Por Germán Ayala Osorio
La conmemoración de este 20 de
julio pasará a la historia porque mientras el presidente Petro asistía a su
último desfile como jefe de Estado y comandante supremo de las fuerzas armadas,
el presidente electo, sin haber recibido aún el reconocimiento de la tropa
hacía lo propio en Medellín, ciudad desde la que envió un mensaje a la tropa
regional y a los colombianos que lo votaron ese fatídico 21 de junio de 2026.
Con el mismo tono vociferante y
ventijuliero el primer presidente therian del país no parece darse cuenta de
que la campaña presidencial terminó: sigue con las arengas en las que incluye e
insiste en su identidad animal asociada a la vida salvaje de un tigre. Aunque
no se trata de un desarreglo psicológico, identificarse con un animal como lo
hace De la Espriella lo acerca a vivencias propias de un adolescente que está
en la búsqueda de consolidar su identidad. En su prematura “alocución”, el
therian presidente dijo: “Este pueblo que me llena de orgullo y de fuerza
para seguir luchando tiene presidente porque el tigre representa a
Antioquia, el tigre tiene a Antioquia en su corazón y en su espíritu”.
La gestualidad de Abelardo de la
Espriella se parece mucho a la de Uribe Vélez durante sus primeros dos años de
administración. Las gafas oscuras que en principio usó el político antioqueño y
que hoy exhibe De la Espriella, en lugar de ofrecer transparencia y confianza, generan
miedo y desconfianza en las audiencias que escuchan sus arengas y los gestos
amenazantes de sus brazos.
“Hoy estoy aquí rindiéndole homenaje
a los héroes de la patria, soldados y policías, pero también a este pueblo
antioqueño que no se arrodilla pese a la adversidad, a este pueblo de
patriotas que decidió derrotar la tiranía para defender la democracia,
la libertad y la institucionalidad”.
El therian presidente insiste en
la narrativa- falsa por demás- que asocia al gobierno saliente con una
dictadura. Sin duda alguna, una exageración propia de un candidato presidencial.
Alguien que le diga a De la Espriella que es tiempo de dejar atrás lo sucedido
en campaña. El país necesita a un presidente que representa la unión de la
nación y no a un agente que ahonde en la división de la sociedad entre buenos y
malos, resultado de la doctrina amigo-enemigo que nos dejó el uribismo: quien
no está conmigo, está contra mí y por lo tanto es mi enemigo. Y a los enemigos
se derrotan, eliminan, se encarcelan o se destripan.
De la Espriella les recordó a los
antioqueños, en especial a la godarria representada por Federico Gutiérrez, alcalde
de Medellín y Andrés Julián Rendón, gobernador del departamento, que en su gabinete
hay “tres ministras de Estado porque se lo merece, porque este departamento
es inspiración y ejemplo para Colombia”.
En sus coqueteos a la dirigencia y
al pueblo antioqueño, De la Espriella insiste en reforzar los imaginarios colectivos
atados a la cultura paisa: “pueblo berraco, echado para adelante, laborioso
y vivo”. En su discurso ante la tropa regional, el adolescente presidente espetó
que “si en Colombia podemos construir la patria milagro eso implicaría
necesariamente replicar el modelo de Antioquia y Medellín en el resto de los
departamentos para llevar a nuestro país al lugar de grandeza que se merece que
es la patria milagro”.
Debería de explicar el presidente
therian
qué de ese modelo quisiera replicar en el resto del país: ¿Las prácticas paramilitares
o la cultura mafiosa y criminal que naturalizó Pablo Escobar Gaviria de la mano
de una parte de la élite?
Ahora bien, si lo que aplaude De
la Espriella son las etapas, procesos, resultados, alcances y efectos de la
colonización antioqueña, valdría la pena que conociera de las lecturas críticas
que se escribieron sobre ese fenómeno pues hay quienes consideran que “gran
parte de la colonización antioqueña se parece comparativamente, y viéndolo en
retrospectiva, al proceso de Conquista, por los procedimientos adoptados, por
el despojo en territorios indígenas, por el poder de los dueños de las
concesiones, y los reclamos jurídicos de los latifundistas que exhibían
“títulos” y documentos de antepasados entroncados con la corona real para
impedir ocupaciones de terrenos que no querían conceder; por el acompañamiento
y “tutoría” que los curas desplegaron, y por la violencia aplicada y la
servidumbre impuesta sobre campesinos pobres”[1].
Lo más probable es que el país
que no votó por el proyecto político de la ultraderecha tenga que soportar por
cuatro años- quizás por más- el repetitivo discurso y la actitud vocinglera del
primer adolescente therian que alcanza la presidencia de la República. Pasamos
del “ajúa” que aprendió a gritar Iván Duque Márquez, el fatuo e infantil subpresidente,
al grito “Firme por la Patria”, que en sectores societales se entiende como el
grito de guerra de aquellos dispuestos a librar la “guerra cultural” que De la Espriella liderará de la mano de su ministra de Cultura
o de Aculturación, Paola Holguín.