Por Germán Ayala Osorio
La aporofobia es un sentimiento y/o
una actitud prejuiciosa propia de aquellos que, en un intento desesperado,
tratan infructuosamente de olvidar de dónde salieron, de dónde vienen y de las dificultades
económicas que padecieron en el entorno familiar. La conciencia de clase en cientos
de miles de colombianos aporofóbicos es una materia pendiente, fruto de la
consolidación del individualismo que les permite tomar distancia de los
problemas de su propio país. Y desde ese parapeto ideológico suelen otear lo que pasa en
el país, sin tratar de comprender las circunstancias contextuales, incluida la
concentración de la riqueza en pocas manos y la operación de un Establecimiento
mafioso y criminal, que producen y reproducen la pobreza y los pobres que tanto
odian, desprecian y temen. Y cuando las reconocen, deciden soslayarlas para
sentir que tienen la razón porque el pobre es pobre porque quiere. Aquello
de “salir adelante y soy exitoso” en medio de millones que sufren y
llevan una vida miserable no deja de ser una mentira desde una perspectiva humanística.
Los aporofóbicos arrastran problemas
no resueltos alrededor de los efectos psicológicos dejados por penurias
financieras de su atormentado pasado. Odiaron la pobreza de sus padres, al
tiempo que ignoran que ella es el origen de su desprecio y miedo hacia los
pobres con los que se topan a diario en calles, andenes, semáforos y avenidas; desconocen también
que esa actitud aporofóbica los llevó y llevará a votar en segunda vuelta por el
candidato presidencial de la ultraderecha neoliberal, Abelardo de la Espriella
Otero, el más genuino aporofóbico colombiano que levita perfumado e inflado por
el olor de costosas marcas de ropa; un excelso catador del arribismo, el clasismo
y el racismo de aquellos que lo aplauden a rabiar, seducidos por su belicoso
discurso, con los que comparten el desprecio por las tristes realidades de una
sociedad insolidaria que aprendió a odiarse así misma.
Se consideran exitosos porque
tienen avión privado, visten costosas pintas (outfit) y perfumes; o porque
viajan por el mundo no para aprender formas modernas y civilizadas de estar,
sino para escapar, así sea por unos días o meses, de las vergonzantes realidades
que los acomplejan y “atacan” al recordar que son, para unos, despreciables “sudacas”,
o para otros, insignificantes “latinos” a merced de los fascistas de ICE o de
otras autoridades migratorias.
Vivir por largo tiempo en las
burbujas individuales los hace sentirse cercanos a las maneras de una élite
admirada. Al intentar dejar de ser clase subordinada, fácilmente caen en la
falsa conciencia. Ignorar las desigualdades sociales, temer y odiar a los
pobres da cuenta de ese engañoso estado mental que varios marxistas llamaron
conciencia falsa o falsa conciencia.
Si Usted viene de abajo y es hijo
de madres y padres campesinos, mecánicos, choferes, modistas y cuanto oficio ejercido
por los que hacen parte de comunidades subalternas, está obligado ética y
moralmente a votar en contra de Abelardo de la Espriella. No importa si Usted
hoy tiene maestrías o doctorados; o trabajó en multinacionales o tiene un
empleo en una de esas corporaciones responsables en grado sumo de la reproducción
de las injusticias locales, regionales y mundiales; si es coherente, debe
negarse a sufragar a favor del ladino candidato de la ultraderecha neoliberal.
Hay que votar por quien va a seguir intentando sacar de la pobreza y la miseria a nuestros connacionales: Iván Cepeda; y no por quien oficiará como el servil lacayo de Trump o el dócil siervo de una élite igualmente aporofóbica a Usted: Abelardo de la Espriella, el "Tigre de Temu".
Adenda: soy hijo de madre modista y de padre mecánico, tractorista y almacenista. Esto último lo estudio en el Sena. Inteligentes ambos, berracos y amorosos sacaron adelante a tres hijos. Honro su memoria y perfiles votando siempre en contra de candidatos serviles, neoliberales, violentos, machistas, misóginos y aporofóbicos.
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