Por Germán Ayala Osorio
El retiro de varias piezas del
Museo Nacional conmemorativas o alusivas a hechos sociopolíticos como los crímenes
de Carlos Pizarro y Bernardo Jaramillo Ossa, así como al voto de la
Constituyente de 1991 y a la lucha feminista, entre otras más, hace parte de la
“batalla cultural” que el inquilino de la Casa de Nariño y su ministra de
cultura, la poco leída y mentirosa[1]
Paola Holguín lideran contra la propia memoria histórica de la Nación.
Se trata, sin duda alguna, de un ejercicio
de violencia simbólica acorde con el pensamiento ahistórico y negacionista de
quienes votaron por el primer therian que llega al gobierno en más de 200 años
de “República”. De esa acción se desprende la siguiente pregunta: ¿Qué sigue? La
respuesta a ese interrogante muy seguramente se responderá una vez se haga el balance
de víctimas de la violencia estatal (desaparecidos, torturados, asesinados y
encarcelados). Ahí estarán los defensores de derechos humanos, sociólogos,
politólogos, periodistas y fotógrafos, entre otros, aportando para consolidar
la narrativa que dará cuenta de los retrocesos que en todo sentido dejará el
actual gobierno.
Abelardo es un hombre básico,
ordinario, pretencioso, fierabrás, con una precaria formación académica y política
que, vaya contradicción, busca apresuradamente ganarse un lugar en la historia
política del país. En el 2030, si entrega el poder, en el mismo Museo Nacional
que hoy esconde parte de la historia, la administración, de la mano de los
historiadores, tendrán la tarea de abrir un pabellón para exhibir ahí las
frases, gestos, decisiones y hechos que mejor describan las violencias físicas
y simbólicas ejercidas por quien ocupa hoy la casa de gobierno.
Ya hay varios ejemplos que
podrían nutrir ese espacio que ya se está ganando el “depredador cultural” cuya
identidad él mismo asocia a la de un tigre: el primero, por supuesto tienen que
ser todas las piezas publicitarias (videos hechos con IA) en las que aparece el
salvaje felino prometiendo destripar a la izquierda y acabar con la corrupción; el segundo será el risible saludo militar que Abelardo convirtió
en un meme; el tercero, la “pinta” con la que aparece, con arma al cinto y
radio en mano, dizque a patrullar calles
y a darles la bienvenida a delincuentes a la “patria milagro”; el cuarto es la
colección de frases que confirman su megalomanía y su infantil forma de asumir
su rol de presidente de la República: “Aplaudan, por qué no aplauden?; “Ya
van a ver lo duro que muerde el tigre”; “Qué viva Cristo Rey” y “bienvenidos a
la Patria Milagro”. Y el quinto, la censura a las dos periodistas de Blu radio y el hostigamiento judicial contra otros más.
En caso de que en el 2030 haya
elecciones y llegue a la presidencia un hombre o una mujer con formación
humanista y claridades meridianas alrededor de qué significa ser jefe de
Estado, la primera orden que deberá dar al director del Museo Nacional (hoy Nazional)
será de volver a exhibir todas las piezas que Abelardo mandó a recoger y esconder.
Y lo más importante, abrirle un espacio especial al saliente inquilino de la
casa presidencial (sede Barranquilla) para que extranjeros y los propios
colombianos no solo recuperen la memoria que intentó borrarse, sino para reconocer
que en el periodo 2026-2030 la violencia simbólica y física superó a la de los
aciagos gobiernos de Turbay Ayala, Álvaro Uribe Vélez e Iván Duque Márquez, tres
representantes de esa Colombia facha y premoderna que se resiste a evolucionar.
A pesar de que estamos en la “patria
milagro”, hasta ahora el único milagro visible pero aún no reconocido por la
curia es que resucitó más rápido el inefable presidente del cuatrienio 1978-1982,
que el propio Jescucristo, el mesías que millones de colombianos, incluido
Abelardo, esperan que regrese.
[1] Afirmó ser magíster, pero jamás obtuvo el diploma que
la acreditara como tal. Cuando una persona dice ser “magíster o tener un doctorado”,
se supone que se graduó. Holguín debió decir “cursé tal maestría, pero no
obtuve el certificado”. Por lo tanto, mintió. Y al que dice mentiras se le
llama mentiroso.
