Por Germán Ayala Osorio
El proyecto de país que encarna Abelardo
de la Espriella tiene visos fascistas porque recoge, entre otros elementos, el
discurso y las prácticas arribistas, clasistas, racistas y aporofóbicas que nos
identifican como una sociedad premoderna y cuasi primitiva por la fuerza de la
tradición de esas y otras taras civilizatorias. El candidato de la ultraderecha y Uribe habló de "destripar" a la izquierda.
No olvidemos las recientes condenas
contra Henry Alexis Velasco
Rodríguez y Fabiola Rubiano
por racismo y hostigamiento. El primero, arremetió contra un guarda de tránsito
en la capital del Valle del Cauca por el color ébano de su piel; y la segunda, por
llamar “simio” a la vicepresidenta Francia Márquez Mina. A lo que hay sumar los
constantes episodios de “Usted no sabe quién soy yo” que se hicieron
virales en las redes sociales. Baste con recordar el caso de la “Dra
Liliana”, quien discriminó a un repartidor de pizza. Esa es la Colombia que
votó masivamente a favor de De la Espriella. Ese es el caldo de cultivo en el que se incubó y se sigue incubando el fascismo criollo.
Por supuesto que De la Espriella
encarna ideas totalitarias y fascistas. Su discurso es violento, básico y
alejado de cualquier posibilidad de entablar procesos comunicativos atados a lo
expresado en la Teoría de la Acción Comunicativa de Habermas. Con él, la
comunicación siempre fracasará. Pero el peligro que representaría un eventual
gobierno en manos del abogado y amigo del testaferro del régimen venezolano,
Alex Saab está atado al apoyo que recibiría de sectores societales que por
supina ignorancia o decisión de vida exhiben uno o varios de los rasgos del fascismo
de los que habló Umberto Eco.
En adelante hago un ejercicio de
extrapolación de algunos de los 14 rasgos que el escritor le entregó al mundo
sobre el “fascismo original” con el propósito de ancorarlos a las taras civilizatorias
que arrastramos de tiempo atrás como colectivo, fuente de poder y vida al
proyecto autoritario que en tres semanas puede instalarse en la Casa de Nariño.
El miedo a la diferencia, que
para el caso nuestro se traduce en odio hacia indígenas,
negros y campesinos, pueblos y comunidades que Petro y su gobierno le
devolvieron protagonismo, dignidad y el valor cultural que el neoliberalismo uribista
les arrebató en 25 años; el pacifismo, esto es, quienes hablen de paz y
propongan salidas negociadas al conflicto armado interno y las disímiles
expresiones de violencia en urbes como Cali, Bogotá y Medellín fundadas en la
segregación. A pesar de que la guerra y la paz hacen parte de la misma moneda,
cada que un fascista la lanza al aire, ésta siempre cae del lado de la
confrontación armada.
El desprecio de los débiles
de parte de aquella élite aristocrática y militarista que lleva más de
50 años apostándole a la guerra total, fina estrategia para concentrar la
tierra en pocas manos, eliminar a las comunidades rurales o desplazarlas
forzadamente. Por supuesto que los Señores de la Guerra hablan de negocios con
los miembros de esa élite porque la guerra es un lucrativo negocio. Y finalmente,
las prácticas y el discurso machista del que se desprenden la misoginia,
la homofobia y la transfobia.
Colombia está a tres semanas de volver
a votar- ya lo hizo en primera vuelta- por un proyecto de país que nos
condenaría a naturalizar todas las formas de violencia física y simbólica en
nombre de quienes profesan un incontrastable odio hacia todo lo que les parezca
diferente y contrario a la tradición y a las finas costumbres aristocráticas.
El proyecto de Abelardo
de la Espriella incluye, por supuesto, el sometimiento de los ecosistemas naturales-históricos
a las lógicas de un desarrollismo avasallante y perturbador: el modelo de la
gran plantación, la minería, legal e ilegal, el fracking, la potrerización de selvas
y la inseguridad alimentaria son la prioridad para este abogado. En esa idea de
país confluyen quienes siempre vieron a las selvas como obstáculos para los
procesos de modernización urbana.