Por Germán Ayala Osorio
Sufragar es un acto
ético-político y en precisos contextos una acción (in)moral en el que confluyen asuntos como la ideología,
la clase social, el clasismo si es el caso y los niveles de conciencia de clase
de los votantes; la historia familiar (godo vota godo), los intereses
económicos (un contrato, empleo), el nivel educativo atado o no a la conciencia
de clase y por el nivel de influencia de los medios masivos de comunicación y
las redes sociales en los que se promueve al ganador de las encuestas (La
Espiral del Silencio, opera) y por supuesto se manipulan realidades y se
reducen complejos problemas a meras opiniones, muchas de estas estúpidas, muy
propias del entorno de esas cloacas llamadas redes sociales. Y por supuesto, la
rabia, el odio, el miedo y, por último, la decepción con el gobierno o la
figura presidencial que está de salida.
En el listado de “razones” posibles
que podría un ciudadano elegir para explicar su voto no está el elemento más
valioso quizás: el proyecto político por el cual se decidió votar. Para el caso
que acaban de vivir los colombianos, millones de compatriotas votaron sin
detenerse a pensar por los proyectos políticos en juego, representados en los
candidatos Abelardo de la Espriella Otero e Iván Cepeda Castro. Bastaba con
escuchar al candidato que ofrecía bala y fracking a lo que marque para
entender que se trataba del único proyecto de país que le sirve a la derecha:
someter voluntades por la fuerza, a las malas y, por supuesto, a los
ecosistemas naturales-históricos incluidas las comunidades cercanas.
Conversé con un par de amig@s que
votaron por De la Espriella: me dijeron que lo hicieron porque estaban
decepcionados del gobierno Petro. La paz total, la corrupción, el caso de
Juliana Guerrero e incluso el asunto del tren de cercanías para Cali que Petro
no acompañó. En las explicaciones que dieron no se mencionó el proyecto
político que encarnaba Cepeda, que apuntaba a consolidar las reformas sociales
con las que estuvieron de acuerdo hace cuatro años cuando sufragaron en favor
del proyecto progresista que lideró Petro. Conclusión: no se vota por proyectos
políticos, se sufraga por personas, simpatías momentáneas o hartazgos
coyunturales que afectan la psiquis de los votantes. En estos casos operó el
voto castigo.
Ahora que se hacen análisis post derrota
electoral desde las mesnadas del Pacto Histórico destacan mis amigas y amigos la
sobre exposición en redes del presidente Petro y las constantes invitaciones a que
su pueblo se movilizara en las calles. Los trancones que esas marchas producían
fueron el detonante que llevó al fuerte hartazgo en aquellos que quizás nunca en
su vida votaron por un proyecto político y en particular por el sentido socialmente
reivindicativo del que encarnó y defendió Petro durante cuatro años. Ellos y
ellas mismas están expectantes a lo que suceda con el gobierno del therian que en
campaña ofreció “destripar” a la izquierda, pero que una vez electo dijo que “no
habrá persecuciones, ni retaliaciones y que gobernará para todos los colombianos”.
Les dije: ya veremos qué sucede en cuatro años. Por ahora están viendo que al nuevo
gobierno están llegando los de Siempre. En su caras ya se dibuja decepción y
preocupación. Al final de la conversación les dije riéndome: nos vemos en
elecciones g…