias. No pueden pagar justos por pecadores. Quiero saber exactamente qué ocurrió y que se esclarezca la responsabilidad individual de cada uno. No soy la clase de presidente que abandona a sus héroes cuando enfrentan dificultades. No los voy a dejar solos: tendrán respaldo para ejercer su defensa y para que toda esta situación se aclare”.

Vamos por partes como diría Jack El Destripador. De la Espriella habla de una “presunta participación”, cuando ya “hay nueve colombianos condenados en Estados Unidos por participar en este asesinato, de los cuales cinco fueron sentenciados a cadena perpetua, mientras que uno sexto tuvo una condena de nueve años por financiar el envío de chalecos antibalas para los mercenarios”. En cuanto al resto de exsoldados, hace poco fueron trasladados desde Puerto Príncipe a Estados Unidos 17 para ser procesados por el magnicidio del presidente de Haití.

El Estado colombiano está obligado moral y políticamente a hacer valer los derechos de sus connacionales que por cualquier razón están o van a ser procesados judicialmente en el exterior. Eso se entiende, pero el asunto problemático está en que el presidente de la República los eleve al estatus de “héroes”. Lo que no queda claro es si el calificativo se da como reconocimiento a la operación que terminó con la muerte del presidente de Haití o por los servicios prestados cuando portaron el uniforme en territorio colombiano.

Lo del apoyo económico a las familias suena a una suerte de actitud populista muy propia de quien afanosamente busca el reconocimiento castrense. Se ve mal el ofrecimiento cuando en el país hay cientos de miles de ciudadanos que madrugan todos los días a rebuscarse la vida y no precisamente a planear o hacer parte de una operación militar para asesinar a un jefe de Estado. Hay víctimas del terremoto que aún sufren las consecuencias dejadas por el devastador movimiento telúrico y continúan esperando la ayuda del Estado. Es más, el gobierno de Abelardo Gabriel se ha mostrado indiferente frente a la suerte de los migrantes colombianos detenidos por los fascistas del ICE en los Estados Unidos en el marco de la "limpieza étnica" que emprendió  Donald Trump. 

Cuando De la Espriella dice que no es la clase de presidente que abandona a sus héroes, a quién se refiere. ¿Acaso al entonces presidente Petro? Gustavo Petro en un viaje a la isla le pidió perdón a los haitianos y sus autoridades por las acciones criminales de los connacionales: “colombianos oscuros en su corazón, blancos en su piel, pagos como mercenarios por intereses en el estado de la Florida”, los llamó en ese momento. Dos disímiles maneras de entender los hechos. Durante el pasado gobierno se les ofreció a los “mercenarios” la asistencia que llaman estándar dentro de las actividades de la Cancillería. Ahora, el presidente-combatiente inicia un proceso de heroización que luce inmoral e inconveniente para la imagen del Estado colombiano.

Varios medios de información llaman “mercenarios” a los exmilitares colombianos que participaron del crimen del presidente haitiano. Lo son en la medida en que vendieron su formación a cambio de dinero. A la luz del derecho internacional y en el protocolo I, la definición de mercenario cambia especialmente porque no viajaron a Haití para participar de un conflicto armado. En El Príncipe de Maquiavelo se lee que “si un príncipe sustenta su Estado con tropas mercenarias, no estará nunca firme ni seguro, porque estas carecen de unión, son ambiciosas, indisciplinadas, fanfarronas en presencia de los amigos, y cobardes contra los enemigos...". Sería bueno que antes de haberlos elevado al estatus de Héroes, De la Espriella le dijera al país qué clase de oficiales y suboficiales fueron cuando portaron el uniforme. En cualquier caso, constituye un grave error político del presidente ponerlos en el mismo nivel de aquellos que han combatido en el país respetando las normas y sin traspasar los límites de la guerra, porque no se le olvide, que hasta la guerra los tiene.


¿ES JUANITA LEÓN UNA "ACTRIZ POLÍTICA"?

 

Por Germán Ayala Osorio

En el enfrentamiento verbal y político entre Carlos Suárez Rojas, estratega de la campaña de Abelardo Presidente y Juanita León, directora del portal La Silla Vacía hay de fondo una discusión conceptual en torno a la naturaleza política de todas las empresas mediáticas y a la siempre discutible “objetividad periodística”; ambos asuntos abordados por la academia y usados selectivamente por el amigo y estratega del hoy presidente de la República para “descalificar” al portal que lo confronta periodística y políticamente.

Tomo apartes de la respuesta que Suárez Rojas, presidente de la Junta Directiva de Ecopetrol, le envió desde su cuenta de X a la periodista y empresaria Juanita León, con el propósito de plantear el equívoco en el que incurre el funcionario. Al final de la columna, recojo algunas ideas de lo dicho por Juanita León a su poderoso interlocutor.

“… tú y La Silla Vacía se reservan el papel de narrador omnisciente: esa voz que todo lo sabe, todo lo interpreta y a todos sentencia. Antes de seguir, quiero dejar en claro lo siguiente: El Portal activista, La Silla Vacía, ha decidido declarar unilateralmente su enemistad conmigo y con el Gobierno del Presidente De La Espriella…”

Resulta a todas luces peligroso e inconveniente que Suárez apele a la vieja doctrina extendida del enemigo interno para exponer a la empresa de información como enemiga del gobierno y del propio Suárez. Ya De la Espriella, en campaña, catalogó al petrismo y a los petristas de “enemigos de la Patria”, asunto no menor en un país violento como Colombia en el que actores armados, legales e ilegales, suelen perseguir, estigmatizar y asesinar a quienes previamente fueran calificados como “enemigos de la causa” u objetivos militares; y como presidente sacó del aire a dos periodistas de Blu radio y tumbó al presidente de la ANDI.

La prensa puede ser considerada crítica, en oposición e incómoda, pero jamás incluirla en el arbitrario listado de enemigos de un presidente, gobierno o de un funcionario. Hablar de “enemistad pública declarada” obedece a un anuncio de guerra política que bien puede terminar en otra de carácter económica.

No creo en las leyes mordaza. Por más que mientan los medios, hay otras formas para contrarrestar campañas mediáticas consideradas por un gobierno o un sector de la sociedad como contraproducentes o dañinas. En lo que creo es que las audiencias deben ser formadas en el análisis del discurso para descifrar los intereses, ocultos y visibles, que se defienden desde las empresas mediáticas. Cualquier intento por acallar a un medio o a un grupo de periodistas es física cobardía, expresión clara de intolerancia y la decisión de fungir como déspotas y fascistas.  

“Yo quiero que, cada vez que te lean, todos recuerden esto: lo tuyo no es la investigación de un medio imparcial sobre el presidente y su estratega. Lo tuyo es la intervención de un actor político financiado por grupos económicos perfectamente identificables. Lo tuyo es defender los intereses de tu inmensamente rica familia, que contrata con el Estado o con sus empresas en condiciones que dejan mucho que desear. Lo tuyo es promover una agenda propia y operar mediante un método tan sencillo como eficaz: construyes una narrativa, la empaquetas, la distribuyes y la repites hasta convertirla en ambiente. Después, cuando esa narrativa produce efectos, te refugias en la solemnidad del periodismo para fingir que nada tuviste que ver con ellos”.

En mis tiempos de analista de medios dentro del ámbito universitario me referí a las empresas mediáticas hegemónicas como “actores políticos” por varias razones: la primera, porque el periodismo es una forma de poder y éste siempre devendrá con características políticas en la medida en que al ejercicio periodístico se suelen sumar políticos profesionales, empresas que pautan y por supuesto, los propietarios de estas a los que le interesa mantener a flote ese instrumento de poder, político y económico, llamado información; la segunda, porque actúan en la arena pública en la que los asuntos políticos, cubiertos bajo los valores/noticia, están naturalmente atados a las correlaciones de fuerza, a los intereses de la clase empresarial y política que rondan a los medios bien a través de la pauta, las fuentes que se consultan de manera rutinaria o los que de manera explícita o implícita deciden defender editorial y periodísticamente. Y la tercera, porque el lenguaje periodístico, con todo y sus dobleces, guarda una estrecha relación con lo político, entendido este último como expresión discursiva de las complejidades, las tensiones y los conflictos propios de la condición humana.

Es tan político el ejercicio periodístico, y tan metidos están los medios en las dinámicas de la política, que ha bastado con una llamada a un director de un medio para detener informes periodísticos que denuncian actos de corrupción.

Carlos Suárez cree que afecta negativamente a La Silla Vacía al calificarla de actor político. Y se equivoca Juanita León en no dar la discusión conceptual que el país mediático y político deben dar alrededor de esa inocultable naturaleza y perfil de los medios de comunicación: son actores políticos. Punto.

Suárez olvida que los medios que hoy acompañan a De la Espriella y le cubren la espalda también son actores políticos y apelan a los mismos tratamientos sesgados que según el presidente de la Junta Directiva de Ecopetrol hace La Silla Vacía. Y aquí entra el segundo concepto: la objetividad. La objetividad es quizás una de las mayores mentiras que se enseñan como valor periodístico (moral) en las escuelas de periodismo o comunicación social. No es posible ser objetivo por cuanto el periodista deviene con una historia personal y familiar que de muchas maneras sesga su mirada sobre hechos públicos; a lo que se suman la línea editorial, las directrices que le dan los editores y los usos particulares del lenguaje periodístico que el periodista reconoce en los titulares y la redacción misma de las notas publicadas. Hay intentar y apostarle a ser riguroso. 

En su larga perorata, Suárez fustiga prácticas periodísticas en las que incurre La Silla Vacía, que son las mismas en las que por ejemplo incurren la revista Semana, de los Gilinski y el periódico El Tiempo, ambos banqueros que apoyan a De la Espriella.

“La Silla Vacía puede llamarse medio de comunicación. Para mí, hace tiempo decidió comportarse como un actor político. Y los actores políticos reciben respuesta política. Por ejemplo, luego hablaré de tu financiación y de los nexos con Ecopetrol. Así que quítate la máscara y juguemos de tú a tú. Publica cuanto quieras. Ataca cuanto puedas. Pero no pretendas ser, al mismo tiempo, jugadora, árbitro y cronista del partido”.

En el extenso trino de Suárez hay una desafortunada frase que León interpreta como una amenaza velada. “No desconozco tu derecho a publicar. Desconozco tu pretensión de golpear como adversaria y ser protegida como árbitro. Tampoco quiero silenciarte, Juanita: sería regalarte el papel de mártir y poner a cantar a tu coro de auxilio — esas si bodegas - como Cambio y los demás activistas que se disfrazan de periodistas —, siempre dispuesto a calificar de persecución cualquier contradicción. Soy menos pretencioso: solo quiero quitarte el disfraz e igualar el terreno”.

La frase en rojo deja ver la arrogancia del funcionario y amigo del presidente que se da el lujo de “descabezar” periodistas y líderes gremiales. ¿Acaso tiene el poder para silenciarla? ¿O mejor, lo pensó? Frente a eso León dijo en su respuesta: “Que Suárez diga que no quiere silenciar a La Silla también merece una precisión. Que un medio pueda investigar y publicar sobre quienes ejercen poder no depende de que las personas en el poder decidan tolerarlo ni es una concesión que le hagan al periodismo. Es una garantía democrática. Suárez tiene todo el derecho a controvertir nuestras investigaciones, cuestionar nuestros métodos y aportar evidencia que contradiga lo que publicamos. Pero no le corresponde decidir qué medios merecen ser escuchados, cuáles deben ser desacreditados o cuándo resulta conveniente silenciarlos”.

Finalmente, Juanita León evita la discusión alrededor del calificativo “actor político”. Eso sí, en medio del unanimismo ideológico y mediático en el que transcurre la vida pública y privada en la "Patria Milagro", lo que hace La Silla Vacía de confrontar al poderoso Carlos Suárez y de incomodar al presidente De la Espriella abre una luz de esperanza. Con errores o sesgos, siempre debemos defender a quienes le apuestan a vigilar y molestar a los que ostentan poder. Esa es la esencia del periodismo. 

Qué sano sería para la democracia y el periodismo que todos se quitaran las máscaras para reconocer una verdad histórica y cultural: los medios son actores políticos. Punto; y otra coyuntural, hay empresas mediáticas que, por miedo a ser censurados, por conveniencia económica y simpatías ideológicas están defendiendo al gobierno de Abelardo Gabriel de la Espriella Otero que, en apenas dos meses, ya deja claro que su proyecto de país es regresarnos al siglo XIX con su batalla cultural; en lo económico, a los tiempos de César Gaviria Trujillo y su apuesta neoliberal; y en materia de derechos humanos y orden público, a las nefastas circunstancias que rodearon la aplicación de la Seguridad Democrática de Uribe y a las que acompañaron al Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala. Dar esa discusión pública y sincera sería un verdadero Milagro.





lunes, 5 de octubre de 2026

COLOMBIA: UN PAÍS DE PELÍCULA



Por Germán Ayala Osorio

 

En dos meses de estar al frente del Gobierno, Abelardo Gabriel de la Espriella Otero (AGDLE) ha protagonizado varios roles que, cinematográficamente, pueden resultar atractivos para las audiencias, en particular para los miembros de la “manada” que lo votaron, pero que lo alejan del gran papel para el que fue elegido: jefe de Estado.

Hasta el momento y a juzgar por sus primeras actuaciones no da muestras de poder interpretarlo como lo espera esa parte del país que cree en el Estado y en el ejercicio del poder basado en una indiscutible legitimidad social y política, atada, por supuesto a una gobernanza libre de las sempiternas ataduras clientelares que convirtieron a la política en un negocio entre clanes y mafias de todo tipo.

Veamos algunos de los papeles hasta ahora protagonizados por Abelardo. Inició su aventura actoral con el desarreglo identitario que parece sufrir y que usó en campaña para presentarse como un tigre, feroz depredador con el que se sentía identificado. El Presidente-Therian fue su primer papel, el que ha ido dejando de lado para entrar de lleno en la interpretación de otros con los que ha logrado conectar de una mejor manera con sus fans. De vez en cuando usa la frase “lo duro que muerde el tigre” o “en la era del tigre”, pero ese primer rol se ha difuminado un poco por la fuerza de los otros protagonizados en tan corto tiempo.  

En el personaje de Presidente-Sheriff o Presidente-Combatiente se destacan las escenas muy bien logradas por el equipo de grabación. El país lo vio patrullando, a la madrugada, con arma al cinto, por unas muy bien escogidas calles del barrio Cristo Rey de Santa Marta. El barrio fue elegido entre varios, pero se optó por grabar las escenas en Cristo Rey por lo que empezaron a llamar dentro su equipo racord ideológico. El oufit usado en esas y otras grabaciones indica con claridad el abandono paulatino de su condición civil.

El país no olvidará esas trágicas, tétricas y lúgubres escenas en las que camina entre cadáveres. Miembros de su “manada” aplaudieron a rabiar esa interpretación porque sintieron que por fin se acabarán los villanos en Colombia. Las mejores actuaciones, a juzgar por varios críticos del séptimo arte, se registraron en Cali y en un hangar. En la capital del Valle del Cauca, también a la madrugada, se vio al Presidente-Sheriff dándole la bienvenida a la “patria milagro” a un peligroso vendedor minorista de droga de la zona de El Calvario. La crítica destacó la reacción natural del capturado en flagrancia en su rol de villano caído en desgracia. En la segunda locación, vimos al Presidente-Sheriff despidiendo al criminal alias Araña. Bueno, aún no está claro si lo estaba despidiendo o dándole la bienvenida a la “patria milagro”.

Mucho antes de esa fulgurante interpretación, en su posesión como presidente y después en otras grabaciones el país vio al Presidente-Creyente. Atrás quedó su pasado como ateo. Su entrega a Dios, a Cristo Rey y a la lectura de la Biblia le pueden abrir, una vez termine su pasantía en las sedes de la Casa de Nariño, la posibilidad de encarnar el papel protagónico de Jesús de Nazaret. Según fuentes fidedignas, Universal Estudios inició contacto con sus manejadores.

La más reciente de sus actuaciones la protagonizó apenas unos días atrás cuando se le vio “condenando” públicamente al alcalde de Sincelejo, Jair Acuña. En su caracterización como Presidente-Juez, se le vio algo arbitrario frente a la presunción de inocencia, el debido proceso y el derecho a la réplica, elementos que hacen parte de las garantías procesales y constitucionales de una democracia como la colombiana. La actuación de Acuña, en su rol de villano antagonista sirvió para que prestantes juristas llamaran la atención acerca de las extralimitaciones en las que habría incurrido el Presidente-Juez. Varios guionistas salieron en defensa del actor y el rol protagónicos indicando que se trata de una escena de ficción, aunque se parezca a hechos de la vida real.

Quizás el rol protagónico que generó terror y miedo en ciertos sectores societales fue el de Presidente-Decapitador en la sombra. Metido en ese rol, logró cortarle la cabeza al presidente de la ANDI, Bruce Mac Master. Aunque no hay imágenes que den cuenta de su desempeño actoral, una famosa periodista-estafeta y la hija del dirigente gremial, Sofía Mac Master confirman que efectivamente Abelardo protagonizó ese papel que es contrario a la defensa de los presos y contrapesos de la democracia, de la autonomía e independencia de actores económicos de la sociedad civil. Esa sería la tercera escena porque ya había hecho lo mismo con propios nombramientos como el de Carlos Sepúlveda Rico, director del Departamento Nacional de Planeación (DNP), cuya cabeza también fue cercenada por asuntos ideológicos. La descabezada del director del DANE también es recordada en esas huestes en las que no gustó de a mucho esas interpretaciones.

Otro rol estelar es el de Presidente-Censor. Bajo la misma modalidad de actor en la sombra, dos periodistas de Blu radio fueron sacadas del aire por ser consideradas incómodas por el presidente. Dicen las malas lenguas que están en capilla “Julito no me cuelgue” y Daniel Coronell.

Digamos que, en un temprano balance, Abelardo Gabriel ha sacado adelante esas actuaciones en un país al que le gusta la política espectáculo. Por tratarse de escenas de ficción, basadas en hechos reales, la gobernabilidad se mantiene a pesar de las crecientes críticas de académicos, periodistas independientes y exministros que consideran que el presidente anda “empeliculado” y metido en esos seis papeles protagónicos, pero poco interesado en el papel principal de Jefe de Estado.  

Aunque nunca se conocen detalles previos de las grabaciones y locaciones, las audiencias saben que en cualquier momento serán sorprendidas.  Lo que sí sabe es que el Director de esta película llamada Colombia está todos los días presto a gritar: luces, cámara, acción.

Un famoso guionista, escritor y crítico del cine político que pidió reserva de su nombre, envió al equipo de grabación de presidencia un corto texto que podría servir para construir el perfil del rol de Jefe de Estado, en caso de que Abelardo quiera interpretarlo: “Colombia es un Estado social de derecho, organizado en forma de República unitaria, descentralizada, con autonomía de sus entidades territoriales, democrática, participativa y pluralista, fundada en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que la integran y en la prevalencia del interés general. Son fines del Estado: servir a la comunidad, promover la prosperidad general y garantizar la efectividad de los principios, derechos y deberes consagrados en la Constitución…El derecho a la vida es inviolable. No habrá pena de muerte. Es obligación del Estado y de las personas proteger las riquezas culturales y naturales de la Nación. “El presidente de la República simboliza la unidad nacional y al jurar el cumplimiento de la Constitución y de las leyes, se obliga a garantizar los derechos y libertades de todos los colombianos”.

domingo, 4 de octubre de 2026

NO HAY ACUÑA QUE MÁS APRIETE…

 



Foto: Colprensa. 


Por Germán Ayala Osorio

 

Las constantes y cinematográficas apariciones del presidente De la Espriella dejan ver a un mandatario que confunde poder con autoridad, legitimidad social y política con exposición mediática y aplausos de sus áulicos; que irrespeta la separación de poderes; esos mismos registros audiovisuales exponen la contradicción del presidente de la República que dice respetar las instituciones y las institucionalidades derivadas, pero que presionó la salida de Bruce Mac Master de la ANDI y sacó al director del DANE porque no encontró que el gobierno Petro hubiese manipulado cifras; a todo lo anterior se suma el saludo militar, el oufit castrense y el porte de un arma al cinto que lo aleja cada vez más de su condición civil para acercarlo a la de presidente-combatiente.

Son ya varios los videos en los que, como un presidente-actor, ordena y toma decisiones en asuntos menores si se comparan con los problemas complejos que arrastra de tiempo el país y que le exigen su atención en lugar de estar exhibiendo autoridad y poder como si fueran sinónimos.  Por ejemplo, en Santa Marta apareció a la madrugada armado y “patrullando” mientras la ciudad sufría un “paro armado” ordenado por un grupo paramilitar y mafioso; en Cali, aparece en una escena en la que le da la “bienvenida a la patria milagro” a un vendedor de estupefacientes de la olla de El Calvario en pleno centro de la ciudad; o en un hangar haciendo lo mismo, pero al criminal alias Araña, momentos antes de irse extraditado hacia los Estados Unidos.

En otro video que circula en las redes sociales aparece el presidente-actor llamando la atención al público: “Aplaudan, por qué no aplauden”. La exigencia presidencial la hizo con el objetivo de mostrar que su lucha contra la corrupción va en serio. La frase, por supuesto, se volvió meme en las implacables redes sociales. Pues en ese mismo escenario e insistiendo en el tema de la corrupción pública el propio Abelardo Gabriel de la Espriella Otero subió videos en los que aparece fustigando y descalificando al alcalde de Sincelejo, Jair Acuña.  

La embestida presidencial contra el alcalde Acuña se dio en el marco de un consejo de seguridad. “Todo Sincelejo lo sabe, todo Sucre lo sabe, lo que usted ha hecho con la plata del pueblo sincelejano. Usted cree que yo soy la clase de presidente que le va a permitir las prácticas ha hecho aquí en Sincelejo. Usted cree que yo voy a permitir que siga haciendo lo que sabe hacer que es politiquería… cómo confiar en una persona que tiene 13 procesos por corrupción…”. Sin duda alguna, De la Espriella convirtió al alcalde de Sincelejo en su “chivo expiatorio”. Al final, en la retina de las audiencias quedó claro que Acuña es corrupto, previa condena del presidente de la República. Solo le faltó mandarlo a detener, aunque el acalde aún no ha sido vencido en juicio.

Periodistas y políticos esperaban que el alcalde saliera a dar alguna declaración en respuesta a semejante embestida del jefe del Estado. Horas después, Acuña usó el mismo canal, las redes sociales, para confrontar al “juez” que lo condenó frente a las cámaras. Esto dijo el vapuleado mandatario local: “Señor Presidente, por favor, ese video está editado y manipulado digitalmente. Le pido que muestre el video completo donde se puede cómo se violentan los códigos disciplinarios y penales en Colombia… donde se puede ver como un alcalde es intimidado con fusiles, en cabeza de civiles, como se le coloca a un alcalde una persona con arma larga permanente con el único objetivo de intimidarlo; se me quita el legítimo derecho a la réplica, sopena de ser expulsado…”.

Si lo que dice Acuña en su video es cierto, lo sucedido en ese consejo de seguridad que se desarrolló en Coveñas, amerita no solo explicaciones del jefe del Estado, sino la intervención de la Procuraduría General de la Nación en la medida en que, de acuerdo con lo expresado por el alcalde de Sincelejo, se le violaron varios derechos, entre ellos a la presunción de inocencia, al debido proceso de la mano de un presidente-juez que lo condenó; a controvertir, a expresarse de manera libre. Que el presidente le haya permitido “quedarse, pero en silencio” en el evento resulta a todas luces oprobioso con una autoridad local elegida a través del voto.

Jair Acuña usó el concepto y derecho a la presunción de inocencia para jugar el mismo juego moral en el que lo metió el presidente de la República: “yo no le voy a quitar a Usted la presunción de inocencia porque Usted tenga expedientes…tampoco le voy a quitar la presunción de inocencia ni la buena fe de recaudos en cabeza de personas jurídicas no gubernamentales que hoy recaudaron recursos y que la gente no sabe dónde están, pero le doy la buena fe”.

Acuña le recordó a De la Espriella el lío de una chatarra de Bucaramanga en el que está involucrado su ministro de Vivienda; hizo lo propio con la viceministra de Defensa llamada a juicio… Y terminó su reacción con la exposición de unos audios en los que se escucha al entonces candidato presidencial, Abelardo de la Espriella Otero reconociendo la gestión en seguridad de Jair Acuña.

Le alcanzó al señor Alcalde para ventilar intimidades y cercanías con amigos en común. Es tal la familiaridad, que Acuña le reconoció lo rico que cocina la señora madre de Abelardo Gabriel, una “santa”, dijo el alcalde en el video. Una especie de “sacada de trapitos al sol” muy propia de amigos de parranda y de actividades electorales.

La pulla final del funcionario local le recordó al país la lúgubre y macabra escena en la que aparece el presidente-sheriff caminando entre una veintena de cadáveres: “no me perfile…me rehuso a creer, señor presidente, que me quieran volver un falso positivo; que me quieran meter en una bolsa… Dios lo bendiga y chao, pescao”. Y como estamos hablando de cine y de actuaciones, este capítulo debe titularse No hay (A) cuña que más apriete que la del mismo palo.




SOFÍA MAC MASTER HABLÓ SIN EUFEMISMOS




Por Germán Ayala Osorio

 

La renuncia del presidente de la ANDI, Bruce Mac Master, por presiones directas de Abelardo Gabriel de la Espriella Otero, no puede quedarse en el simple registro noticioso de unas empresas mediáticas que tímidamente abordaron el asunto sin ahondar en los peligros que conlleva que el jefe del Estado haya pedido la cabeza del dirigente gremial por diferencias personales y políticas.

En su carta de despedida Bruce apela a una serie de eufemismos con los que quizás deja ver el miedo que le produce señalar de manera directa al presidente de la República de ejercer presión directa sobre la Junta Directiva y afiliados claves al gremio para garantizar su dimisión. Quedó claro que Mac Master no renunció, “lo renunciaron”.

Cuando los medios y el propio Bruce hablan de “presiones del gobierno”, ocultan lo que realmente pasó: fue Abelardo el que pidió la cabeza de Mac Master. Más directa resultó la hija del decapitado dirigente gremial, Sofía Mac Master. Esto dijo: “Hoy es él. Pero el precedente queda. Si normalizamos que un presidente puede ejercer presión hasta volver incómodo o imposible que alguien continúe al frente de un gremio porque no le gusta lo que dice, mañana puede pasar exactamente lo mismo con cualquier otra persona”.

Ya dije en una anterior columna que Colombia es el país de los eufemismos. El miedo o la excesiva prudencia de Bruce Mac Master para exponer lo que realmente pasó con su abrupta salida de la ANDI expone la gravedad de lo sucedido. Lo que resulta a todas luces peor es la fractura al interior del gremio e incluso la división de otros agentes económicos de la sociedad civil sobre los cuales De la Espriella tiene el interés de capturarlos, someterlos y por esa vía reducir su interlocución a instancias individuales más fáciles de manipular. Eso de tender puentes con una organización en la que puede haber algo de pluralidad y disenso no parece ser del gusto del jefe del Estado.

Mientras el país empresarial pasa el trago amargo de la decapitada de Bruce, la ya famosa columna que escribió en favor del entonces candidato presidencial Abelardo de la Espriella no solo “envejeció mal”, sino que da cuenta de una incontrastable ingenuidad de Mac Master, alimentada por el odio de clase con el que se enfrentó al presidente Petro. A pesar de los agrios desencuentros discursivos, Petro jamás lo vetó o pidió su cabeza como si lo hizo De la Espriella.

Son varios los párrafos de esa ya famosa y ejemplarizante columna que escribió Bruce en el godo periódico El Colombiano. Rescato dos que dejan ver con claridad la ingenuidad y la zalamería del presidente de la ANDI que, por poco tiempo, estuvo “firme por la patria: “De La Espriella ha decidido rodearse de personas respetables, con visión institucional y democrática, eso es muy importante. Confiamos en que habrá un gobierno dentro del cauce de la Constitución, con respeto por los contrapesos, talento técnico, constructor de consensos y con buenas políticas públicas. El país necesita más unión y menos polarización…Este próximo domingo tendremos que decidir entre dos caminos. No tengo ninguna duda de que optaré por el camino de mayor institucionalidad, mayor Democracia y respeto de la Constitución”.

Con todo y lo negativo y peligroso que resulta que un jefe del Estado vete y haga sacar a un líder gremial por discrepancias personales, ese insuceso deja una lección para los miembros de la élite empresarial: a veces, el real “enemigo” de la institucionalidad no está en las huestes opuestas, sino que está presente y se incuba en las propias mesnadas. Más claro: el “enemigo” no estaba en la izquierda o en el progresismo tal como Bruce se lo hizo ver a la opinión pública, sino en la misma derecha.

A Bruce lo sacó Abelardo, eso está claro. Su caso se puede explicar desde las circunstancias de un particular “fuego amigo” en el que se enfrentaron dos visiones de clase, con sus respectivos clasismos. El clasismo de Bruce, anclado a su origen y pertenencia a una élite empresarial profundamente aporofóbica; y el clasismo sobreviniente de un tipo como Abelardo de la Espriella que, desde el tradicional elitismo gremial y político colombiano, siempre fue y será visto como un “emergente”, como un “levantado”.  Eso sí, el jefe del Estado y su prestante víctima tienen en común que ambos son profundamente aporofóbicos. Desde la sede presidencial de Barranquilla, una vez Abelardo Gabriel conoció la carta de renuncia de Bruce, debió haber espetado, bienvenido a la Patria Milagro y que viva Cristo Rey.

sábado, 3 de octubre de 2026

MARÍA FERNANDA CABAL Y LA NUEVA DERECHA

 


Por Germán Ayala Osorio

 

Después de su renuncia al Centro Democrático, partido que jamás le respondió su solicitud de escisión, María Fernanda Cabal Molina inicia el camino para consolidar un nuevo partido político en Colombia y sobre esa plataforma buscar la presidencia de la República en 2030. La señora Cabal Molina habla de una “nueva derecha”, pero no oculta su apoyo a las políticas y actitudes propias de la ultraderecha que viene implementando y exponiendo públicamente Abelardo Gabriel de la Espriella Otero. Abiertamente apoyó la candidatura del “tigre”. “Felicitaciones @ABDELAESPRIELLA vamos firmes por la patria en segunda vuelta. El país a votar para derrotar a Petro y su camarada Cepeda”.

Se entiende el desespero de la excongresista y feroz defensora del expresidente y expresidiario Álvaro Uribe Vélez- a quien insiste en llamarlo “presidente”- por construir su propia historia política sin jefe político. Pero llegar al movimiento Liga de Gobernantes contra la Corrupción, fundado por Rodolfo Hernández, condenado por corrupción, hoy llamado Partido Republicano, constituye una decisión política que de entrada le pone una mácula a su aspiración presidencial. El tamaño de esa sombra crece al confirmar que la acompañará el congresista de la Alianza Verde, Jota P Hernández. No podía quedar peor acompañada la señora Cabal al lado de semejante personaje.

En declaraciones a varios medios, Cabal Molina dijo que “vamos a ser la plataforma que siempre soñé, la nueva derecha, que conecta con el ciudadano bueno, con el trabajador, con la defensa de la vida, la propiedad y de la fuerza pública que tanto nos cuida”.

Cabal Molina no se caracteriza justamente por tener un excelso dominio de categorías y conceptos propios de la filosofía política. Eso sí, aprendió en el Centro Democrático a lanzar mensajes efectistas que no soportan un análisis crítico. Habla de una “nueva derecha”, pero hace referencia a los mismos elementos ideológicos que durante varios años ella defendió al interior del Centro Democrático, un partido de derecha: “la propiedad privada, la vida y la fuerza pública” aplicando, esos sí, los principios y recetas de la doctrina neoliberal con las que efectivamente se defiende la propiedad privada y se extiende su espectro al Estado que termina siendo “privatizado” y operado por agentes empresariales que solo buscan hacer negocios y enriquecerse a costa del bienestar colectivo; bajo esas circunstancias, ni el Estado ni la derecha tradicional han defendido la vida como asegura Cabal.

Baste con recordar que el entonces presidente Uribe “entregó 8.53 millones de hectáreas a empresas mineras. Muchas de esas hectáreas incluso estaban en páramos y en lugares de reserva natural. Uribe fue un desastre entregando títulos mineros a diestra y siniestra”. Se estima que en los ocho años que duró su gobierno se concedieron 7.869 títulos mineros, casi 984 anuales. Muchos de estos títulos se dieron en el suroeste antioqueño, en donde Uribe sigue siendo admirado con fervor”.

En lo que corresponde a la defensa de la fuerza pública Uribe los llevó a una guerra frontal contra las Farc-Ep, con cientos de miles de militares y policías mutilados; con millones de campesinos desplazados y la consecuente ruina del campo. Sin duda alguna una forma curiosa de respetarlos y dignificar sus vidas. Los 7.837 crímenes de Estado (falsos positivos), que Cabal pone en duda su ocurrencia y las precarias condiciones salariales de soldados, no dan cuenta precisamente de una actitud de reconocimiento y respeto hacia los uniformados. Fue Petro, el "comunista exguerrillero" quien les mejoró el salario y la comida que se reparte en los ranchos de los batallones. 

En sus declaraciones a la prensa tradicional que cubrió su llegada al Partido Republicano, la exsenadora Cabal dijo que “como primera militante del Partido Republicano voy a trazar el rumbo que siempre quise… hoy es una plataforma que se construye para las elecciones regionales y para la presidencia de 2030. El buen gobernante, dice la Biblia, tiene feliz a su pueblo”.

Cabal Molina habla de conectar con ciudadanos “buenos”. Al insistir en esa falsa y peligrosa dicotomía entre Buenos y Malos la excongresista se acerca a la ultraderecha que hoy gobierna a Colombia. De la Espriella la llevó a otro nivel pues calificó al petrismo y a los petristas claro está, como “enemigos de la Patria”, es decir, desde el discurso de la señora Cabal, millones de ciudadanos que votaron por Petro y Cepeda serían malos ciudadanos. Y termina alineada aún más con el actual gobierno, al citar la Biblia. Por ser creyente y al parecer camandulera, lo más probable es que en su campaña presidencial de 2030 también programe retiros espirituales para entregar biblias a sus fututos ministros con la "marca Cabal", apoyada en el eslogan con "extrema coherencia". Es tan coherente que fue a dar a un partido creado por un corrupto. El cambio de nombre no borra ese deshonroso antecedente. 

Al final, creo que Cabal Molina con su Partido Republicano no le apostará realmente a consolidar una “nueva derecha”, sino a naturalizar las prácticas de la ultraderecha que dejará operando De la Espriella. Ojalá la futura candidata presidencial entienda que Colombia jamás funcionó como una verdadera República por decisión directa de la élite y presidentes de la derecha tradicional. Apenas si lograron crear una República pero bananera. 

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