Por Germán Ayala Osorio
Próxima a terminar, la actual
campaña presidencial confirma realidades que hacen pensar en que cualquier promesa
de cambio debe pasar, inexorablemente, por una “revolución cultural” que hasta
el momento nadie está dispuesto a liderar, ni desde el Estado y mucho menos desde
las huestes de una sociedad civil fragmentada y tocada por la codicia. Todos
los aspirantes presidenciales hablan de un “cambio” que supere las condiciones anómalas
en las que sobreviven millones de colombianos, alimentadas por las perversas
institucionalidades privadas y estatales; prometen un cambio pero ignoran las
complejidades de una sociedad como la colombiana que se mueve entre la
premodernidad y la modernidad.
Una de esas realidades toca de
manera directa a las empresas mediáticas cuya naturaleza política sobrepasó su
tradicional rol (des) informativo reconocido socialmente como vital para la
generación de una opinión pública capaz de mantener y defender la idea formal,
procedimental y precaria de la democracia colombiana.
Bastaron los cuatro años del
gobierno Petro para que sus propietarios, directivos y periodistas terminaran
atrapados en las lógicas propagandísticas y los reduccionismos de influenciadores,
bodegas y youtubers en un mundo inundado de información e incomunicado por la
gracia de los celulares y los nuevos lenguajes pensados y diseñados para no
reconocernos. Bajo esas circunstancias, la crisis ética y la pérdida de
credibilidad del periodismo deviene incontrastable pero perfectamente
compatible con los nuevos tiempos de las escuelas de periodismo en las que el
análisis del discurso periodístico y la posibilidad de confrontar a los medios
masivos quedaron prácticamente proscritos.
La consolidación de las redes
sociales, en particular TikTok e Instagram, como los nuevos escenarios de
socialización constituye otra realidad que nos deja la actual campaña
presidencial; en esas plataformas las propuestas de los candidatos presidenciales
y el manejo de todo tipo de sensaciones confrontan a las viejas dinámicas del
periodismo tradicional que se ve superado por la estética del Entretenimiento
y la Reducción de la Complejidad (ERC) que se promueven en esas dos redes.
Atada a esa estética, la Política
se va vaciando de sentido lo que permite su reducción a las formas de la
persuasión emocional fundada en el miedo y el odio, sentimientos propios de una
sociedad como la colombiana, con todo y los miembros de sus élites, que desdice
de sus procesos de mestizaje. Por ese camino se naturalizó el racismo y el clasismo
como taras civilizatorias visibles que, de la mano de la aporofobia, la misoginia
y el sistema patriarcal imperante, continúan validando a “machitos” como Abelardo
de la Espriella, Santiago Botero y Álvaro Uribe Vélez; los dos primeros, candidatos
presidenciales y el tercero, expresidiario y referente de cientos de miles de
hombres violentos, básicos, impulsivos, malhablados, cafres, mentirosos, corruptos, feminicidas, mafiosos, acosadores
sexuales y laborales.
Pronto terminará esta campaña
electoral que sirvió para confirmar la vigencia inmoral de Uribe y de todo lo
que él representa social y políticamente. Justo en las mesnadas uribistas están
los más significativos obstáculos para avanzar hacia estadios civilizatorios y
culturales que nos acerquen, por fin, a vivir como República. Eso sí, haber
sido derrotados en el 2022 por el progresismo que encarnó en ese momento Gustavo
Petro es un avance y un cambio, pero aún falta mucho. Incluso, un triunfo de
Cepeda tampoco será suficiente para el objetivo máximo de superar la
desigualdad, la pobreza y el ethos mafioso.
Una victoria de Paloma Valencia o
de Abelardo de la Espriella se asume como un retroceso en materia socioambiental,
ecológica, económica y política; pero también sería la confirmación de que como
país estamos condenados a vivir bajos las condiciones de una plutocracia y/o
kakistocracia que ellos dos representan.