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domingo, 15 de marzo de 2026

PALOMA VALENCIA Y LA JEP: LA VIEJA OBSESIÓN DE ACABARLA



Por Germán Ayala Osorio

 

El uribismo está obsesionado con la JEP. Y Paloma Valencia Laserna, también. Acabarla, desmontarla o ajustarla es un extraño propósito del expresidente y exconvicto Álvaro Uribe y el de su “hija-candidata presidencial” que insiste en que el alto tribunal de paz asumió una actitud persecutoria contra los militares que se sometieron a las condiciones de la justicia restaurativa, en gran medida para librarse de largas condenas proferidas por jueces de la justicia ordinaria, pero también por el compromiso de decir la verdad en torno a los crímenes de Estado, mal llamados “falsos positivos”, perpetrados por uniformados que monetizaron la vida de jóvenes que fueron asesinados con tiros de gracia.

Valencia Laserna repite hoy lo dicho por su mentor y “padre”: se trataría de confesiones presionadas por los magistrados de la JEP y las favorables condiciones jurídicas del modelo de justicia restaurativa.  Por supuesto que frente a largas condenas proferidas por los jueces ordinarios los uniformados comparecientes reciben sanciones morales y quedan en libertad siempre y cuando aporten verdad y expliquen las condiciones en las que se presentaron los hechos punibles a los cuales están vinculados en calidad de determinadores, testigos de excepción o ejecutores de las órdenes emanadas por oficiales de alta graduación que cumplían las directrices del ministerio de la Defensa y del Ejecutivo.

Frente a los togados de la JEP, oficiales y suboficiales han reconocido que asesinaron civiles para inflar las cifras de guerrilleros dados de baja en combates y señalado a la política de seguridad democrática como el inmoral marco institucional desde el cual se legitimó la práctica de secuestrar jóvenes para luego presentarlos como subversivos “neutralizados” en operaciones contrainsurgente.

Esa misma narrativa del uribismo se complementa con el imaginario que señala que la JEP ha sido permisiva con los comparecientes de las Farc-Ep, sobre los cuales ya hay acusaciones en firme por la comisión de delitos de lesa humanidad. Olvidan los detractores de la Jurisdicción Especial para la Paz que todos los comparecientes recibirán beneficios jurídicos mientras aporten verdad, se comprometan a no repetir las conductas criminales y a reparar a sus víctimas.

Valencia Laserna en varias ocasiones justificó sus ataques contra la Jurisdicción Especial para la Paz con un argumento falaz: defender el honor de los militares. Si la JEP fue creada en el marco del Acuerdo de Paz firmado entre el Estado con las Farc-Ep para juzgar a los máximos responsables de los delitos de lesa humanidad perpetrados en ocasión del conflicto armado por militares y guerrilleros, por qué la candidata presidencial insiste en proteger a los uniformados? La respuesta es evidente: los combatientes estatales (generales de tres soles, coroneles y mayores) han hecho referencia a la política de seguridad democrática como la pérfida realidad institucional impulsada por el entonces presidente Álvaro Uribe Vélez, uno de los actores bisagra, que aportaron a la degradación misional del Ejército nacional.

No se trataría exclusivamente de defender el honor y la libertad de los altos oficiales comprometidos en los ajusticiamientos extrajudiciales, sino la imagen de su “padre”, responsable político de la aplicación sin límites éticos y morales de una política de seguridad y defensa diseñada para aplicar la doctrina del enemigo interno por fuera de las lógicas y las dinámicas de un degradado conflicto armado. Al final, asesinar civiles (por lo menos 6402 jóvenes vulnerables) y perseguir y violentar “mechudos, tatuados y gente de izquierda” dieron cuenta de la extensión social y política de la doctrina del enemigo interno.

Infortunadamente surgieron las disidencias de las Farc-Ep y el ELN se mantiene en pie de lucha, lo que hace pensar en que la candidata presidencial de la derecha uribizada estaría interesada, de llegar a la Casa de Nariño (o de Nari), en ajustar los procesos internos de la JEP de cara al regreso a la política de seguridad democrática a partir del 7 de agosto de 2026, esto es, del retorno de la práctica criminal de asesinar civiles, ponerles camuflados, un arma y las botas al revés.



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