Por Germán Ayala Osorio
Las campañas presidenciales están
en “modo cierre” lo que indica que no habrá debates entre los candidatos presidenciales.
Si no hay un ganador en la primera vuelta, lo más probable es que los anhelados
encuentros dialógicos sí se den entre los dos aspirantes que finalmente se disputarán el derecho y la obligación de gobernar a un país que por momentos parece ingobernable.
Los más puristas de la política ya
dijeron que se afecta la democracia pues las audiencias se quedarán sin escuchar
las propuestas de los aspirantes a sentarse en el Solio de Bolívar. Sin duda
alguna una exageración que nos lleva a decir que las dinámicas institucionales,
sociales y políticas que gravitan en torno a la democracia, como régimen de
poder, suelen devenir desconectadas o alejadas de las disímiles acepciones que
circulan en torno a la democracia.
El analista político y columnista
Gabriel Cifuentes Ghidini tituló así un texto de opinión publicado en El
Tiempo: “Sin debates no hay democracia”. En el documento se lee que “La
incompresible falta de una obligación legal expresa conduce a que los
aspirantes puedan condicionar su realización o incluso rehuirlos por un mero
ejercicio de cálculo político. Aun así, debatir en el foro público es un
imperativo categórico para cualquier democracia. La aridez deliberativa
es la sepultura de la democracia y necesitamos guardianes de la democracia”. Contrario
a lo dicho por Cifuentes, la democracia colombiana sigue operando, a pesar de
la no realización de los debates. En Colombia no opera una democracia
plena por razones y factores previos a la realización o no de los debates que
tanta falta parece que le hacen a los politólogos y a los periodistas.
Hay una suerte de idealización de
la democracia y una mirada romántica sobre una categoría política cada vez más
difícil de asir por cuenta de las realidades asentadas en países, como
Colombia, que arrastra una historia de violencia política, así como una bien programada y funcional debilidad del
Estado, la evidente crisis de los partidos políticos convertidos en mafias
clientelares y la consolidación de procesos cada vez contaminados de generación
de la opinión a cargo de los medios tradicionales, las bodegas, medios
alternativos y la presencia de Youtubers e Influencers, actores
todos que ensucian la comunicación
política y alimentan la lectura fragmentada de nuestras complejas realidades socioculturales;
eso sí, hay que reconocer que hay colombianos mejor informados y con la capacidad
de discernimiento que da cuenta de la superación del Estado de Opinión y
el Embrujo Autoritario, fruto del debilitamiento de la imagen del Mesías
que la derecha impuso con la ayuda de las empresas mediáticas durante los tiempos del unanimismo ideológico y político
(2002-2010).
La no realización de los debates
ha de servir para revisar las prácticas periodísticas, los intereses
electorales y políticos de los medios hegemónicos defensores del Establecimiento;
así como el tradicional formato que ofrecen los canales privados y sus
noticieros pensados y diseñados para “poner hablar al país” por unos
días sobre polémicas insustanciales, fruto de las siempre preguntas de sí o no
que les fascinan a los periodistas interesados en reducir lo complejo a una
expresión o una respuesta corta.
El ambiente de polarización política
y crispación ideológica le permitió al candidato del Pacto Histórico a “exigir
garantías” para asistir a debates. Medios como Blu radio, La W y la FM todos
los días atacan al gobierno y buscan desdibujar a Iván Cepeda, lo que hace
pensar en que no hay en Colombia presentadores-periodistas que conduzcan debates
presidenciales sin la animadversión que desde los medios tradicionales se alimenta
en contra del candidato del Gobierno.
La plaza pública, las redes
sociales y los periplos de los candidatos por los territorios parecen suficientes
para cautivar a un electorado atiborrado de información, mensajes subliminales,
miedos por la llegada del “comunismo” y las acciones de propaganda blanca y
negra desplegadas por grupos de poder a través de iniciativas como el proyecto
Júpiter. Pregunto: ¿Con todo lo anterior, no será que los debates presidenciales
televisados perdieron el atractivo de campañas anteriores?
Ya veremos si hay o no debates
antes de la primera vuelta e incluso en la segunda. Va a depender de quiénes
pasen y el ambiente que se logre generar en torno a las dos candidatos finalistas.
Con o sin debates, la democracia colombiana seguirá operando bajo las lógicas
de una élite parásita, rentista, precapitalista, violenta y premoderna; y la
academia seguirá discutiendo y ampliando las exigencias a un concepto que en
particulares realidades se torna etéreo e incluso inaplicable. Eso sí, habrá quienes
seguirán defendiendo la eufemística idea de que “Colombia es la democracia
más antigua de AL”.