Por Germán Ayala Osorio
La partida de Antonio Navarro Wolf se produce en medio de una coyuntura sociopolítica y una desafiante y quizás inédita persecución mediática que puede terminar en un “asesinato moral”. En la primera, el protagonista es Abelardo Gabriel de la Espriella Otero, quien cada vez más se parece a lo que Bukele y Milei vienen haciendo en sus países. Para el caso de El Salvador, violar los derechos humanos de cientos de ciudadanos encarcelados sin garantías procesales; y para el caso de la Argentina, el evidente desmejoramiento de las condiciones de vida de millones de gauchos que no llegan a fin de mes. El patrullerito de la noche confronta para la televisión a bandiditos de poca monta y con la reforma tributaria que presentó al Congreso, terminará de afectar la economía y la vida de millones de compatriotas asalariados.
Para la segunda el protagonista estelar
es Gustavo Francisco Petro Urrego, “víctima”
de Semana, actor político con funciones moralizantes. El expresidente, por no cuidar su
vida privada, hoy está siendo "juzgado" por periodistas abelardistas que
necesitan condenarlo y asesinarlo moralmente para deslegitimarlo como líder del
Pacto Histórico (PH), de la izquierda y el progresismo. Ya poco importa si lo
de la red de las “mariposas amarillas” resulta verdad, pues una parte del país ya
lo condenó. Se trata, por supuesto, de una condena moral en una sociedad
mojigata, farandulera, hipócrita, homofóbica, machista, bochinchera, gazmoña, pacata, creyente y
fanática. Ojalá aparezcan las pruebas que prueben que se entregaron contratos a
mujeres a cambio de favores sexuales. En ese escenario, lo mejor sería que el
expresidente dé un paso al costado y se retire de la vida pública. Resulta a todas luces insostenible la narrativa progresista alrededor de la defensa de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, cuando esa tipo de prácticas de dominación machista se normalizaron durante el cuatrienio de Petro.
A juzgar por la historia política
de Navarro Wolff, uno de los tres presidentes de la Asamblea Nacional
Constituyente y los positivos comentarios que se leen en la red X en torno a su
perfil y trayectoria, ni Petro y ni Abelardo le dan la talla al exalcalde de
Pasto y gobernador de Nariño. Ambos exhiben una incontrastable megalomanía.
De cara a las elecciones de 2030
la izquierda y el progresismo deben fijarse el propósito de recuperar la Casa
de Nariño para reversar todas las contrarreformas impulsadas por Abelardo con
las que claramente busca beneficiar a los más ricos del país y atacar a la
clase media y en general al pueblo trabajador.
Que la partida de Navarro Wolff
sirva para revisar los liderazgos del progresismo y la centro izquierda. Si el
expresidente Petro sale avante del asedio mediático y demuestra que se trata de
infundios de Semana, el proyecto político progresista mantendría su legitimidad
social y política. La figura de Iván Cepeda Castro debe someterse a una especie
de “reingeniería mediática”, a partir del reconocimiento de los errores
cometidos durante la campaña presidencial.
El mundo de las redes sociales demanda
abandonar el perfil acartonado que arrastra Cepeda. Si en las huestes del Pacto
Histórico van a mantener la idea de que el país no está preparado aún para que una
mujer gobierne, entonces y dada la instalación de la narrativa moralizante
contra “pecadores”(mujeriegos) que la derecha abelardista está promoviendo y naturalizando
a partir de la vida íntima de Petro, entonces es hora de que emerja un hombre cuya vida sexual esté resuelta para que no haya una “agenda privada” que genere las sospechas y suspicacias que generó Petro una
vez instalado en la Casa de Nariño. Si por el contrario entienden que es tiempo
de jugársela con una candidata, entonces al interior del Pacto Histórico están
obligados a abandonar las luchas intestinas que confirmaron prácticas machistas,
incluso de mujeres muy cercanas a Petro que se atacaron entre ellas y que aceptaron sin chistar la imposición de la candidatura de Cepeda por el hecho de ser hombre.
Insisto. La muerte de Navarro Wolff ha de servir para revisar muy bien los perfiles de las y los posibles precandidatos y candidatos presidenciales de cara a las elecciones de 2030. Carlos Gaviria Díaz y el propio Navarro son ejemplos que deben estar presentes en quienes le apuestan a mantener al PH como una opción real de poder. El progresismo debe aprender de los errores cometidos por Petro y entender que fueron muchos los “papayazos” que les sirvieron en bandeja de plata a la prensa del Establecimiento. Sobrevivirá el proyecto político progresista si logran distanciarse ética y moralmente de los candidatos de la derecha, pues ahí siempre estará la prensa tradicional para juzgar a los progresistas, mientras oculta o minimiza las andanzas de los que militan en las huestes de la derecha.
Paz en la tumba de Antonio Navarro, palabra que
sí y que regrese la idea del “sancocho nacional”. Se fue un referente.
