Por Germán Ayala Osorio
En política y en particular en coyunturas
electorales los candidatos presidenciales, presidentes y políticos en general
apelan a dispositivos retóricos para persuadir, motivar y despertar emociones
en una sociedad como la colombiana en la que sus ciudadanos son proclives a explicarse
las realidades construidas mediáticamente y aquellas frutos de sus propias
experiencias, a partir de sentimientos muchas veces primarios, alejados de cualquier
posibilidad de discernir sobre ideas, desde el pensamiento sistémico y
categorial; no se apela a conceptos y hechos porque se prefieren las nociones y preconceptos.
Desde el plebiscito por la paz de
2016 millones de colombianos aún prefieren apelar a la falacia ad hominen
para atacar y someter a ese Otro al que asumen como enemigo por el solo de
hecho de no pensar como ellos. Los miedos a exponer sus certezas, miedos y la
debilidad argumental los hace proclives a atacar a la persona en lugar de
debatir sus posturas y argumentos.
El listado de dispositivos
retóricos usados en los últimos años dice mucho de la condición humana de
quienes los propusieron, como de los periodistas-editores que los amplificaron por
simpatías ideológicas o porque simplemente estaban siguiendo la línea editorial
planteada por la empresa mediática. Recordemos algunos: “castrochavismo, neocomunismo,
socialismo del siglo XXI, paz con impunidad, paz sí, pero no así”.
Después del proceso de paz de La
Habana, académicos como Andrei Gómez Suárez[1]
sugirieron que la sociedad colombiana tuvo en ese momento el reto de “tramitar
emocionalmente la transición de la guerra a la paz”. Después de un difícil proceso
de implementación de lo acordado entre el Estado y las entonces Farc-Ep, el criticado
funcionamiento del tribunal de justicia transicional y restaurativa (JEP) y la
llegada al poder del primer presidente therian hay que preguntarse si a partir
del 7 de agosto los colombianos se deben preparar para “tramitar emocionalmente
la transición de la paz total a la guerra total”.
Una primera respuesta va en este
sentido: no hubo tiempo para gestionar y prepararnos para esa compleja
transición porque los dispositivos retóricos usados durante la campaña
presidencial que terminó el 21 de junio con el controvertido y pírrico triunfo
de Abelardo de la Espriella estuvieron sostenidos y lo están aún en una fuerte
división social y política de la sociedad, a la que se sumó el odio visceral
hacia el presidente Petro por haber apelado a dos poderosas figuras retóricas,
el “Cambio” y la “Paz Total”, que, después de cuatro años de gobierno
progresista, se asumieron engañosas, hiperreales y falaces porque como promesas
no se cumplieron y porque arrastraban un incontrastable nivel maximalista
alejadas de realidades políticas y culturales que las convirtieron en utopías
en una sociedad distópica como Colombia.
Con el anuncio del Plan
Patriota 2.0, el gobierno de Abelardo de la Espriella dispone del escenario
propicio para darle sentido de realidad a sus propios dispositivos retóricos.
El primero tiene que ver con la condición identitaria del primer presidente therian
de Colombia. De la Espriella se cree un “tigre” que “ruge y muerde duro”. A
pesar del desarreglo identitario del presidente electo, la imagen que proyecta
con el animal es de protección, fuerza, garra, ataque y depredación,
ideas que calzan perfectamente con el ideario neoliberal que él defiende y que
se resume en el favorecimiento de las élites, en detrimento de los derechos de
las mayorías.
Otras de las figuras retóricas
usadas por De la Espriella son “superar la dictadura” y los “momentos
de oscuridad” por los que atraviesa el país. En este último recurso ancla su
figura retórica emocionalmente más importante: la “patria milagro”. Si
la figura del “Cambio” usada por Petro resultó maximalista, la del therian deviene
abrumadoramente engañosa y peligrosa por una razón fundamental: De la
Espriella ofreció “destripar” a la izquierda, lo que hace pensar en que se trataría de un milagro costoso social, ideológica, cultural y políticamente. El desprecio hacia el
pensamiento divergente y en particular hacia el progresismo lo llevó a romper
con la tradición republicana de posesionarse en una guarnición militar para
evitar el encuentro con el presidente saliente, Gustavo Petro. Sin duda alguna,
una actitud con un evidente carácter infantil propia de un adolescente que se
cree tigre. También puede ser leída como una decisión política de sumisión al poder
militar o su exaltación como una forma de prepararse para lo que vendrá para el
país con la implementación del Plan Patriota 2.0 y la inclusión de Colombia en
el Escudo de las Américas.
Con todo y las figuras retóricas
aquí expuestas, la fuerza de esos dispositivos está atada a la histórica
incapacidad de millones de colombianos para tramitar los conflictos y las
diferencias de manera civilizada y dialogada. A lo que se suma el rechazo y el
odio que sienten cientos de miles de connacionales hacia sus procesos de
mestizaje. Para superar la “polarización” y el odio hay que apostarle a un
profundo cambio cultural que supone proscribir la aporofobia, el racismo,
clasismo y la supremacía étnica de aquellos que se creen “blancos”, casi arios.
Por supuesto que al presidente therian o al therian presidente no le interesa
liderar ese proceso de transformación cultural: lo de él es jugar a ser tigre depredador en lo ambiental y destripador, en lo humano y en lo ideológico.