Por Germán Ayala Osorio
Gobernar en medio del dolor y la catástrofe
que dejó el terremoto en varias ciudades y pueblos de Colombia es un reto
institucional y personal tanto para el presidente de la República, como para
alcaldes y gobernadores que reclaman ayuda en medio de una crisis humanitaria
que apenas comienza.
Dicho escenario se hace aún más
complejo en estos tiempos en los que las redes sociales determinan la
visibilidad, el rechazo o la aceptación de las decisiones estatales, en medio
de un clima de crispación ideológica y política que se potencia por el
desespero, los miedos y las incertidumbres de los damnificados que sufren al
ver la reacción paquidérmica del Estado local, regional y nacional. La lenta
respuesta de los distintos gobiernos está asociada al capricho de la entrante
administración de no querer hacer el empalme, por ejemplo, con la UNGRD, institución clave
para responderle a los afectados por el terremoto. A lo que se suma la también caprichosa
decisión del jefe del Estado no permanecer en Bogotá, por físico odio a la capital y a su gente. Al momento de la
ocurrencia del sismo, De la Espriella no estaba en la capital del país lo que retrasó
por varias horas el inicio del PMU (Puesto de Mando Unificado).
Confluyen en esas redes sociales la
vanidad de quienes ostentan el poder. En los casos del presidente De la
Espriella y el alcalde de Cali, Alejandro Eder la egolatría del primero y la
desconexión del segundo de la ciudad que cree gobernar terminan por consolidar
los negativos imaginarios colectivos alrededor de sus personalidades asociadas
ideológica y políticamente a una derecha que, para el caso de Cali, es sinónimo
de odio hacia todo lo que huele a izquierda, petrismo, progresismo, pobreza, a lo popular
y a la diversidad cultural. De la Espriella y Eder son representados como
agentes de la derecha aporofóbica, machista, homofóbica, transfóbica, misógina,
clasista y racista que ya lidera la anunciada “batalla cultural”.
Abelardo de la Espriella parece sentirse
aún en campaña: habla como candidato presidencial, saluda, lanza besos a una
tribuna imaginaria, sonríe y grita firme por la Patria y lo que es peor, apela
al lenguaje propio de pastores camanduleros acostumbrados a decir “Dios
proveerá”, eliminando cualquier responsabilidad institucional y personal que de todas maneras le van a endilgar ante la demora en las entregas de las ayudas
a las víctimas que dejó el fenómeno natural. Y establece como prioridad recuperar iglesias, en lugar de jugársela por las víctimas.
Por su enorme egolatría parece
ser que no hay una persona que le hable al oído a De la Espriella que le haga
ver que es urgente que le baje un par de rayas a ese lenguaje corporal que
ensalza su megalomanía y consolida esa imagen de showman que ya genera
rechazo en las mesnadas petristas y en otras huestes que empiezan a sospechar
de su real capacidad de gobernar y del interés por asumir con seriedad el cargo de jefe del
Estado y bajarse de la carroza de la victoria desde la que parece seguir saludando
a quienes lo votaron.
En cuanto al alcalde Alejandro
Eder se registran dos episodios en los que fue abucheado en diferentes momentos
y lugares geográficos de la ciudad, afectados por el terremoto. Eder fue sacado
a empellones y con un unánime “fuera, fuera, no te queremos”. Eder está pagando
su desconexión con la ciudad a la que en campaña prometió “reconciliar”. En uno de esos desencuentros le habrían lanzado piedras.
En lo que va corrido de su administración
sus decisiones políticas parecen ir en el sentido contrario planteado en campaña
pues estaría gobernando para la élite local representada en sus amigos y socios del Club
Campestre. Se suma a lo anterior la decisión de encerrar a los caleños el 7 de
agosto para "facilitar" la posesión del presidente de la República en el Arena
USC. La verdad es que había miedo que desde Puerto Resistencia se lideraran actividades
de sabotaje al ritual en el que fue investido el nuevo jefe del Estado. La declaratoria de toque que queda tampoco fue bien recibida por quienes, desesperados, seguían en la noche removiendo escombros para rescatar a familiares atrapados.
El embellecimiento de la ciudad por
la presencia de comitivas internacionales y nacionales fue mal recibido por una
parte de la ciudad. Así las cosas, las actividades de limpieza, arreglo de
semáforos, cambio de luminarias y el esconder a los habitantes de calle fueron
asociadas a una exagerada complacencia por la posesión de Abelardo de la Espriella
en la ciudad, a la que Eder calificó como “histórica”. Otra acción que generó
rechazo, en particular de quienes hacen parte del sector cultural, fue la
adecuar en el Centro Cultural (edificio de la antigua FES) la sede
presidencial alterna, lo que implicó sacar de oficinas a grupos y líderes de
procesos culturales que venían andando en la ciudad.
El llamado a “no politizar la
tragedia” deviene con algo de inocencia porque si bien el terremoto es un
fenómeno natural, las maneras en las que el Estado enfrenta sus graves
consecuencias constituyen un acto político que arrastra posturas ideológicas y
la historia personal del presidente de la República y en este caso, la del alcalde
de la “Sucursal del Cielo”. La ilegitimidad
social y política de estos dos mandatarios está atada, inexorablemente, a sus
evidentes actitudes clasistas, racistas y aporofóbicas.
Nota: imagen tomada de Las imágenes del terremoto de 7,4 en Colombia