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lunes, 4 de mayo de 2026

LA SILLA VACÍA Y REVISTA RAYA, PROTAGONISTAS DE UNA CRISIS

 


Por Germán Ayala Osorio

En la disputa entre quienes defienden a la Revista Raya y a La Silla Vacía (en adelante, LSV) subsisten elementos ideológicos y periodísticos que develan una realidad inobjetable: el rigor y la manida objetividad periodística entraron en una profunda crisis por cuenta, justamente, de los intereses económicos y políticos que acompañan los ejercicios analíticos-informativos que los señalados medios han realizado.

El cruce de cartas- firmadas por distinguidos colombianos- reclamando legitimidad en disímiles grupos de las audiencias confirma el afán de ambos medios por ocultar sus preferencias e intereses en medio de una campaña electoral en la que a los periodistas que están detrás de la revista Raya les conviene la continuidad del proyecto progresista; lo mismo sucede para aquellos que hacen parte de LSV: les convendría el regreso de la derecha uribizada con la que en el pasado tuvieron relaciones comerciales que afectaron la “independiente” línea editorial del medio que orienta Juanita León.

Voy a decirlo sin ambages: ni Raya y mucho menos LSV son medios independientes. Raya deviene atado a las dinámicas informativas a las que debió apelar el gobierno Petro ante la andanada de ataques informativos y políticos de la prensa hegemónica (empresas grandes y portales como LSV). La actitud hostil de los periodistas de Caracol y RCN, La W, La FM, Blu radio, El Colombiano, El País de Cali y El Heraldo obligaron a los más cercanos colaboradores de Petro, entre ellos Holman Morris, a diseñar estrategias de contra discurso para confrontar a unas empresas mediáticas que siempre negaron ser actores políticos. Y lo hicieron apelando a las libertades de prensa y opinión. Se dieron cuenta, un tanto tarde, de que no era suficiente con que el presidente Petro enfrentara a la oposición periodística y política desde X, su red social y trinchera preferida desde donde se defiende de las mentiras de una prensa hegemónica que enterró en un barrizal la ética del oficio.

Habrá quien pueda llegar a pensar y decir que esa realidad que toca a los dos medios resulta peor para el caso de La Silla Vacía y su propietaria Juanita León, por tratarse de un medio privado con relaciones políticas que le permiten sobrevivir en un país como Colombia en donde hacer empresa periodística resulta casi siempre en una quijotada. El Estado debería de financiar a medios privados, en particular a portales, periódicos y emisoras pequeñas, sin importar su línea editorial.

También podría señalar que Raya y el conjunto de medios públicos (RTVC) están siendo usados por el gobierno Petro para defenderse de los ataques de específicos agentes de la sociedad civil empeñados en generar miedo e incertidumbres en los colombianos, inventando que el país va en caída libre por el despeñadero del comunismo. Se trata de recursos estatales que deberían estar al servicio de los colombianos y no defendiendo la causa petrista, por más que ésta represente el carácter colectivo que se espera de la operación de instituciones del Estado colombiano. Ambas lecturas son posibles.

En ese cruce de señalamientos entre Raya y LSV a propósito del proyecto Júpiter hubo errores de lado y lado. La disputa ideológica, económica y política deviene tan enconada que los periodistas de lado y lado no ven que en el fondo el “oficio más hermoso del mundo” está comprometido en esas reyertas discursivas. Porque si hay algo nos distingue como periodistas es la falta de auto crítica. Eso sí, tenemos la capacidad para ocultar los errores y la toma de partido apoyados en los derechos a informar y a opinar en un país que no lee, o que lee mal y que piensa que ese Otro que no piensa igual es el enemigo.

Por todo lo anterior, no defiendo a la revista Raya y a La Silla Vacía. Me paro en la raya para gritar que la credibilidad del periodismo quedó comprometida en ambos ejercicios. Al final, a LSV le desnudaron sus intereses y cercanías con el uribismo, hecho ético-político que afectó la credibilidad del taburete desde el que Juanita León sigue pontificando sobre ética, rigor periodístico, independencia y objetividad periodísticas.



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