miércoles, 10 de junio de 2026

¿EN DÓNDE PURGARÁ SU CONDENA SANTIAGO URIBE VÉLEZ?



Por Germán Ayala Osorio

 

Se entregó a las autoridades Santiago Uribe Vélez, condenado a 28 años de prisión por delitos de lesa humanidad asociados a la operación del grupo paramilitar y de “limpieza social” conocido como los 12 Apóstoles que lideró el hermano del expresidente y expresidiario Álvaro Uribe. Hasta el momento en el que se escribía esta columna el país no conoce la fotografía de la reseña que el INPEC debe hacer del reo, cuya condena fue ratificada por la Corte Suprema de Justicia.

Lo más seguro es que el abogado solicite su traslado a una instalación militar o policial para que, bajo la comodidad y “vigilancia” de los uniformados empiece a pagar la larga condena que le impuso la justicia al hallarlo “penalmente responsable de concierto para delinquir agravado y homicidio agravado, como concurso de delitos de lesa humanidad”.

El tratamiento especial que recibirá el hermano del expresidente Uribe es propio de un sistema judicial que reproduce el clasismo y confirma el sentido de realidad del refrán popular que dice “la justicia es para los de ruana”, que para este caso da vida a la frase “la cárcel es para los que no tienen contactos políticos”.

De acuerdo con el sentido de la condena, Santiago Uribe es un peligroso patibulario que, en un sistema judicial serio, debería de estar recluido en una cárcel de máxima seguridad y no en las cómodas instalaciones castrenses a las que muy seguramente será trasladado para que purgue allí su condena, sobre la que no queda recurso judicial alguno.

El uso de batallones y escuelas de formación de oficiales y suboficiales de la policía para albergar a criminales de cuello blanco termina por consolidar un proceso que llamo “Inpecnización[1]” de la Policía y el Ejército. Se trata, sin duda alguna, de una desviación misional de las instituciones comprometidas en estos inmorales procedimientos de custodia que además de clasistas, instrumentalizan a los uniformados que se ven abocados a actuar como si fueran guardianes del INPEC. Una pérdida de prestigio para los oficiales y suboficiales designados para hacerse responsable de garantizarle a criminales de cuello blanco la mejor estadía a los condenados. Quizás de esas garantías dependan futuros ascensos o traslados para los uniformados-carceleros designados para la innoble tarea de cuidar perfumados criminales.

Convertir las instalaciones castrenses en Centros de Reclusión Militar para que bandidos de cuello blanco purguen sus condenas o medidas de aseguramiento en desmedro, por ejemplo, de los miembros de la reserva que pagan condenas por delitos menos graves en cárceles como La Picota es una muestra clara de que esas decisiones están fundadas en una práctica clasista que aporta a la naturalización del refrán arriba mencionado.

Las temporadas de veraneo que criminales de cuello blanco pagan en unidades policiales y militares constituye también una afrenta y burla a sus víctimas que ven como jueces, periodistas y otros agentes societales minimizan la comisión de delitos de lesa humanidad perpetrados por quienes saben que serán recluidos en cómodas habitaciones y bajo los cuidados de encopetados oficiales y suboficiales que jamás imaginaron estar al mismo nivel de los guardianes del INPEC.



[1] Llamo “Inpecnización” al proceso mediante el cual las instalaciones policiales y militares, junto con los uniformados, se convierten en lugares de reclusión y carceleros de toda suerte de condenados de cuello blanco (verdaderos bandidos) que pagan sus condenas en cantones por consideraciones de clase.

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