Por Germán Ayala Osorio
El saludo militar de Abelardo de la Espriella puede leerse de varias maneras, incluida, por supuesto aquella que indica que constituye un insulto que un civil haga ese tipo de reverencia a un militar que, por definición, está lejos de la condición civil, asumida en el mundo castrense como débil, indisciplinada y en precisos momentos históricos como despreciable. Los 7.837 jóvenes asesinados por uniformados son la constatación de que ese desprecio fue y es real. La prensa los llama “falsos positivos”, pero son crímenes de lesa humanidad, crímenes de Estado.
En la historia reciente del país
jamás vi a un presidente de la República acoger el saludo castrense para
reconocer a la tropa y exponer de esa manera el control político, institucional y moral sobre los subordinados.
En esta columna propongo tres formas
interpretativas del gesto que durante cuatro años -quizás más- el nuevo
presidente de los colombianos mostrará su cercanía hacia los uniformados que
estarán bajo su mando al ser el comandante Supremo de las Fuerzas Armadas.
Un civil chafarote. En la
historia reciente del país se conocen historias de civiles que participaron de
tomas o la recuperación de poblaciones de la mano de militares de carrera, a
los que se sumaron “oficiales de la reserva”. Los casos de Yumbo y Siloé en Cali, en los tiempos en los que el M-19 operaba, son ejemplos reales de la participación de civiles en este tipo de operativos.
Los oficiales de la reserva, al portar el uniforme, intentan asimilar las
conductas propias de guerreros, esto es, de oficiales troperos con experiencia
en orden público distinguidos con medallas grises que cuelgan de sus pechos.
Aunque se conoce que De la Espriella
no prestó servicio militar porque fue declarado "no apto en el examen psicofísico", su lenguaje pendenciero y procaz y el grito de
guerra, ¡Firme por la Patria!, lo acerca a lo que pueden llegar a sentir
soldados profesionales, oficiales y suboficiales que combaten a las narcoguerrillas
al momento en el que se les ordena participar de operaciones militares ofensivas.
El fallecido Germán Vargas Lleras ostentaba el grado teniente de la reserva
activa/profesional, de ahí su discurso violento. Hay miedo en las huestes del Pacto Histórico y en otros sectores de la sociedad por el regreso de los "falsos positivos" y que use a las fuerzas armadas para perseguir a periodistas, críticos y detractores del presidente electo. Ya veremos si De la Espriella queda convertido en un civil chafarote que desprecia la vida de esos otros que comparten con él la condición civil.
Relación de simpatía-desprecio. Llevarse la mano derecha a la frente como lo hizo en campaña y en un primer contacto con militares activos en su condición de presidente electo obliga a De la Espriella a decidirse por dos caminos en su relación de jefe del Estado con las fuerzas armadas (militares y policías): el primero, de expresar, pero sobre todo demostrar que la simpatía hacia la vida castrense es real y no simplemente una pose resultado de una caricaturización del rol de comandante supremo de militares y policías. De la Espriella está obligado a respetar a los oficiales que harán parte de la cúpula militar y por su conducto a la tropa compuesta de soldados y suboficiales. Y ese respeto lo deberá demostrar garantizando en el tiempo el mejoramiento de las condiciones de vida que el gobierno saliente logró en materia de vivienda, salarios y alimentación, en particular para los soldados.
Aunque la Paz Total fue un
fracaso, pretender acabar militarmente con las disidencias de las Farc, el ELN
y el Clan del Golfo sin tregua y durante una agresiva campaña de exterminio podría
terminar siendo leída por los uniformados como una forma de desprecio. Ese sería el segundo camino. Ejemplo
de lo anterior fue Uribe Vélez quien, empeñado en exigir “más y mejores resultados
operacionales” obligó a oficiales de alto rango a pedir la baja por la intensidad
de los combates e incluso por las presiones que recibieron durante los ocho
años de la Seguridad Democrática. Los oficiales y suboficiales que ante la JEP
reconocieron que fueron obligados a perpetrar los crímenes que la prensa llama “falsos
positivos” dan cuenta de las humillaciones disfrazadas de patriotismo a las que
Uribe sometió a la tropa.
Reivindicar la condición civil.
Al inicio de esta columna señalé que la condición civil al interior de batallones
se asocia con debilidad, indisciplina, flojera, antipatriotas y en muy precisos
contextos como despreciable. Justamente, los procesos de heroización que la
prensa suele iniciar para enaltecer a militares y policías están soportados en
esa manera tan particular de entender y asumir a los civiles. En adelante, las
frases célebres expresadas por Uribe Vélez y De la Espriella parecen dar vida al
propósito con el que se puede asociar el saludo militar del presidente electo:
reivindicar la condición civil.
Durante la campaña presidencial,
De la Espriella exhibió un discurso violento que hizo recordar los actos locutivos,
ilocutivos y perlocutivos del entonces presidente Álvaro Uribe Vélez, con los
que expresó sin ambages su desprecio por la vida y las libertades ciudadanas.
Uribe y De la Espriella comparten la condición de “machitos con excesos de
testosterona”, alineados por supuesto con las prácticas machistas propias
de la vieja cultura patriarcal dominante en Colombia.
Aquella frase “donde lo vea en
la cara marica” confirmó el talante violento y homofóbico de Uribe Vélez. Eso
sí, hay diferencias entre el nuevo presidente de la República y el carcamal de
El Ubérrimo que se explican por el origen montañero y la originaria ordinariez del
político antioqueño y la actitud sobradora, violenta y fatua del presidente electo,
acompasada con su estilo de vida y el oufit de quien parece que todo el
tiempo estuviera encima de una pasarela a la espera de ser aplaudido para
inflar su incontrastable ego.
Algunas frases en campaña dan
cuenta de las “diferencias” con Uribe. Eso sí, el fondo es el mismo: “Hay
vainas de Juan Daniel (Oviedo) que no me gustan y no las digo... lo mío se
resuelve poniéndose las medias. Lo que no me gusta de Juan Daniel... jodido que
lo arregle”. “Vas a ver lo duro que muerde el tigre... no como de indio,
no como de negro, no como de blanco, no como de nada. El que salga a hacer
desmanes... le voy a caer con mano de hierro”. Y la última con la que insistió
en decirle al país que él es un macho cabrío, machista y con visos de
misoginia: “Con esa foto me gané unos votos bien bacanos del
electorado femenino... Estoy mal de culo, ¡pero miren esta foto!” “¿Qué ves
aquí, cariño? Acércala y dime qué ves ahí. Hazle zoom”. “No mi amor, pero ¿Qué
más ves? No seas tímida”.
Es posible también pensar que el saludo
militar de Abelardo de la Espriella simplemente sea la superación del grito de
guerra que usó el general Eduardo Zapateiro Altamirano: ¡Ajúa”. Y cómo olvidar la
frase del entonces presidente Iván Duque Márquez en referencia al general que
dejó varios “Zapateiros[1]”
dentro del Ejército: “Este patriota me enseñó a decir ¡Ajúa!”.
Adenda: “La Fiscalía
imputó al excomandante del Ejército por presunto acoso sexual contra una
sargento y una abogada”.
[1] Esto dijo textualmente el alto oficial:
“Jamás me iré... porque dejaré muchísimos Zapateiro en la institución.”