Por Germán Ayala Osorio
Los Mundiales de fútbol devienen
con una carga política
que no se puede negar y mucho menos ocultar, así los periodistas deportivos de
Colombia insistan en la manida frase “no politicemos el fútbol”. No sé si por ingenuidad o por estrategia
informativa apelan a esa idea. En el reciente desaire de varios jugadores de la
Selección Colombia hacia el presidente Petro y su hija Antonella
insistieron en separar lo que no se puede desligar. Hagamos algo de historia.
El de Argentina 78 y ahora el de
Estados Unidos 2026 comparten un mismo objetivo político, a pesar de las enormes
diferencias contextuales en las que se desarrolló el certamen en territorio
gaucho y las que están detrás y gravitando alrededor de los partidos pactados en la tierra del Tío Sam.
La cita mundialista en Argentina
78 se diseñó para limpiarle la cara a la violenta y criminal dictadura militar
que soportaron los argentinos por la violación sistemática de los derechos
humanos a manos de chafarotes como Videla y Galtieri, para nombrar apenas a los
más visibles patibularios. En la película 1985 se reconstruye magistralmente
lo que hicieron los milicos en territorio gaucho. Recomiendo verla.
En lo que corresponde a la
organización del Mundial en territorio estadounidense, la cita orbital está
pensada para matizar y ocultar el perfil belicoso del presidente Donald Trump,
los problemas sociales internos y por supuesto para hacer que la prensa local y
la internacional dejen de cuestionar su inmoral perfil. Recordemos que Trump
aparece en los archivos Epstein que confirman su condición de pederasta. Trump
es un viejo putero. A lo que se suman, por supuesto, los 37 cargos penales que
le fueron imputados. La persecución de la fascista y xenófoba ICE en contra de
los latinos parece quedar suspendida mientras se desarrollan los partidos.
En todo esta estrategia ético-política
está la FIFA,
poderosa organización que sucumbió ante el poder mafioso que inspira el
presidente norteamericano, gracias a Gianni Infantino. Recordemos que el presidente
de la Federación Internacional de Fútbol Asociado le entregó el Premio
FIFA de la Paz al degenerado republicano.
La imagen que ilustra a esta columna es contundente y resume en lo que
quedó convertido la cabeza visible y “brillante”- por su inocultable alopecia-
de la FIFA.
Como deporte espectáculo el fútbol
siempre servirá para distraer al mundo de las porquerías y desgracias que la
especie humana es capaz de generar y producir, fruto de su aviesa condición. Imagino
también que en el mes largo que dura el certamen futbolero las mafias
internacionales aprovecharán para lavar dinero y traficar con cocaína y
fentanilo, con la anuencia de la DEA y otras instituciones americanas que le
hacen el juego a los carteles de la droga que operan en Colombia y México, este
último también sede del Mundial 2026, junto a Canadá. México y Canadá fueron víctimas
de la guerra arancelaria que desató contra el mundo el consumado pederasta y
convicto.
Por supuesto que hay que disfrutar
del fútbol, pero hacerlo no puede ser óbice para insistir en que la política y
el ejercicio del poder en todas sus manifestaciones siempre estuvieron y
estarán detrás del deporte más popular del mundo. Una vez terminado el Mundial,
el mundo volverá a ser el mismo: el colosal botadero de basuras de todo tipo y
el infame escenario bélico en el que la guerra, como en el fútbol, siempre dejará ganadores y perdedores; o mejor, víctimas y
victimarios. Estamos condenados a eso, gracias a belicosos y puteros octogenarios
como Donald Trump.
No hay comentarios:
Publicar un comentario