Por Germán Ayala Osorio
En medio de semejante tragedia que enluta al país, hablemos de las “adorables
víctimas invisibles” del terremoto: las mascotas, los ‘hijos’ peludos, o simplemente
animales de compañía. He visto el rescate de varios gatos y perros. A los bomberos,
eternas gracias por salvar estas vidas y por supuesto, las de cientos de
mujeres y hombres atrapados entre los escombros.
La historia de Lenny Fernández es quizás el más hermoso, pero a la vez trágico
ejemplo de conexión entre los animales humanos y los no humanos. La joven
abogada protegió con su cuerpo a Salomón, su perro. Al final, el peludo
sobrevivió, pero su cuidadora, no. Lugar de la tragedia: Cali. Paz en la tumba de
Lenny y eterna vida para Salomón, quien debería de convertirse en un símbolo con
el que sea reconocida y valorada social, psíquica y culturalmente esa simbiosis
entre seres sintientes y pensantes.
Leí en la red social X un trino de una persona a la que le parecía
una exageración dar la vida por un animal doméstico o de compañía, insinuando que
jamás podría equipararse la importancia de animales humanos y no humanos. La
discusión que plantea el usuario de la red X está anclada a su visión de
la vida centrada exclusivamente en la exaltación, defensa y priorización de los
seres humanos por encima de otras formas de vida. Olvida que nosotros también
somos animales y que quizás lo único que nos diferencia de aquellas preciosas
criaturas es que somos creadores de cultura, con todo lo que ello significa.
En dicho comentario hay una profunda y evidente subvaloración de la vida de
los peludos. Es tiempo de pasar de ese antropocentrismo al biocentrismo, esto
es, a la defensa de toda forma de vida, en particular cuando existe esa
simbiosis como la que acompañó las vidas de Salomón y Lenny. O en específico, demos
la relevancia a la antrozoología, “ciencia relativamente nueva que se
encarga del estudio de las relaciones entre los seres humanos y los animales,
especialmente aquellos más domesticados. También se encarga de mejorar las
condiciones de los animales y cómo ellos pueden beneficiarnos a nosotros”.
Lo curioso es que, en este tipo de tragedias, los perros prestan el
maravilloso servicio de búsqueda de personas atrapadas. Con su maravilloso
olfato, dan pistas a los rescatistas del lugar en donde hay una vida humana
comprometida. ¿Cuántos de los rescatados con la ayuda de los caninos no
despreciaron o criticaron antes de la tragedia la tenencia de animales?
Quienes compartimos la vida con estos animales no humanos, comprendemos que
esas conexiones que establecemos con ellos van más allá de las explicaciones y valoraciones
que se puedan hacer a través de las palabras y los usos particulares de la
lengua. Es posible que hayamos dedicado mucho tiempo a humanizarnos tratando de
huir nuestra condición animal. Hacemos parte de la Naturaleza, y como ellos,
estamos en el mismo cuento de llevar la mejor vida posible y de sobrevivir en
medio de las hostilidades creadas y recreadas por nosotros como especie
dominante y las lógicas y dinámicas de un planeta que todo el tiempo nos está
hablando.
Resulta por lo menos llamativo que como seres pensantes no seamos capaces
de sentir empatía por quienes ofrecen compañía y en muchos casos, equilibrio
emocional. Ellos que, alejados de los dobleces que acompañan los discursos y
las palabras que usamos a diario, agradecen a su manera el cariño, el amor y el
respeto que les podamos brindar. Hacen parte de la familia,
son un miembro más. Punto.
Sea este el momento para recordar a mis “hijos peludos” que andan por ahí
en otra dimensión vigilando mis movimientos: Simón, Yuca, Yuco y Pasquino,
inolvidables. Y también para insistirle en que se legisle para sacarlos de las dinámicas
del conflicto armado interno. El país muy seguramente ya se olvidó de Sanson,
Lester, Telmo y Wilson. En esta Tribuna
jamás los olvidaré. Y también hay que sacarlos de las actividades de vigilancia.
Para aquellas familias que perdieron uno o varios miembros, mi más sentido
pésame. Por supuesto que ello incluye a los “hijos” peludos.