Por Germán Ayala Osorio
Iván Duque Márquez se ganó un
lugar especial en la vitrina de los presidentes de Colombia por ser fatuo,
infantil y por haber aprendido a gritar “ajúa”; ah, y por la frase “de qué me
hablas, viejo” y por llevar dulces a los niños del Chocó. Y claro, por el
pésimo manejo social y económico a la pandemia del covid-19 que terminó en un
violento estallido social de 2021 que fue repelido como si se tratara de un levantamiento
popular con pretensiones golpistas. A partir de ese momento, la protesta social
se volvió, para la derecha, sinónimo de terrorismo urbano. Huelga recordar su alusión a los siete enanitos en una conferencia internacional.
Muchos en Colombia pensaron que el
país se demoraría años en volver a tener a un presidente con ese talante. Pero no:
llegó Abelardo de la Espriella Otero a batir el récord dejado por Duque Márquez.
Lleva varias salidas en falso pocos días después de haber sido investido jefe
del Estado.
La primera de esas salidas en falso
se dio al momento de dar el primer reporte después de la PMU instalado para enfrentar
el terremoto que sacudió al país el 10 de agosto: llegó lanzando besitos a diestra y
siniestra. La abogada y columnista Ana Bejarano Ricaurte fustigó al jefe del
Estado en su columna titulada El
país de los puños arriba. El país, según Bejarano, “…no se merece
un presidente que haga su primera aparición pública, tras el terremoto más
fuerte del siglo XXI en Colombia y a solo tres días de su posesión, mandando
besos como una reina recién coronada”.
En la segunda salida en falso rechazó, por razones ideológicas, las ayudas ofrecidas por China, Brasil y México. Sin duda alguna, una error mayúsculo que dejó ver su incapacidad para gobernar con criterio. La tercera fue cuando dio instrucciones a su ministra de Cultura para que fuera cuanto antes recuperada la fachada de una iglesia de Manizales. No puede estar por encima del dolor de la gente la restauración de un templo, cuando se puede orar al aire libre. De la Espriella no sabe, al parecer, qué es eso de establecer prioridades.
En la cuarta, montó una escena
populista en la que un puñado de ciudadanos fue instruido para darle un recibimiento
caluroso al mandatario. Por supuesto, se trataba de una puesta en escena en la
que la frase “manos arriba” terminó confirmando que De
la Espriella es un showman y no un jefe del Estado. Bejarano Ricaurte
se refirió así a la escena: “Un país que exige un presidente que en medio de
esta tragedia no tenga tiempo ni disposición para montar una escena
populista en la que se organiza a unas personas para que él se detenga a
saludarlas. Segundos antes de esa parada, alguien grita: “manos arriba,
manos arriba”.
Pero sigamos. Además de insistir
en su ridículo saludo militar, De la Espriella Otero habla de la “era del tigre”,
frase que confirma que él se auto percibe como un felino y por tanto los
colombianos son testigos del primer therian en convertirse en presidente de la
República. Y no podemos olvidar su grito de guerra, firme por la patria. En su reciente
visita a Buenaventura gritó ¡firme por Buenaventura! Pero faltaba la quinta salida en falso: fueron entregados balones de fútbol marcados con el logo y la
frase Defensores de la Patria. Sin duda, un numerito circense que
confirma la desconexión del presidente con la compleja realidad que dejó el
terremoto en Buenaventura y en otros lugares del país.
Los balones de la infamia
inflados con altas dosis de centralismo, populismo, aporofobia, clasismo y
racismo motivaron el rechazo de varios hijos del Puerto sobre el Pacífico. Bueno,
hay que recordar que Duque hacía “cabecitas” con un balón de fútbol. De la Espriella
no lo hace porque él mismo dijo que no le gustaba ese deporte.
En poco tiempo De la Espriella va
camino a superar a Iván Duque Márquez. El actual presidente no enfrenta la
pandemia del covid-19, pero si una tragedia humanitaria que exige sindéresis,
respeto y tacto de parte de quien ostenta el cargo de presidente de la República.
Ya no está en campaña, señor presidente, aterrice y enfrente con seriedad el enorme
desafío político, social, ambiental y económico que le tocó tres días después
de haberse posesionado. No juegue con el dolor y la desesperación de un pueblo
como el de Buenaventura. Se le está pidiendo que gobierne. No más. Deje de actuar.