Por Germán Ayala Osorio
A pocos meses de entregar la presidencia Gustavo Petro, es
preciso hacer un balance de su paso por la Casa de Nariño. Propongo las
siguientes variables para cumplir con ese propósito: 1. La Política. 2. La Identidad
y 3. La Mediática.
1.
La Política: cualquier intento de evaluar
la gestión presidencial debe pasar por reconocer las realidades que confluyen
en la frase lanzada por Petro: “Somos gobierno, pero no tenemos el
poder”. Sin duda alguna, una sentencia que describe muy bien el
carácter privado con el que venía operando el Estado colombiano gracias a los presidentes
neoliberales que sentados en el Solio de Bolívar le entregaron a banqueros,
latifundistas, clase política y empresarios el manejo de la salud, la
producción agrícola basada en el modelo de la gran plantación, en particular la
siembra de monocultivos en desmedro de los cultivos de pan coger; las finanzas
públicas, la seguridad y los servicios públicos.
Bajo esas circunstancias el balance del gobierno Petro es positivo a pesar de que la prensa hegemónica, de la mano de varios candidatos al Congreso y a la presidencia, insistan en decir “que el país va mal”, de ahí la necesidad de “salvarlo” o de “recuperar el rumbo”.
Eslóganes que son expresiones claras del desespero por haber perdido el control de las instituciones estatales. La agricultura fue un pilar macroeconómico clave, junto a la entrega de cientos de miles de hectáreas de tierra a los campesinos para que aporten a la soberanía y autonomía alimentarias.
De la apuesta presidencial por el turismo se burló la prensa tradicional. El crecimiento en la llegada de extranjeros al país sirve de “tapabocas” para aquellos que se mofaron del presidente. Quedan, además, procesos de transición energética caminando de buena manera.
Hasta último momento, la prensa y los aspirantes presidenciales insistirán en la narrativa que indica que la crisis de la salud es culpa de Petro, cuando el sistema de aseguramiento en salud viene desde 2014 con graves problemas de sostenibilidad financiera por culpa de la naturalización del ethos mafioso con el que las juntas directivas de las EPS manejaron los billonarios recursos de la salud girados por el Estado.
Dentro de la política como categoría aparece el factor político que compromete lo discursivo. El discurso confrontador de Petro contra lo que él mismo llamó la “oligarquía blanca, clasista, racista y mezquina” marca un antes y un después en las maneras como los jefes del Estado asumieron en el pasado ese rol y el que en adelante asumirán quienes logren llegar a la Casa de Nariño investidos de presidentes de la República. La lucha de clases está planteada de tiempo atrás. Lo que hizo Petro fue verbalizarla y enrostrársela a quienes siempre miraron con desdén a los más vulnerables.
2.
La Identidad: en términos identitarios,
Petro, como líder popular, le apostó al empoderamiento de las comunidades de
base golpeadas históricamente por la clase política, empresarial y por la
prensa tradicional que los estigmatizó. El presidente deja andando procesos de
reivindicación étnica en los territorios. Los resultados de la jornada
electoral del 8 de marzo podrán medir qué tanto comprendieron las comunidades
campesinas, indígenas y afros y los colectivos urbanos el lugar y la visión de pueblo
que Petro les dejó en cuatro años de presidencia.
Aunque persisten actitudes segregacionistas, clasistas y racistas, hay una toma de conciencia colectiva que el progresismo y la izquierda democrática deberán consolidar en lo consecutivo a través de la formación de cuadros con los cuales asegurar la llegada al Estado de nuevos funcionarios con claridades ideológicas y una probada conciencia de clase.
3.
La Mediática: no creo que haya en la
historia reciente un caso de persecución, confrontación desmesurada y deslegitimación
mediática del gobierno y de la figura presidencial como la se vivió en estos cuatro
años. La prensa pro-establecimiento atacó a Petro como persona, hombre, esposo
y padre. Periodistas, opinadores, empresarios y columnistas no lo bajaron de “borracho,
homosexual, degenerado y vicioso”.
Por supuesto que no todo es perfecto. Hubo corrupción, equívocos y los sempiternos problemas alrededor de la eterna búsqueda de la paz, pero por encima de la visión catastrofista de periodistas, políticos y voceros empresariales, Colombia no se “convirtió en Venezuela o Cuba”. Y lo más importante: no hubo expropiaciones a la propiedad privada, no escaseó la comida, no se instaló el “castrochavismo” y el papel higiénico no faltó.