Por Germán Ayala Osorio
La posibilidad de que el
expresidente Gustavo Petro y Claudia López
Hernández limen asperezas y logren reunirse de nuevo en torno a las ideas
progresistas y al Pacto Histórico (PH), suena inconveniente hasta tanto el PH
no haga un auto análisis de lo positivo y negativo que dejó el paso de Petro
por la Casa de Nariño. Además de revisar críticamente el papel que hasta ahora
están desempeñando como fuerza opositora
al actual gobierno.
Para reencontrarse, tanto López y
Petro deben estar dispuestos no solo a tomarse un café y superar las desavenencias
y mutuas acusaciones de traiciones, sino a revisar el lugar que piensan darles
a sus liderazgos de cara a las elecciones regionales, a las presidenciales en
el 2030. Y lo más importante: unirse para enfrentar los desafíos sistémicos-verdaderas
amenazas- que implica para el país, la sociedad, la biodiversidad y el carácter
laico del Estado los visos autoritarios y fascistas de Abelardo de la
Espriella, el primer pastor
y therian en convertirse en presidente de la República.
López Hernández arrastra ya un
fuerte desgaste en su imagen como mujer política. Su oportunismo y “veletismo”
político e ideológico menguaron su legitimidad y carisma, lo que hace pensar en
que su reencuentro con Petro en lugar de servirle a la causa progresista podría
resultar contraproducente. Ese examen lo deberán hacer Petro y López y sus
equipos de trabajo más cercano.
La condición de Petro como
expresidente de la República igualmente puede jugar a favor o en contra del
progresismo en su tarea de “reinventarse” después de reconocer los graves errores
que se cometieron durante el gobierno Petro.
Es claro que se requieren de nuevos
liderazgos y dinámicas. El caso de Iván Cepeda debe ser revisado con urgencia. El
excandidato presidencial y congresista exhibe hoy una imagen desgastada que se
suma a su acartonado perfil academicista y nulo carisma. Es tiempo de mirar los
perfiles de mujeres como la gobernadora del Chocó, Nubia Carolina Córdoba Curi
y la exministra Carolina Corcho. Para ello, el machismo que le impidió a la
segunda convertirse en candidata presidencial debe ser proscrito de las entrañas
del PH. Al igual que las rencillas entre mujeres al interior de esa
colectividad.
El PH debe entender y aprender de
los errores cometidos durante la campaña electoral y revisar muy bien los aciertos
del proyecto populista, con visos fascistas, que encarnó y encarna De la
Espriella. Enfrentar a las granjas
de bots, al discurso religioso, moralizante y peligrosamente estigmatizante
que el actual gobierno dejará consolidado y a la prensa hegemónica que aceptó
sin chistar la censura
oficial a dos periodistas y al caricaturista Vladdo amerita sentarse a analizar
estrategias para enfrentar semejante desafío.
Hay que examinar con juicio el
liderazgo y la forma de gobernar de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum.
Y en particular, el manejo que le ha dado a las siempre conflictivas relaciones
políticas con el degenerado presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.
Los cuatro años en la Casa de
Nariño representaron para el progresismo una oportunidad única para cambiar o
modificar en algo las costumbres políticas en un país como Colombia en el que el
ethos mafioso se naturalizó de tal modo que la política es asumida como una
forma de negocio y bolsa de empleo a la que se llegan de muy diversas maneras
con un solo objetivo: enriquecerse o por lo menos sacar tajadas millonarias.
La idea y propuesta del cambio se
le vendió al país en términos maximalistas y utópicos. Lo mismo ocurrió con la
Paz Total, una suerte de utopía político-militar fincada en una lectura ingenua
de las realidades contextuales de unos grupos armados ilegales que perdieron
hace rato su naturaleza política: son estructuras mafiosas. Punto.
Al final, esa utopía y ese
maximalismo terminaron haciendo parte constitutiva de la espada de Damocles que
pesadamente cayó sobre el proyecto progresista y sus más representativas
figuras: el presidente Petro y su círculo más cercano de áulicos, casi todos
del M-19. Petró dejó por fuera a congresistas que de tiempo atrás venían
luchando en espera del momento de ser gobierno. Pero vendría lo peor: las
pruebas fehacientes que confirmarían que la corrupción pública y privada jamás
será proscrita por una razón fundamental: hace parte de la cultura, esto es, es
una forma de ser y estar en el mundo y relacionarnos.
Que hubo corrupción, por supuesto;
que se cometieron garrafales errores, claro que sí; y que se despreciaron genuinos
liderazgos en los territorios por favorecer a esbeltas figuritas mediáticas que
la prensa hegemónica llamó las “mariposas amarillas” de Petro, resulta innegable.
El caso de Juliana Andrea
Guerrero, confesa y condenada corrupta, confirma que el presidente Petro se
equivocó al “retar al país” con ella por ser “joven y revolucionaria”,
quizás como una manera de ocultar o proteger a quienes estuvieron detrás de esa
figura emergente y prominente en la que quiso convertirse la señora Guerrero. Al
final, terminó mal y afectó en materia grave la credibilidad del Pacto Histórico.
Las fuerzas progresistas están en
mora de auto evaluarse. Y ello incluye examinar con criterio la conveniencia o
no del regreso de Claudia López a las propias huestes. Que lime asperezas con
Petro está muy bien como gesto y mensaje de reconciliación en un país sumergido
en odios y venganzas; pero hay que revisar muy bien lo que aportaría la
exalcaldesa de Bogotá al renovado proyecto político que debe salir si entienden
que deben auto examinarse e incluso repensarse. Lo hecho por los cinco
congresistas del PH en la Comisión de Absoluciones de la Cámara de
Representantes es vergonzoso porque podría significar un pacto
por la impunidad en favor del expresidente y expresidiario Álvaro Uribe
Vélez. Son muchos los temas que deben tocarse al interior de la colectividad si de verdad quieren ser nuevamente alternativa de poder.