Por Germán Ayala Osorio
En la posesión presidencial del 7
de agosto el miedo es el protagonista. Más allá de ser el resultado de un
pataleta del primer therian en Colombia y quizás en el mundo en convertirse en
jefe de Estado, la transición del mando pasará a la historia no tanto por haberse
efectuado de manera irregular en Cali, sino por los mutuos miedos políticos con
los que llega la nueva administración y con los que salen los actores políticos
que le harán oposición a De la Espriella. A pesar de que intentó matizar aquello
de “destripar a la izquierda”, mantiene el relato político en el que insiste en
calificar como “enemigos de la patria a Petro y a quienes siguen sus ideas y
respaldaron durante cuatro años”.
La gravedad de esa sentencia
crece de la mano del espíritu militarista con el que De la Espriella se siente
identificado: habla y saluda como militar, lo que hace pensar a cientos de
miles de ciudadanos que su gobierno será de mano dura, cercano en sus métodos de
control social y político a los aplicados en las dictaduras que vivieron Argentina,
Uruguay, Paraguay y Chile; o los violentos regímenes “socialistas” de Cuba y
Venezuela. Incluso, se cree que supere las propias prácticas de persecución
ideológica y política de los gobiernos de Turbay Ayala y Álvaro Uribe Vélez.
Hablo del miedo político en los
términos planteados por Corey Robin en su libro El miedo, historia de una
idea política: “el miedo político de la gente a que su bienestar
colectivo resulte perjudicado…, a la descomposición moral y a bien la intimidación
de hombres y mujeres por el gobierno o algunos grupos”.
Blindar la ciudad y prácticamente
encerrar a los caleños en sus hogares como se lo ordenaron que hiciera al
alcalde de Cali confirma el miedo al terrorismo y a la gente que no se
siente identificada con el presidente De la Espriella. Escoger a Cali, una
ciudad electoralmente petrista, fue asumido como un gesto de confrontación política
que tiene como antecedente discursivo la descalificación del monumento a la
Resistencia. De la Espriella dijo que era un “adefesio y oda al terrorismo”.
En ese acto de habla el nuevo presidente exhibe, de un lado, el miedo que
durante su posesión se presenten actos terroristas y su profunda animadversión
hacia lo popular y la protesta social.
Insisto: el 7 de agosto en Colombia se posesiona el miedo. El miedo al Otro, al que piensa distinto, al que ostenta el poder y amenaza usarlo de manera violenta; el miedo a ser perseguido por sus ideas políticas. Si la De la Espriella no le baja unas cuantas rayitas a su discurso vindicativo y rencoroso, el miedo político irá alimentando formas de resistencia social y política que superarán las maneras en la que el petrismo se declaró en desobediencia civil.
Hace cuatro años, durante la posesión de Gustavo Petro, los miedos que logró inocular la prensa en amplios sectores societales giraban en torno a que nos “convertiríamos en Venezuela o Cuba y que habría expropiaciones a la propiedad privada”. Al final, nada de eso pasó.
Se trataba de un
miedo político fundado por una prensa irresponsable que seguía órdenes de sus
propietarios. Por el contrario, el miedo político que se siente en Colombia y en
particular en Cali no obedece a una narrativa periodística mal intencionada. La
fuente desde donde se envían violentos mensajes contra millones de colombianos
que votaron por la continuidad del proyecto progresista es el presidente de la
República, el comandante supremo de las fuerzas armadas y el jefe de un Estado con
antecedentes criminales: 7.837 crímenes de Estado fueron perpetrados entre
2002 y 2010, durante el gobierno de Uribe.
El asunto de fondo está en cómo
tramitamos esos miedos. Lo podemos hacer para intentar superar las taras civilizatorias
que arrastramos como sociedad o para ahondarlas y asegurarnos el deshonroso
lugar de la premodernidad, el salvajismo y la barbarie que nos ganamos y en el que seguimos anclados. Cuando
hablo de taras civilizatorias hago referencia a la aporofobia, el clasismo, el
racismo, la homofobia, la transfobia y la misoginia, sentimientos y prácticas
que hacen parte sustantiva del discurso moralizante del nuevo presidente de la
República y de los sectores godos y retardatarios que hoy están pletóricos porque hacen parte de un proyecto “regenerador”.
Ejercer el poder presidencial con
las manos sobre la Biblia no es gobernar, es mandar, perseguir, someter y cumplir con particulares designios
divinos. De la Espriella dijo sentirse tocado por el Espíritu Santo. De
ahí nace otro de los miedos: que el país transite hacia una teocracia con visos
fascistas. Hay miedo, tengo miedo y mucha gente que conozco también tiene
miedo. En el 2030 haremos la evaluación final alrededor de quiénes y cuántos fueron "destripados", perseguidos, estigmatizados y asesinados por aquellos que, simplemente, siguieron órdenes divinas.