Por Germán Ayala Osorio
Que Abelardo de la Espriella tenga
la ciudadanía estadounidense sería apenas anecdótico y meramente circunstancial
si su campaña no hubiera recibido el aval y apoyo del gobierno del pederasta y
convicto presidente de los Estados Unidos. El haber recibido la bendición
del gobierno de Trump, pone al candidato presidencial en la mira de quienes consideran
que hay por lo menos impedimentos ético-identitarios-ideológicos para ejercer
la presidencia de la República con el objetivo de defender la siempre imaginada
soberanía nacional e independencia.
Hay por lo menos tres momentos en
los que queda claro para quién gobernaría De la Espriella de llegar a la Casa
de Nariño (o de Nari): el primero, el saludo militar y la frase “Firme por la Patria”
con la que se acerca a las maneras en las que los presidentes norteamericanos
responden al saludo de los soldados bajo su mando. El segundo y el menos conocido, cuando dijo en
su cuenta de X, en respuesta al periodista Daniel Coronell, que él
financió en el pasado al partido republicano. Ahora se entienden sus actitudes
homofóbicas y su defensa al modelo tradicional de familia. De la Espriella es
un godo recalcitrante como lo es Donald Trump, quien podría ser su alter-ego.
Ambos exhiben ideas y comportamientos fascistas.
Y el tercer momento está atado a
la petición que le haría a Trump de un segundo Plan Colombia. En ese preciso
momento se activaron sus obligaciones como ciudadano norteamericano: defender
los intereses extraterritoriales
de los Estados Unidos por encima de los derechos de los colombianos. Es así
de simple y peligroso. De la Espriella operaría como una suerte de “Marine
incrustado” en la Casa de Nariño para que desde esa casa de gobierno se
recuperen los procesos de intervención político-militar que en su momento validó
Andrés Pastrana Arango, responsable político de la aplicación en el país de una
política pública de carácter trasnacional como lo fue el Plan Colombia. Con un
agravante: ese documento no se discutió y mucho menos se aprobó en el Congreso
colombiano.
Así las cosas, la actitud patriótica,
es decir, progringa del ciudadano norteamericano Abelardo de la Espriella, confirma
su interés de “usar las rodilleras”, elementos estos que muy seguramente entrarían
a hacer parte de los nuevos símbolos patrios de la Colombia macondiana que discute
si se debe o no usar la camiseta de la Selección de Fútbol
(masculina y de mayores) para propósitos electorales.
El congresista Agmeth Scaf se
refirió a De la Espriella en términos desobligantes. Rescato de la respuesta del
legislador los sentimientos ambivalentes de un político que desdice de su primera
patria, pero que juró defender los intereses de los Estados Unidos, su segunda
patria. Esto espetó el político: “De La Espriella se comporta como la
perra de EE.UU. Aquí es muy bravito, aquí es muy gritoncito y
demás, pero se tiene que arrodillar ante EE.UU.”.
No creo que haya necesidad de
usar ese tipo de expresiones para demostrar lo que es apenas evidente. Más
bien, y en uso y goce de su ciudadanía americana Abelardo de la Espriella sería
para las propias autoridades norteamericanas una especie de Marine embedded
con funciones claras: impulsar el segundo Plan Colombia, ambientar el
crecimiento de la presencia de soldados gringos en el territorio nacional y por
supuesto garantizar la llegada de mercenarios o contratistas con experiencia en
fuerzas especiales. El objetivo final: convertir las zonas rurales y selváticas en zonas de orden público para sacar de allá a comunidades ancestrales y campesinas.