Por Germán Ayala Osorio
Los debates presidenciales, en
las democracias modernas, son parte sustancial de la política asumida esta como
espectáculo y/o escenario electoral a partir del cual las audiencias confirman su
voto por alguno de los candidatos.
En medio de un crispado ambiente
electoral y político, el candidato del gobierno, Iván Cepeda Castro se niega a
debatir con los otros candidatos a la presidencia porque no encuentra garantías
para el desarrollo de debates serios alejados de la mala leche de la
prensa que se presta para amplificar los ataques de los que viene siendo víctima
y de las descalificaciones personales de sus adversarios.
Paloma Valencia e Iván Cepeda llevan
varios días enfrentándose verbalmente al interior del congreso de la República alrededor
de asuntos que los alejan de la necesidad que tienen los colombianos de conocer
sus realidades capacidades para gobernar un país complejo, que por ratos se
torna ingobernable. El país los quiere escuchar por representar dos propuestas
diametralmente distintas: Valencia representa el regreso a las prácticas neoliberales
que convirtieron a Colombia en uno de los primeros países más desiguales del
mundo; mientras que Cepeda daría continuidad al proyecto progresista que quedó
a medias por cuenta de la alineación del Consejo de Estado, la Corte Constitucional
y la oposición en el Congreso en contra de las reformas sociales que el país necesita
para operar realmente como una República.
Eso sí, resulta a todas luces inconveniente
no realizar por lo menos dos debates presidenciales con reglas claras y el compromiso
entre los participantes de que no habrá ataques personales que desvirtúen el ejercicio
dialógico.
Al tener las empresas mediáticas
sus propias agendas políticas, los debates que se programen tendrán siempre un
tufillo de confrontación y descalificación en contra del candidato del gobierno
que lidera las encuestas; así como la intención manifiesta de posicionar a los
candidatos del Establecimiento.
Así las cosas, los editores de
los medios privados están en mora de ceder los espacios para que sean
profesores y profesoras los que orienten los encuentros entre los
presidenciables. Por el nivel de crispación política e ideológica que exhibe el
país urge que los debates se hagan con criterios más académicos que
periodísticos, fundados estos últimos en el interés de asegurar rating,
propiciando rifirrafes entre los participantes. Hay que dejar atrás el formato
pensado más para el careo personal y las réplicas insulsas que reducen la
discusión a la defensa de obras de gobiernos o sobre episodios atados a
actividades propias de la propaganda negra.
Un buen debate presidencial
podría darse al sacar de la ecuación a Uribe y al presidente Petro, íconos de la
polarización política. Propongo diseñar debates basados en ejercicios previos
de prospectiva que obliguen a los candidatos a exponer soluciones y adoptar decisiones
acordes con las condiciones de esos escenarios de futuro. Insisto: no hacer
debates empobrece la democracia y les abre los caminos a las estrategias de
propaganda negra y a las efectistas campañas de Tik Tok y otras redes sociales diseñadas
para anular el pensamiento crítico y la discusión sistémica de los asuntos
públicos.
Por lo demostrado hasta el
momento, resultaría interesante escuchar a Sergio Fajardo, Claudia López, Iván
Cepeda, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia. Es tiempo de superar los
lugares comunes en los que redundan Fajardo, López y el abogado de Alex Saab;
es tiempo también de ver a una Paloma Valencia alejada de Uribe y su “legado”.
Y es tiempo de que Cepeda despeje las dudas que circulan en torno a su capacidad
oratoria por su dependencia al discurso escrito previamente elaborado. Los escenarios
prospectivos requieren ejercicios de pensamiento en los que afloran la
formación y la comprensión sistémica de una sociedad compleja como la
colombiana.
Adenda: Petro deja la vara
muy alta en términos de la capacidad de articular ideas y la comprensión sistémica
de los problemas contemporáneos.
Imagen tomada de Blu radio.