Por Germán Ayala Osorio
El carácter plebiscitario de la
actual campaña presidencial se lo están dando el uribismo y el petrismo, en
medio de una crisis de credibilidad del periodismo, la consagración de las bodegas
y el activismo político en unas redes sociales convertidas en fétidas
trincheras ideológicas en las que se alimentan el odio y se activa la pérfida relación
amigo-enemigo que Uribe impuso entre el 2002 y el 2010; y lo que es peor, el
afianzamiento de los métodos de la posverdad para generar estados de opinión
pública con una carga inconmensurable de desprecio por la opinión ajena.
El proyecto Júpiter, develado por
la revista Raya, representa los intereses de la derecha uribizada que le
apuesta a recuperar, a como dé lugar, la Casa de Nari para sentar en el Solio
de Bolívar a Paloma Valencia Laserna o en su defecto al abogado Abelardo de la
Espriella. Júpiter nos retrotrae a los tiempos en los que una parte importante del
empresariado y la clase política logró sacar “emberracado” a millones de
colombianos que votaron No al Acuerdo de Paz firmado entre el Estado y las
entonces Farc-Ep.
La idea ahora es que la gente
salga “emputada” a votar a favor de la campaña de Valencia Laserna, esto es, en
contra de las aspiraciones de Iván Cepeda Castro. La campaña del No y Júpiter
comparten las mismas estratagemas: asustar a las audiencias, meterles miedo con
la idea del neocomunismo que representa Cepeda y presionar a empleados públicos
y privados para que voten por la “muñeca” de Uribe o por Abelardo de la Espriella,
quien sería el segundo títere del expresidente antioqueño. Recordemos
que Iván Duque fue el primero en cumplir con ese indigno e indignante rol. Hay
que reconocer que lo hizo muy bien.
Desde las mesnadas del petrismo
se hace lo propio para convertir la campaña presidencial en un plebiscito que valide
lo hecho por Petro en estos cuatro años de gobierno, con todo y sus luces y sombras.
Por supuesto que Cepeda buscará la profundización de la democracia, a través de
la idea de la democracia radical de Chantal Mouffe. A la derecha uribizada no
le gusta la discusión política en torno a conceptos y realidades como la
hegemonía (Gramsci), los derechos de las minorías y ajustes económicos con
claros beneficios colectivos.
Lo complejo de este ambiente plebiscitario
es que sus animadores insisten en una peligrosa división entre petristas y uribistas,
lo que termina por darle la razón a las campañas de Sergio Fajardo y Claudia
López, los más visibles candidatos de un inexistente y engañoso Centro político.
López y Fajardo están atrapados en el remolino ideológico que generan a diario
los amigos de Petro y las fichas de Uribe Vélez. Así las cosas, los exalcaldes
de Medellín y Bogotá terminan validando el plebiscito en el que nuevamente está
inmerso el país. Al final poco importará quién gane la presidencia, pues el
país habrá extendido en el tiempo y quizás con más fuerza, la división social y
política de una sociedad que sobrevive en medio de las tensiones propias de una
lucha de clases que cobró sentido de realidad con el confrontador discurso del
presidente Petro.
Este nuevo plebiscito sirve desde
ya para exponer las dificultades éticas y morales de una élite empresarial,
mediática y política acostumbrada a imponer sus lógicas, intereses y el ethos
mafioso, origen de la corrupción público-privada que impide construir consensos
y “acuerdos sobre lo fundamental”. Capturar el Estado sigue siendo el objetivo
de la derecha uribizada; mientras que el progresismo sigue pensando en que es
posible ponerlo al servicio de lo prescrito en una constitución política
diseñada para una nación imaginada o una inexistente sociedad republicana.
Adenda: el debate o los
debates que se logren realizar deberían de girar en torno a estas preguntas: ¿El
Estado y la biodiversidad para qué o para quiénes? ¿Es posible dejar de
odiarnos? ¿Es posible proscribir el ethos mafioso que el Establecimiento
convirtió en un factor de reconocimiento político?
Imagen tomada de cepeda, paloma y de la espriella a debate - Búsqueda Imágenes
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