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martes, 20 de octubre de 2026

¿QUÉ PASÓ CON LA CATEGORÍA POSCONFLICTO?




Por Germán Ayala Osorio

 

Han pasado por lo menos 26 años desde que el país académico y político empezó a reconocer y usar con fines dialécticos la categoría Posconflicto. Son innumerables las publicaciones y disertaciones alrededor de dicha nomenclatura sobre la que parece haber consenso de su problemático carácter y el sentido polisémico que la acompaña. Huelga recordar el texto La construcción del posconflicto en Colombia, enfoques desde la pluralidad, publicado por la Fundación Friedrich Ebert Stiftung (Fescol en Colombia), una de las primeras reflexiones que circularon en la academia en el 2003.

Su aparición y las discusiones generadas parecen haberse diluido en el tiempo. Ya poco se habla de Posconflicto como escenario de futuro en un país en el que las múltiples violencias aportan a la consolidación de una narrativa fatalista y estigmatizante en la que la búsqueda de la Paz se asume hoy, con el gobierno de Abelardo de la Espriella, como un yerro político e incluso como una forma en la que se concretan y visibilizan simpatías ideológicas y programáticas con los grupos armados ilegales que aún le disputan al Estado extensos territorios, su legitimidad y soberanía. Hablo en particular del ELN y de las disidencias farianas.

Para explicar el olvido, la negación o la desaparición de la categoría Posconflicto lanzo la siguiente hipótesis: Si bien el proceso de negociación política de La Habana entre el Estado y las entonces Farc-Ep y el triunfo del No en el Plebiscito por la Paz de 2016 avivaron el desarrollo y la discusión conceptual y la viabilidad política y sociocultural del Posconflicto como escenario posible, anteriores dinámicas políticas, sociales y económicas resultaron simbólica y políticamente determinantes en la construcción de un imaginario negativo en torno a esa idea de Posconflicto que oscila entre la negociación política con miras a superar el conflicto social y armado del país y por supuesto, la posibilidad de que haya vencidos y vencedores, circunstancia que aún no sucedió. De esas dinámicas políticas, sociales y económicas destaco en el mismo orden la naturalización de la idea de que era posible acabar militarmente con las guerrillas. Bajo esa ilusión Uribe Vélez y sus áulicos justificaron la reelección presidencial inmediata y la búsqueda de su tercer periodo, anhelo en el que se atravesó la Corte Constitucional con ponencia del magistrado Humberto Sierra Porto; el evidente cansancio de sectores societales que vieron que la arremetida armada estatal durante los ocho años de Uribe contra las guerrillas, en particular contra las Farc-Ep no arrojó los resultados esperados, fueron aportando a la proscripción de la señalada categoría y a la naturalización de la idea de que solo sirve dar bala y más bala; de la mano de ese hartazgo social vino el giro político del gobierno Santos quien decidió jugársela por la paz, más convencido de poder ganar el Nobel de Paz que finalmente le otorgaron, que de verdad apostarle a la construcción de las condiciones que le permitieran al país transitar hacia escenarios de Posconflicto. Una vez las Farc-Ep abandonaron los territorios en los que fungían como autoridad bajo condiciones de legitimidad forzada, Santos cometió el gran error de no copar esos territorios.

En cuanto a las dinámicas económicas estas están ancoradas a dos circunstancias: la primera, la conversión de las estructuras armadas ilegales en mafias de camuflado a pesar de mantener las ínfulas revolucionarias y el afianzamiento del modelo neoliberal y la privatización del Estado. Esta última condición haría prácticamente imposible pensar y diseñar escenarios de Posconflicto en los que fuera posible “construir una paz extensiva al tejido social, estable y duradera donde los conflictos encuentren cauces de resolución política por fuera del retorno a las armas”; a lo que habría que sumar reformas conducentes a la justicia social y a la desaparición de la violencia estructural que estuvo en la génesis del conflicto armado”.

La lenta y progresiva proscripción del vocablo Posconflicto vino de la mano del afianzamiento del relato uribista, atado a la aplicación de la Seguridad Democrática, en el que se destacan elementos como la doctrina de seguridad nacional y la extensión de la concepción del enemigo interno a defensores de los derechos humanos, pacifistas y comunidades que seguían insistiendo en una salida negociada a las hostilidades, acompañada de la necesidad de pensar en escenarios de superación de las circunstancias, subjetivas y objetivas, que legitimaron el levantamiento armado en los años 60.

Con la llegada de Abelardo Gabriel de la Espriella Otero a la Casa de Nariño, la posibilidad de retomar la nomenclatura Posconflicto es prácticamente nula por una razón: la Paz y los pacifistas son vistos por el actual gobierno como “enemigos de la patria”. Así las cosas, la “muerte” de la categoría Posconflicto es consecuencia también de la consolidación del relato político y periodístico fruto del triunfo del No en el plebiscito por la paz que indica que quienes en el pasado votaron Sí al acuerdo de paz de La Habana son “malos ciudadanos” y los que negaron la legitimidad del tratado de paz son los “buenos” que hoy defienden con la fe del carbonero la Patria Milagro.

¿QUÉ PASÓ CON LA CATEGORÍA POSCONFLICTO?

Por Germán Ayala Osorio   Han pasado por lo menos 26 años desde que el país académico y político empezó a reconocer y usar con fines dia...