Por Germán Ayala Osorio
Se acabó el Mundial y millones de
seres humanos sobrellevan la resaca que produce siempre el final del certamen
planetario que prácticamente paralizó al mundo durante un mes largo. Quedan los
memes del partido Argentina vs España, las rabietas de los gauchos por haber
perdido la copa que ya tenían tejida en sus camisetas y las ya eternas críticas
a la FIFA por el VAR
y en particular por las relaciones políticas de Infantino
con el presidente de los Estados Unidos. Se acabó el Mundial y también el fútbol.
Esta columna es una forma de
tramitar esa "resaca emocional". La reflexión gira en torno a la relación
política-fútbol, una realidad cada vez más evidente, atravesada, además, por los
intereses de actores económicos que se suman al desprestigio de la FIFA y del
fútbol. Al fútbol lo está matando la codicia y la mezquindad de su dirigencia. Existen dudas alrededor de los resultados de los partidos. Hasta recaen dudas sobre el manejo del VAR.
El fútbol, como deporte
espectáculo, lleva la política y el poder impregnados en su naturaleza por
cuenta de la representación que cada selección hace del Estado-nación de
origen. Claro, desde un deber ser que se ve opacado y debilitado por los
intereses comerciales de los jugadores, los de las empresas de apuestas y los
de las firmas que los patrocinan a ellos y al propio Mundial
que acaba de terminar; el incontrastable poder de la FIFA, convertida en una
multinacional que garantiza la compra y venta de jugadores en lo que bien se
puede asumir como una suerte de esclavitud de nuevo cuño; y finalmente, el real
convencimiento patriótico de los miembros de cada selección que dicen defender a
dentelladas a sus naciones, cuando realmente están luchando por el bienestar de
sus familias; lucha por demás legítima que no debería de ensuciarse con el
falso patriotismo (patrioterismo) de los protagonistas, convertidos todos en finas,
intocables, intratables y costosas figuritas
de Panini.
Y como en todo juego político y
del poder, los jugadores, con la ayuda de las empresas mediáticas, apelan a dispositivos retóricos para mantener la
atención de cientos de miles de sus connacionales que esperan cada cuatro años
para escucharlos decir: “vamos a darlo todo por el país”; “La
camiseta de la selección es sagrada”; “Jugamos por la bandera". “No
hay nada más grande que representar a tu país". Por mi país, por mi gente,
por mi patria... salimos a dejar todo en la cancha". "No jugamos solo
por nosotros, jugamos por millones que no pueden estar aquí. Esto es para ti,
México/Argentina/Brasil/Colombia... esta victoria es de la patria".
"Entrenamos juntos, sufrimos juntos, ganamos juntos... por la patria".
Sin duda alguna, figuras
retóricas usadas para engañar a unas fanaticadas que buscan huir de las
realidades políticas de sus países, pero que se encuentran con el mismo modus
operandi de la política interna en cada una de las naciones representadas. El
balompié dejó, hace muchos años, de ser un deporte para divertir a los
aficionados: se convirtió en un vulgar instrumento de “embobamiento mundial” para
matizar y ocultar el genocidio en Gaza y la guerra que viene librando Estados
Unidos, uno de los anfitriones del Mundial, contra Irán.
Para el caso colombiano huelga
recordar que a la camiseta de la “Sele” la ensuciaron e impregnaron de odio en
un contexto social y político caracterizado por el enfrentamiento entre la
derecha y la izquierda y la aparición de un anodino
therian. Hasta la saciedad se habló del desaire y la patanería de los jugadores
de la Selección
Colombia con el presidente de la República y su hija Antonella
Petro. James Rodríguez fue el capitán en ese momento que, transmitido en vivo y
en directo, confirmó que esa Selección no iba en representación de todos los
colombianos, sino de los sectores societales desde donde brotaron la animadversión
y la inquina hacia la izquierda y el progresismo.
Si James
y su combo revisaran con juicio el contexto y el sentido de lo expresado por Diego
Armando Maradona en el 2001, quizás llegarían a la conclusión que ese día en
el que miraron feo y con evidente desprecio al presidente de la República “mancharon
la pelota” y la camiseta de la Selección. Aquí les dejo la frase: “El
fútbol es el deporte más lindo y más sano del mundo. Porque se equivoque uno,
no tiene que pagar el fútbol. Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se
mancha”.
La crítica deportiva dirá que James,
Lucho Díaz y Jerry Mina ya pagaron: la Selección fue eliminada en la tanda de unos
penales que aún siguen sin aprender a patear. En su último discurso como presidente
de la República, Gustavo Petro dijo “perdieron por codicia y falta de
humildad”, en referencia directa a las selecciones de Colombia y Argentina.
Ojalá la dirigencia del fútbol
colombiano emprenda una campaña para limpiar la camiseta de la “Sele”, pues el
retiro de aficionados y la molestia de cientos de seguidores del “equipo
nacional” se traduce en pérdidas económicas para quienes aprendieron a usar las
señaladas figuras retóricas para manipular a la fanaticada.
Lo cierto es que en cuatro años
volverán las empresas mediáticas a manipular las emociones de los colombianos
que anhelan que la Selección gane una copa del mundo para liberar penas, odios
y fracasos, pero, sobre todo, para sentirse felices por un triunfo ajeno, que
se vende como si fuera propio.