Por Germán Ayala Osorio
Paloma Valencia Laserna invita a
Sergio Fajardo Valderrama a tomar juntos un café, justo después de la última
encuesta de Invamer, publicada en Noticias Caracol, en la que el candidato Abelardo
de la Espriella supera en intención de voto a la congresista caucana.
Fajardo aceptó tomarse el tinto
con Valencia y propuso que el encuentro y la tomada del café se hagan de cara
al país; además, el exgobernador de Antioquia insistió en que el país
necesita de un cambio serio, resultado de la superación de la polarización atada
a los nombres de Petro y Uribe. Ese es el estribillo con el Fajardo evita
criticar la corrupción de las EPS, la avaricia de los banqueros y otros
miembros del Establecimiento colombiano. La tibieza de Fajardo deviene atada a
su deseo de seguir siendo una ficha del viejo régimen de poder, pero esta vez sirviéndole
desde la Casa de Nariño.
La rápida respuesta de Fajardo a
Paloma Valencia se explica porque su campaña, de acuerdo con la encuesta de
Invamer, no despegó: no supera el margen de error. Bajo esa circunstancia
el matemático antioqueño se sigue vendiendo como el único capaz de “superar la
polarización”. Fajardo asume la polarización como un perverso, inmoral,
perjudicial y enfermizo fenómeno psico-social, cultural y político que
impide al país superar problemas estructurales como la corrupción, pobreza,
desigualdad, inseguridad urbana y la violencia en el campo, así como el subempleo,
entre otros. Fajardo reduce la complejidad de los problemas del país al cruce
de improperios y narrativas violentas entre petristas y uribistas. Y a partir
de ese reduccionismo, Fajardo evita hablar de profundizar los cambios sociales en
los que el gobierno Petro logró avanzar a pesar de la oposición de las altas
cortes y el Congreso.
Fajardo olvida que Petro gobernó
cuatro años bajo las condiciones hostiles propias de una sociedad escindida y
unos medios masivos que impulsaron, validaron y coadyuvaron a que la polarización
política y la crispación ideológica dividieran al país no entre petristas y uribistas,
sino entre quienes reconocen que hay una élite perversa que privatizó el Estado
y lo puso a su servicio; y otros que defienden a ese minúsculo grupo de privilegiados
a los que poco o nada les importan los derechos de las grandes mayorías.
El café entre Paloma Valencia y
Fajardo está lejos del sentido filantrópico, solidario y generoso que se le
reconoció mundialmente a la campaña el “café pendiente”. Entre estos políticos
uribistas hay exclusivamente cálculos electorales y políticos. Ellos tomarán
café excelso, convencidos de que el resto de sus connacionales están obligados
a tomar “pasilla”.
El encuentro entre Fajardo y
Valencia puede responder más a una estratagema del expresidente y expresidiario
Álvaro Uribe de mostrar que la campaña de su ungida necesita del “centro” que
Fajardo representa, mientras que él mismo -y no de cara al país- le está
apostando a que sea De la Espriella el gallo que le dé la pelea a Iván Cepeda
Castro.
En cualquier caso, el tinto que
se tomen Fajardo y Valencia y los acuerdos a los que puedan llegar a pocos días
de la primera vuelta presidencial de nada servirán para cambiar que Cepeda podría
convertirse en Presidente sin necesidad de una segunda vuelta y que De la Espriella,
el Bukele criollo, es la apuesta de los Gilinski, de Uribe y millones de
colombianos que insisten en mantener el “estado de cosas inconstitucional” que
nos hace ver ante el mundo como una sociedad premoderna y una élite rentista,
precapitalista, violenta, torpe e incapaz de guiar los destinos del país bajo
criterios democráticos y llevar a Colombia a estadios civilizatorios y de un
superlativo bienestar para todos.
Imagen tomada de Semana.com