Por Germán Ayala Osorio
La tibieza y el ego de Sergio
Fajardo Valderrama resultan inconmensurables. Después de la estruendosa derrota
electoral del pasado 31 de mayo- quedó de cuarto-,
se inventó el Decálogo del Millón de Votos con tres propósitos:
el primero, mantener su atormentada vigencia política a pesar de las tres
derrotas electorales que acumula y que parecen insuficientes para obligarlo a tomar
la decisión de retirarse de la vida pública. Aunque en el amargo tinto
que se tomó con Paloma Valencia
en el Hotel El Prado de Barranquilla dijo que esta era su última campaña
presidencial. Ya con 70 años, una parte del país espera que cumpla su
palabra y se retire. Su nieta y Nuquí reclaman su presencia.
El segundo propósito, transmitir
el mensaje institucional de varios agentes del Establecimiento que Fajardo
defiende y representa muy bien y por supuesto algunas ideas que él ladinamente
hace pasar como si fueran de su cosecha pero que en realidad responden a los
lugares comunes que cada cuatro años aparecen en forma de eslóganes de campaña.
No haré referencia a las “10 propuestas o líneas rojas” de Fajardo. Y
finalmente, su tercera intención evitar hablar de las razones personales y
políticas que lo llevaron a sufrir tres derrotas electorales. Al igual que Álvaro
Góméz Hurtado, Fajardo será recordado como el eterno candidato presidencial.
En su Decálogo, Fajardo le dice
al Pacto Histórico, a la campaña y al candidato presidencial Iván Cepeda Castro
que “civilicen, moderen y rebajen la crispación", es decir, que le
pongan fin a la polarización
política. El exgobernador de Antioquia olvida el origen de esa pugnacidad y los
factores ideológicos y las razones fácticas que la hacen prácticamente
insuperable.
En su segunda “línea roja”, el
exalcalde de Medellín exige a Cepeda que se olvide de convocar a una Asamblea
Nacional Constituyente (ANC), mecanismo al que considera inconveniente porque
supone la violación de la independencia de poderes. En este punto, Fajardo
Valderrama invalida la posibilidad del llamado a una ANC
poniendo sobre el mecanismo una mácula que lo hace ilegítimo, cuando apelar a
este es un derecho constitucional. Se entiende el punto porque si algo
caracteriza al profesor y matemático antioqueño es la defensa a dentelladas de
la tradición y del Establecimiento. Fajardo le tiene pavor hablar de cambio.
No podía faltar en su Decálogo la
lucha contra la corrupción,
bandera con la que intentó tres veces llegar a la Casa de Nariño. Quizás sea
tiempo de que Fajardo entienda que esa es una lucha inútil porque ya en el país
se naturalizó un ethos
mafioso que curiosamente tiene un fuerte arraigo en Antioquia
y en las huestes de un personaje al que Fajardo siempre le rindió pleitesía;
tanta, que aún lo sigue llamando “presidente”.
Además, en este punto propuso una auditoría
a la actual administración.
En el cuarto punto, Fajardo exige
el desmonte de la “paz
total”, plan de gobierno que salió muy mal por múltiples factores
que no tocaré en esta columna. Y propone lo de siempre: copar el
territorio, atacar las economías ilegales y cuidar los ecosistemas naturales.
Como si el gobierno Petro no lo haya intentado. La recuperación del cañón del
Micay es un logro que Fajardo no reconoce. Eso sí, todos los gobiernos han
fallado en consolidar el Estado en todo el territorio nacional.
En el quinto elemento que plantea
el recién derrotado candidato presidencial hace alusión al tema que lo apasiona:
la educación. Cuando habla de “Colombia la más educada”, Fajardo,
declarado fiscalmente
responsable por el colapso de la represa de hidroituango, está recordando su
programa “Antioquia la más educada”. Cosas del ego.
En su sexta línea roja, Sergio Fajardo
recomienda y exige soluciones en materia de salud. Olvida el exgobernador de
Antioquia que el sistema de aseguramiento en salud viene de tiempo atrás en una
profunda crisis financiera, fruto de la corrupción y el diseño mismo de la ley
100 de 1993. Por cierto, una crisis sobre la que Fajardo guardó silencio cómplice
frente a las actuaciones dolosas de varias juntas directivas de EPS
intervenidas y declaradas inviables.
El Decálogo del Millón de
Votos de Fajardo parece más bien una carta de despedida dirigida a sus votantes
y seguidores. Se trata de una forma elegante y poco autocrítica- actitud muy
propia de los egocentristas- de reconocer que sus campañas fracasaron en gran
medida por su tibieza e incapacidad para proponer cambios, lo que implicaba
confrontar al Establecimiento regional y nacional con el que siempre guardó simpatías
ideológicas y políticas.
Hay que reconocer y abonarle que
antes de la primera vuelta fijó postura frente al talante de Abelardo de la
Espriella. Esto dijo: “el comportamiento del señor Abelardo de la Espriella es
el de un atarván. Es un tipo machista, vulgar, autoritario e
irrespetuoso. Una persona como él no debería ser presidente de Colombia;
puede y tiene posibilidades, pero yo espero que Colombia no caiga tan bajo”.
Y aunque no se fue a ver ballenas
esta vez, con su Decálogo del Millón de Votos Fajardo quiere dejar la imagen de
“intelectual y estadista”, eso sí, orgánico del viejo Establecimiento al que jamás confrontó. Ahí radica el origen de su tibieza.
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