Por Germán Ayala Osorio
La renuncia del presidente de la
ANDI, Bruce Mac Master, por presiones directas de Abelardo Gabriel de la
Espriella Otero, no puede quedarse en el simple registro noticioso de unas
empresas mediáticas que tímidamente abordaron el asunto sin ahondar en los peligros
que conlleva que el jefe del Estado haya pedido la cabeza del dirigente gremial
por diferencias personales y políticas.
En su carta de despedida Bruce
apela a una serie de eufemismos con los que quizás deja ver el miedo que le
produce señalar de manera directa al presidente de la República de ejercer
presión directa sobre la Junta Directiva y afiliados claves al gremio para garantizar
su dimisión. Quedó claro que Mac
Master no renunció, “lo renunciaron”.
Cuando los medios y el propio
Bruce hablan de “presiones del gobierno”, ocultan lo que realmente pasó: fue
Abelardo el que pidió la cabeza de Mac Master. Más directa resultó la hija del
decapitado dirigente gremial, Sofía Mac Master. Esto dijo: “Hoy es él.
Pero el precedente queda. Si normalizamos que un presidente puede ejercer
presión hasta volver incómodo o imposible que alguien continúe al frente de un
gremio porque no le gusta lo que dice, mañana puede pasar
exactamente lo mismo con cualquier otra persona”.
Ya dije en una anterior columna
que Colombia es el país de los eufemismos. El miedo o la excesiva prudencia de
Bruce Mac Master para exponer lo que realmente pasó con su abrupta salida de la
ANDI expone la gravedad de lo sucedido. Lo que resulta a todas luces peor es la
fractura al interior del gremio e incluso la división de otros agentes económicos
de la sociedad civil sobre los cuales De la Espriella tiene el interés de
capturarlos, someterlos y por esa vía reducir su interlocución a instancias
individuales más fáciles de manipular. Eso de tender puentes con una
organización en la que puede haber algo de pluralidad y disenso no parece ser
del gusto del jefe del Estado.
Mientras el país empresarial pasa
el trago amargo de la decapitada de Bruce, la ya famosa columna que escribió en
favor del entonces candidato presidencial Abelardo de la Espriella no solo “envejeció
mal”, sino que da cuenta de una incontrastable ingenuidad de Mac Master,
alimentada por el odio de clase con el que se enfrentó al presidente Petro. A
pesar de los agrios desencuentros discursivos, Petro jamás lo vetó
o pidió su cabeza como si lo hizo De la Espriella.
Son varios los párrafos de esa
ya famosa y ejemplarizante columna que escribió Bruce en el godo periódico El
Colombiano. Rescato dos que dejan ver con claridad la ingenuidad y la zalamería
del presidente de la ANDI que, por poco tiempo, estuvo “firme por la patria: “De
La Espriella ha decidido rodearse de personas respetables, con visión
institucional y democrática, eso es muy importante. Confiamos
en que habrá un gobierno dentro del cauce de la Constitución, con respeto por
los contrapesos, talento técnico, constructor de consensos y con buenas
políticas públicas. El país necesita más unión y menos polarización…Este
próximo domingo tendremos que decidir entre dos caminos. No tengo ninguna
duda de que optaré por el camino de mayor institucionalidad, mayor Democracia y
respeto de la Constitución”.
Con todo y lo negativo y
peligroso que resulta que un jefe del Estado vete y haga sacar a un líder
gremial por discrepancias personales, ese insuceso deja una lección para los
miembros de la élite empresarial: a veces, el real “enemigo” de la
institucionalidad no está en las huestes opuestas, sino que está presente y se
incuba en las propias mesnadas. Más claro: el “enemigo” no estaba en la
izquierda o en el progresismo tal como Bruce se lo hizo ver a la opinión pública,
sino en la misma derecha.
A Bruce lo sacó Abelardo, eso
está claro. Su caso se puede explicar desde las circunstancias de un particular
“fuego amigo” en el que se enfrentaron dos visiones de clase, con sus
respectivos clasismos. El clasismo de Bruce, anclado a su origen y pertenencia
a una élite empresarial profundamente aporofóbica; y el clasismo sobreviniente
de un tipo como Abelardo de la Espriella que, desde el tradicional elitismo gremial
y político colombiano, siempre fue y será visto como un “emergente”, como un “levantado”.
Eso sí, el jefe del Estado y su prestante
víctima tienen en común que ambos son profundamente aporofóbicos. Desde la sede
presidencial de Barranquilla, una vez Abelardo Gabriel conoció la carta de
renuncia de Bruce, debió haber espetado, bienvenido a la Patria Milagro y que
viva Cristo Rey.