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miércoles, 22 de julio de 2026

HABLEMOS DE DISPOSITIVOS RETÓRICOS

 

Por Germán Ayala Osorio

 

En política y en particular en coyunturas electorales los candidatos presidenciales, presidentes y políticos en general apelan a dispositivos retóricos para persuadir, motivar y despertar emociones en una sociedad como la colombiana en la que sus ciudadanos son proclives a explicarse las realidades construidas mediáticamente y aquellas frutos de sus propias experiencias, a partir de sentimientos muchas veces primarios, alejados de cualquier posibilidad de discernir sobre ideas, desde el pensamiento sistémico y categorial; no se apela  a conceptos y hechos porque se prefieren las nociones, los prejuicios, preconceptos y las lecturas de clase. 

Desde el plebiscito por la paz de 2016 millones de colombianos aún prefieren apelar a la falacia ad hominen para atacar y someter a ese Otro al que asumen como enemigo por el solo de hecho de no pensar como ellos. Los miedos a exponer sus certezas, miedos y la debilidad argumental los hace proclives a atacar a la persona en lugar de debatir sus posturas y argumentos.

El listado de dispositivos retóricos usados en los últimos años dice mucho de la condición humana de quienes los propusieron, como de los periodistas-editores que los amplificaron por simpatías ideológicas o porque simplemente estaban siguiendo la línea editorial planteada por la empresa mediática. Recordemos algunos: “castrochavismo, neocomunismo, socialismo del siglo XXI, paz con impunidad, paz sí, pero no así”.

Después del proceso de paz de La Habana, académicos como Andrei Gómez Suárez[1] sugirieron que la sociedad colombiana tuvo en ese momento el reto de “tramitar emocionalmente la transición de la guerra a la paz”. Después de un difícil proceso de implementación de lo acordado entre el Estado y las entonces Farc-Ep, el criticado funcionamiento del tribunal de justicia transicional y restaurativa (JEP) y la llegada al poder del primer presidente therian hay que preguntarse si a partir del 7 de agosto los colombianos se deben preparar para “tramitar emocionalmente la transición de la paz total a la guerra total”.

Una primera respuesta va en este sentido: no hubo tiempo para gestionar y prepararnos para esa compleja transición porque los dispositivos retóricos usados durante la campaña presidencial que terminó el 21 de junio con el controvertido y pírrico triunfo de Abelardo de la Espriella estuvieron sostenidos y lo están aún en una fuerte división social y política de la sociedad, a la que se sumó el odio visceral hacia el presidente Petro por haber apelado a dos poderosas figuras retóricas, el “Cambio” y la “Paz Total”, que, después de cuatro años de gobierno progresista, se asumieron engañosas, hiperreales y falaces porque como promesas no se cumplieron y porque arrastraban un incontrastable nivel maximalista, lo que mostró una lectura equivocada de realidades políticas y culturales que las convirtieron en utopías en una sociedad distópica como Colombia.

Con el anuncio del Plan Patriota 2.0, el gobierno de Abelardo de la Espriella dispone del escenario propicio para darle sentido de realidad a sus propios dispositivos retóricos. El primero tiene que ver con la condición identitaria del primer presidente therian de Colombia. De la Espriella se cree un “tigre” que “ruge y muerde duro”. A pesar del desarreglo identitario del presidente electo, la imagen que proyecta con el animal es de protección, fuerza, garra, ataque y depredación, ideas que calzan perfectamente con el ideario neoliberal que él defiende y que se resume en el favorecimiento de las élites, en detrimento de los derechos de las mayorías.

Otras de las figuras retóricas usadas por De la Espriella son “superar la dictadura” y los “momentos de oscuridad” por los que atraviesa el país. En este último recurso ancla su figura retórica emocionalmente más importante: la “patria milagro”. Si la figura del “Cambio” usada por Petro resultó maximalista, la del therian deviene abrumadoramente engañosa y peligrosa por una razón fundamental: De la Espriella ofreció “destripar” a la izquierda, lo que hace pensar en que se trataría de un milagro costoso social, ideológica, cultural y políticamente.  El desprecio hacia el pensamiento divergente y en particular hacia el progresismo lo llevó a romper con la tradición republicana de posesionarse en la Casa de Nariño, para hacerlo en una guarnición militar para evitar así el encuentro con el presidente saliente, Gustavo Petro. Sin duda alguna, una actitud con un evidente carácter infantil propia de un adolescente que se cree tigre. También puede ser leída como una decisión política de sumisión al poder militar o su exaltación como una forma de prepararse para lo que vendrá para el país con la implementación del Plan Patriota 2.0 y la inclusión de Colombia en el Escudo de las Américas. Es posible pensar que el presidente therian quiere posesionarse en el Cauca, en una guarnición militar, para meter al país en una discusión innecesaria entre civilistas y militaristas. Los congresistas que votarán no a la propuesta, quedarán "fichados" como enemigos de los militares;  y los que dirán sí, alcanzarán el estatus de patriotas, de amigos de la Patria que gritan ¡Firme por la Patria!

Con todo y las figuras retóricas aquí expuestas, la fuerza de esos dispositivos está atada a la histórica incapacidad de millones de colombianos de tramitar los conflictos y las diferencias de manera civilizada y dialogada. A lo que se suma el rechazo y el odio que sienten cientos de miles de connacionales hacia sus procesos de mestizaje. Odian a la "indiamenta" y a la "negramenta". 

Para superar la “polarización” y el odio hay que apostarle a un profundo cambio cultural que supone proscribir la aporofobia, el ethos mafioso (corrupción público-privada), el racismo, clasismo y la supremacía étnica de aquellos que se creen “blancos”, casi arios. Por supuesto que al presidente therian o al therian presidente no le interesa liderar ese proceso de transformación cultural: lo de él es jugar a ser tigre depredador en lo ambiental y destripador, en lo humano y en lo ideológico. 








[1] Autor del libro El triunfo del No, la paradoja emocional detrás del plebiscito. Ícono. 2016.

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