Por Germán Ayala Osorio
Paloma Valencia Laserna, la mujer
que soñó con ser la primera mujer presidenta, ofreció su respaldo, como
persona, al candidato presidencial ganador de la primera vuelta, Abelardo de la
Espriella (ADLA). Le cargará las maletas al ladino abogado para, según ella, “derrotar
al neocomunismo de Cepeda y Petro”.
De manera errada, Paloma Valencia
cree posible deslindarse de su rol político y de la militancia al Centro
Democrático, partido que, por supuesto está detrás del triunfo de ADLA y que,
en caso de ser electo presidente de la República, lo acompañará como fuerza política
y bancada desde el Congreso. No solo cae en ese error, sino que insiste en hablar
de “neocomunismo”, vocablo que acuñó su mentor y “progenitor político”, Álvaro Uribe
con el que siguen asustando incautos y pendejos.
Valencia Laserna fue abandonada y
desechada por el uribismo y su propio “padre”, el expresidente y expresidiario
Álvaro Uribe Vélez por su condición de mujer. En un país de “machitos” que se
la pasan pensando en cuál de todos la tiene más grande, las mujeres cuentan
como adornos, objetos sexualizados o simples referencias a los roles de madres,
esposas y cocineras.
El acordado desplome de la
candidatura de Valencia Laserna estuvo atado a la necesidad de la ultraderecha
de enfrentar el discurso pacifista y el perfil filosófico de Iván Cepeda con la
exhibicionista masculinidad y el talante de macho cabrío de Abelardo de la
Espriella, el clásico metrosexual que mimetiza sus miedos, vacíos conceptuales
y ordinariez, con una elegancia posuda y fatua. Lo más probable es que esta sea
la primera y última aventura electoral de Paloma. Ojalá se siente a hacer el
balance. A lo mejor llega a la conclusión que ella es una mujer machista,
clasista, racista, aporofóbica y ahora, con visos fascistas.
Para la actual campaña electoral,
Paloma Valencia fue el comodín y distractor con el que Uribe jugó a dos bandas
y ganó: puso en la final al abogado cordobés. El departamento de Córdoba es el
territorio en el que por años el político antioqueño ha tenido influencia en el
poder político local.
Contrario a lo que piensan
muchos, el uribismo no resultó derrotado en esta primera vuelta. El uribismo
mutó por dos razones: Uribe está salida y el Establecimiento necesita remplazarlo
y encontraron en Abelardo de la Espriella al machito perfecto para recoger el pérfido
legado del salgareño; y dos, por las presiones del gobierno de Donald Trump para
que Colombia se alinee con los gobiernos fascistas de Ecuador, Honduras, Chile
y Argentina.
En una sociedad machista y con sólidos
visos de misoginia como la colombiana, las mujeres, sean de izquierda o
derecha, deben de luchar contra esas circunstancias culturales (verdaderas
taras civilizatorias) y lo que resulta peor, contra su propia docilidad y condescendencia
frente a los machitos que las ungieron y dieron la oportunidad de soñar
con ser presidentas, como los casos de Paloma Valencia y María Fernanda Cabal. Esta
última también maltratada, usada y desechada por Uribe y otros integrantes del
partido Centro Democrático. Ambas insisten en llamar Presidente a su amoroso
victimario electoral. Tanta mansedumbre es el talón de Aquiles de estas y
de otras mujeres que siguen venerando a machitos insulsos y violentos como el
expresidente y el ganador de la primera vuelta presidencial.
Colombia necesita con urgencia
liderazgos femeninos sin ataduras masculinas de ningún tipo. Mujeres capaces de
repensar las relaciones Hombre-Mujer, lo que debe traducirse en serios cuestionamientos
al vigente sistema patriarcal que las tiene sometidas de tiempo atrás. Y por
supuesto, revisar y cambiar las maneras como el ser humano se viene
relacionando con la Naturaleza.