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miércoles, 23 de septiembre de 2026

LA NATURALEZA DE LOS "PAROS ARMADOS"

 





Por Germán Ayala Osorio

 

Los “paros armados” que ordenan los grupos criminales organizados y los ataques a batallones o estaciones de Policía no siempre obedecen a retaliaciones por operativos militares o a simples demostraciones de fuerza. Hay casos que obedecen a expresiones claras de gobernanzas armadas. A manera de hipótesis señalo que en ocasiones las arremetidas de las estructuras narcoparamilitares o narcoguerrilleras se explican por incumplimientos de pactos políticos establecidos con agentes estatales, sean estos civiles o uniformados.

La hipótesis planteada tiene sentido y arraigo en las realidades que ofrece la degradación moral de todos los actores armados que participan de las hostilidades y que son responsables de las dinámicas político-militares que dan vida a lo que se conoce, ampulosamente, como conflicto armado interno. Ejemplo de esa podredumbre al interior de entidades del Estado es el registro de casos de oficiales y suboficiales del Ejército que les venden armas al “enemigo”. Y el más emblemático de casos que dan cuenta de esa putrefacción militar es el de las ejecuciones extrajudiciales, llamados por la prensa “falsos positivos”.

He venido sosteniendo en varias columnas que los problemas de orden público ya no pueden ser comprendidos en ese marco simbólico, institucional y político. Es tiempo de repensar esa categoría de conflicto armado interno porque después del proceso de paz de La Habana, la naturaleza mafiosa, criminal, prepolítica y desideologizada que hoy define a esas estructuras armadas por fuera de la ley impide mantener ese pomposo nombre.

De ahí que los esfuerzos por pacificar el país a través de procesos de paz o con acciones propias de la guerra total planteada por el gobierno  del presidente-pastor terminen en fracasos por la dimensión de la corrupción en la que estarían atrapadas unidades policiales, militares, empresarios del campo y otros agentes civiles (políticos) que  sucumbieron ante el poder desestabilizador de las millonarias ganancias que entregan la minería, el contrabando, el tráfico de armas, así como la producción y comercialización de la cocaína. El negocio de las armas es otro factor que juega a favor de la imposibilidad de consolidar la anhelada paz, así sea por las buenas o por las malas. El decomiso del fusil Barret calibre 50 BMG (“Light Fifty") de fabricación estadounidense que le incautaron a los mafiosos de camuflado que se hacen llamar Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada es la prueba de que el tráfico de armas es un negocio tan lucrativo como el de la cocaína. ¿Cómo llegó esa poderosa arma a Colombia? ¿Quiénes son los War Lord, nacionales y extranjeros, que se benefician de la guerra en Colombia?

Hay un elemento sociocultural que también hay que tener en cuenta: las violentas identidades masculinas de los jefes paramilitares y narcoguerrilleros que seducen a cientos de jóvenes que sueñan con obtener poder y plata, factores que potencian las masculinidades de esos adolescentes que crecen en entornos en los que sí o sí, y a como dé lugar, se tiene que demostrar que se es un hombre, un macho. Con plata y armas llegan las mujeres, seducidas o reclutadas de manera forzada, para satisfacer a los machitos.

Así las cosas, los ya probados diálogos de paz, con largas e improductivas conversaciones en mesas de diálogo, terminan sirviéndoles a esas estructuras criminales para recuperar heridos, afianzar procesos internos de adoctrinamiento, actividades de reclutamiento de niñas y niños; y la clausura de negocios y consolidación de las sempiternas relaciones con agentes del Establecimiento local y regional en los territorios en los que operan y son legítimos a pesar de la condición de ilegalidad que exhiben.

Por lo anterior, la puesta en escena protagonizada por el presidente-actor en Santa Marta, sitiada por los paracos de la Sierra Nevada sirve para ocultar una realidad aún más compleja que la ya ofrece el “paro armado” decretado en la turística ciudad costera. El “patrullaje” de Abelardo de la Espriella Otero, con un arma al cinto- al parecer traumática-, por algunas calles de Santa Marta deja ver a un presidente que está cumpliendo su sueño infantil de jugar a la guerra y de eliminar a los “malos”. De la Espriella no conoce la historia del conflicto armado y mucho menos el proceso histórico de la degradación moral de los ejércitos legales e ilegales que participan de las hostilidades. El presidente es miope. Presentarse con una pistola al cinto lo deslegitima como agente civil y lo convierte en el hazmerreír de una sociedad cansada de ver machitos armados en las calles.

Cuando seamos capaces de sincerarnos en el país alrededor de la degradación moral de todos los agentes que participan de manera directa o indirecta de las hostilidades, entonces podremos creer que la solución es la guerra total planteada por De la Espriella o abrir nuevamente y por última vez unos procesos de paz que le aseguren al Estado el control absoluto del territorio nacional. No hacerlo nos llevará a seguir velando civiles y uniformados; y viendo al presidente desfilar por entre cadáveres por otros 50 años más.





PRESIDENTE-COMBATIENTE

 



Por Germán Ayala Osorio

 

Para enfrentar el “paro armado” decretado por las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN), De la Espriella madrugó, con pistola al cinto, radio y chaleco antibalas expuesto, a tratar de poner orden en Santa Marta, ciudad atormentada por las acciones de ese grupo mafioso. Por varias horas, con desmanes incluidos, los delincuentes PARAlizaron la vida social y económica de la ciudad costera y turística.

Horas antes, sobre el cielo samario volaron los destartalados aviones Kfir que de nada sirven para contrarrestar las acciones delincuenciales protagonizadas y azuzadas por un grupo armado que busca afanosamente un tratamiento político que no merece por su propia naturaleza mafiosa. ¿Si estaba claro que el potencial militar de los Kfir no se iba a usar dentro de la ciudad, para qué los sacaron? ¿A quién pensaban disuadir? En ese escenario urbano, asusta más una cucaracha voladora que los vetustos aviones de combate. Un gasto innecesario de combustible en el gobierno de la “austeridad”. Primera escena.

Que el presidente de la República bananera de Colombia patrulle la sitiada ciudad de Santa Marta, a la madrugada, previo control del grupo que compone la avanzada presidencial hace parte del reality en el que parece vivir el jefe del Estado. Desde la campaña, De la Espriella venía abandonando su condición civil para construir el relato de ser un “macho valiente, un berraco, un hombre de armas tomar; el soñado comandante en jefe de las fuerzas armadas; un policía, un militar más”. Bueno, en el pasado el país vio al subpresidente Iván Duque disfrazado de patrullero de la Policía. Una vez el presidente  abandona su condición civil y se convierte en combatiente, así sea para posar ante la cámara oficial, erosiona el principio de distinción, lo que se traduce en un riesgo para la vida de campesinos que conviven en sus territorios con narcoterroristas. Borrado el principio de distinción, los "falsos positivos" (crímenes de Estado), volverán casi de inmediato. 

Con su grito patriótico y el ridículo saludo militar conquistó los corazones de millones de colombianos que anhelaban ver en la Casa de Nariño a un presidente-combatiente, con todo y lo que ello significa en un país incivilizado y violento como Colombia. Hasta los bots que lo votaron, llegaron a sentir simpatía por este “rambo criollo”. Ni el pésimo actor y presidente  gringo, Ronald Reagan se atrevió a tanto. Claro, eran los años 80. Ahora, con redes sociales y el sumiso cubrimiento de la prensa hegemónica es muy fácil convertirse en protagonista de esa Colombia cuya historia, cultura y presente están atadas a las características de la novela negra, incluida la ambigüedad moral de sus protagonistas.

La prensa- hoy abelardista, ayer uribista- entró en el cuadro para consolidar el relato que indica que a Colombia la gobierna un “macho armado”, “un combatiente”, o un depredador (por aquello de que el presidente cree que es un tigre). Con ese cubrimiento mediático, la película de terror que se graba en tiempo real y todos los días en el país le sirve al gobierno para distraer realidades que parece que empiezan a hacerse visibles: disminución del turismo internacional y nacional; crisis económica en Cúcuta y una lenta reconstrucción de las ciudades afectadas por el terremoto del 10 de agosto; la falta de criterio para enfrentar los incendios en zonas biodiversas y la llegada de un devastador fenómeno del Niño. A lo que se suma la censura a la prensa, el control político e ideológico sobre el DANE y el ICBF, así como el veto al presidente de la Andi, que votó orgulloso y confiado por De la Espriella.

La FM, para poner solo un ejemplo del dócil acompañamiento mediático a la transformación del presidente en combatiente, señaló en su cuenta de X que “el presidente Abelardo De La Espriella amaneció patrullando Santa Marta y envió contundente mensaje a los grupos criminales”.

Quizás toda esta puesta en escena y despliegue egocéntrico termine en una declaratoria de emergencia sistémica que claramente pasará los ya invisibles controles de las altas cortes. La arremetida de Abelardo Gabriel contra la JEP asustó a los magistrados que no han dicho nada frente a la amenaza presidencial de cerrar el alto tribunal de paz.

Gracias a los casi 13 millones que votaron por el tigre, por cuatro años veremos a Abelardo Gabriel de la Espriella Otero cumpliendo los roles de presidente-actor, presidente-pastor, presidente-therian y presidente-combatiente. En el 2030 todos podremos evaluar cuál de esos papeles protagónicos merecen ser reelegidos o por lo menos recordados para la segunda temporada 2030-2034.  El espectáculo apenas empieza, así que sírvanse las gaseosas y las crispetas para ver los desarrollos de esa novela negra llamada Colombia.

Adenda: para aquellos que no conocen mucho de la novela negra les dejo este párrafo: “Una de las características que aleja a la novela negra de la novela policíaca es su protagonista. En estas historias no seguimos los pasos de detectives y policías justicieros, con una capacidad insólita para resolver misterios; en su lugar conocemos a detectives privados, policías, jueces, periodistas, políticos corruptos, gángsters, etc., que tienen en común su ambigüedad moral. Los personajes principales están repletos de luces y sombras, por lo que su retrato psicológico pasa a ocupar el interés central del relato frente a la resolución del crimen. Se trata de personas toscas, cínicas, muy proclives a los vicios y que utilizan métodos poco ortodoxos para conseguir sus propósitos”.

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