Por Germán Ayala Osorio
En la disputa entre quienes
defienden a la Revista Raya y a La Silla Vacía (en adelante, LSV)
subsisten elementos ideológicos y periodísticos que develan una realidad
inobjetable: el rigor y la manida objetividad periodística entraron en una
profunda crisis por cuenta, justamente, de los intereses económicos y
políticos que acompañan los ejercicios analíticos-informativos que los
señalados medios han realizado.
El cruce de cartas- firmadas por distinguidos
colombianos- reclamando legitimidad en disímiles grupos de las audiencias
confirma el afán de ambos medios por ocultar sus preferencias e intereses en
medio de una campaña electoral en la que a los periodistas que están detrás de la
revista Raya les conviene la continuidad del proyecto progresista; lo mismo
sucede para aquellos que hacen parte de LSV: les convendría el regreso de la
derecha uribizada con la que en el pasado tuvieron relaciones comerciales que
afectaron la “independiente” línea editorial del medio que orienta Juanita
León.
Voy a decirlo sin ambages: ni
Raya y mucho menos LSV son medios independientes. Raya deviene atado a las
dinámicas informativas a las que debió apelar el gobierno Petro ante la
andanada de ataques informativos y políticos de la prensa hegemónica (empresas
grandes y portales como LSV). La actitud hostil de los periodistas de Caracol y
RCN, La W, La FM, Blu radio, El Colombiano, El País de Cali y El Heraldo
obligaron a los más cercanos colaboradores de Petro, entre ellos Holman Morris,
a diseñar estrategias de contra discurso para confrontar a unas empresas
mediáticas que siempre negaron ser actores políticos. Y lo hicieron apelando a
las libertades de prensa y opinión. Se dieron cuenta, un tanto tarde, de que no
era suficiente con que el presidente Petro enfrentara a la oposición
periodística y política desde X, su red social y trinchera preferida desde
donde se defiende de las mentiras de una prensa hegemónica que enterró en un
barrizal la ética del oficio.
Habrá quien pueda llegar a pensar
y decir que esa realidad que toca a los dos medios resulta peor para el caso de
La Silla Vacía y su propietaria Juanita León, por tratarse de un medio privado
con relaciones políticas que le permiten sobrevivir en un país como Colombia en
donde hacer empresa periodística resulta casi siempre en una quijotada. El
Estado debería de financiar a medios privados, en particular a portales,
periódicos y emisoras pequeñas, sin importar su línea editorial.
También podría señalar que Raya y
el conjunto de medios públicos (RTVC) están siendo usados por el gobierno Petro
para defenderse de los ataques de específicos agentes de la sociedad civil
empeñados en generar miedo e incertidumbres en los colombianos, inventando que
el país va en caída libre por el despeñadero del comunismo. Se trata de
recursos estatales que deberían estar al servicio de los colombianos y no
defendiendo la causa petrista, por más que ésta represente el carácter
colectivo que se espera de la operación de instituciones del Estado colombiano.
Ambas lecturas son posibles.
En ese cruce de señalamientos
entre Raya y LSV a propósito del proyecto Júpiter hubo errores de lado y lado.
La disputa ideológica, económica y política deviene tan enconada que los
periodistas de lado y lado no ven que en el fondo el “oficio más hermoso del
mundo” está comprometido en esas reyertas discursivas. Porque si hay algo nos distingue como periodistas es la falta de auto crítica. Eso sí, tenemos la capacidad para
ocultar los errores y la toma de partido apoyados en los derechos a informar y
a opinar en un país que no lee, o que lee mal y que piensa que ese Otro que no
piensa igual es el enemigo.
Por todo lo anterior, no defiendo a la revista Raya y a La Silla Vacía. Me paro en la raya para gritar que la credibilidad del periodismo quedó comprometida en ambos ejercicios. Al final, a LSV le desnudaron sus intereses y cercanías con el uribismo, hecho ético-político que afectó la credibilidad del taburete desde el que Juanita León sigue pontificando sobre ética, rigor periodístico, independencia y objetividad periodísticas.