Por Germán Ayala Osorio
Después de conocido el saldo de 19 muertos que deja hasta el momento el cobarde y demencial ataque terrorista
perpetrado por los criminales de la “Jaime Martínez” o de la “Dagoberto Ramos”,
la cotidianidad regresa y la vida continúa. Casi de inmediato el consorcio vial
reparó la bancada y recogieron los escombros.
Es probable que en el lugar del
atentado aparezcan cruces con los nombres de los civiles que perdieron la vida
en el país de lo absurdo. Porque eso es Colombia: el país de la belleza y de lo
irracional, de lo ilógico, de lo paradójico, de lo inadmisible y de la estupidez
humana en su más concentrada y grande expresión. Si de verdad hay un Dios
creador, al parecer de manera caprichosa y quizás maliciosa dejó caer sobre este
basto territorio los genes dominantes de la estupidez.
Esa es quizás la tragedia que
enfrenta la condición humana: pase lo que pase, hay que seguir adelante,
incluso, sin saber a ciencia cierta quiénes son los responsables de semejante
salvajada. Entonces hablan de resiliencia, el vocablo de moda con el que terminamos
por soslayar que no podemos vivir juntos, que aquí no cabemos todos y, por
ende, hay gente que tiene que desaparecer físicamente. Esos 19 muertos de El
Túnel (Cajibío- Cauca) serán vistos como “daños colaterales”. Así de simple y
doloroso.
En el país del Sagrado Corazón y
cuna del Realismo Mágico la tragedia que hoy todos lamentamos ocurrió en una
vereda llamada El Túnel, jurisdicción del municipio de Cajibío, muy cerca de la
piadosa, conservadora, rezandera y camandulera ciudad de Popayán, la capital
del Cauca, convertida en la covacha en la que una élite muy particular decidió
oscurecer, de la mano de los bandidos, el futuro de una región como si se
tratara del más tenebroso túnel. El Cauca es eso: un pasadizo entre la
civilidad y la barbarie; entre los mundos indígenas y mestizos avergonzados de
sus propios procesos de mestizaje. Siempre fue así.
Cajibío significa “caja de viento”
en lengua indígena. Una hermosa acepción que junto a los nombres de las veredas
El Carmelo, El Cofre y El Túnel, le dan al pequeño municipio caucano un
carácter mágico que los guerreros, legales e ilegales, intentan marchitar con
su promiscuo y enfermizo juego de la guerra eterna o interna.
Y aparece lo de siempre: peticiones
de justicia y venganza, el ofrecimiento de millonarias recompensas para lograr
dar con los cabecillas, operaciones militares, periodistas que informan al
borde de las lágrimas y discusiones familiares entre petristas y uribistas
alrededor de la Paz Total, la defensa de los diálogos de paz y el deseo de
volver a los tiempos de la seguridad democrática. Llevamos más de 50 años matándonos
en una espiral de violencia que beneficia a los Señores de la Guerra y a los
políticos que los representan. Y de esto
no se habla.
Lo único claro que se tiene es quiénes
están sacando provecho político y electoral de la situación: la derecha uribizada
cuya vigencia social y política está atada a las dinámicas de un degradado conflicto
armado interno que es el espejo en el que nos miramos todos los días y
reflejamos lo que somos como sociedad premoderna, incivilizada, clasista y
racista.
Y aparecen entonces los dos
únicos caminos posibles a seguir: el primero, la guerra total contra las “guerrillas”,
lo que implica una inversión billonaria en recursos económicos y por lo menos
ocho años de operaciones militares constantes, con bajas de lado y lado,
desplazados y víctimas civiles, sin la certeza de que el Estado alcance la
victoria militar; y el segundo, insistir
en dialogar con aquellos comandantes,
los mismos que no se ven firmando un armisticio con el Estado, pero que aprovechan
los escenarios dialógicos para fortalecerse militarmente, recuperar heridos e
insistir en el adoctrinamiento ideológico de jóvenes reclutados de manera
forzada.
Paz en la tumba de los civiles que
cayeron en El Túnel. La vida sigue en el país de lo absurdo y la estupidez; Colombia
es la inmensa caja en donde los vientos de la guerra y la barbarie soplan más
fuerte que los de una anhelada paz que nos seguirá costando las vidas de mujeres,
hombres, niñas, niños, viejas y viejos que tuvieron el infortunio de nacer en el país del Sangrado Corazón.
Imagen de EFE/Ernesto Guzmán, tomada de El Espectador.com