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domingo, 6 de septiembre de 2026

EN COLOMBIA NO HAY NIÑAS NI CAMPESINOS


Por Germán Ayala Osorio

 

En un país clasista, aporofóbico y racista como Colombia y que además desdice de su proceso de mestizaje, la eliminación o el no reconocimiento identidades es consecuencia de esos sentimientos muy propios de la derecha.

Con la instalación en la Casa de Nariño de Abelardo de la Espriella, borrar a las niñas del lenguaje institucional del ICBF (Instituto Colombiano de Bienestar Familiar) fue la primera decisión que confirmó que efectivamente hay en el gobierno la intención manifiesta de borrar, anular, eliminar o deslegitimar todas las luchas que impliquen la defensa de los derechos de las niñas y mujeres, asumidas por los agentes del movimiento político Salvación Nacional y en general por los abelardistas como instrumentos para recuperar la tasa de natalidad que viene en declive y satisfacer los deseos sexuales de los hombres autorizados para decidir sobre sus cuerpos y maternidad. Les inquieta y molesta en grado sumo que las mujeres aplacen la maternidad, el número de hijos e incluso decidan no tenerlos. Lo consideran decisiones caprichosas, irresponsables, egoístas y contra natura porque por mandato divino, sí o sí, deben traer niños y niñas al mundo.

La desaparición de las niñas del lenguaje institucional no puede reducirse a una acción administrativa y semántica. No. Es apenas el inicio de lo que les deparará a las adolescentes y finalmente a las mujeres cuando ese mismo país godo les exija ser madres y les impida abortar así hayan sido víctimas de violaciones o estén a merced de varias de las circunstancias en las que la Corte Constitucional despenalizó la práctica del aborto.

Empezaron con las niñas. Ahora, el portal La Silla Vacía informa de un instructivo que la Agencia Nacional de Tierras les hizo llegar a los contratistas de esa entidad. En el documento oficial el término “campesino” se remplaza por “productores rurales” y se prohíbe hablar de “reforma agraria”. Se recomienda hablar de “acceso a tierras” o “formalización”. Parece un capricho lingüístico, pero no lo es. Mucho menos se trata de un asunto semántico o una decisión de estilo para la escritura de informes oficiales. La intención es clara: desconocer las identidades colectivas e individuales del campesinado asociadas a sus históricas luchas por consolidar una verdadera reforma agraria a la que se vienen oponiendo los grandes terratenientes y ganaderos que votaron por De la Espriella. El Pacto de Chicoral, firmado entre congresistas, terratenientes y latifundistas para frenar los procesos y avances de la reforma agraria implementada por gobiernos anteriores al de Misael Pastrana Borrero, responsable político de la firma de ese pacto, es el más vivo ejemplo de las pretensiones de la derecha colombiana por someter y acabar física y simbólicamente con el campesino. 

Reconocido como sujeto de derechos en el acto legislativo 01 de 2023 en el que se lee que “el campesinado es sujeto de derechos y de especial protección, tiene un particular relacionamiento con la tierra basado en la producción de alimentos en garantía de la soberanía alimentaria, sus formas de territorialidad campesina, condiciones geográficas, demográficas, organizativas y culturales que lo distingue de otros grupos sociales”, llamarlos “productores agrícolas” constituye un retroceso identitario y un acto de anulación histórica de sus luchas agrarias.

Es apenas obvio que el gobierno del pastor-presidente está empeñado en anular aquellas identidades colectivas e individuales porque devienen atadas a luchas de reivindicación de derechos, asumidas por la godarria como subversivas en el sentido en que subvierten el orden y por esa vía apuntan a erosionar la hegemonía del hombre blanco, culto y propietario de grandes extensiones de tierra usadas para impulsar la producción agrícola sin campesinos. El modelo de la gran plantación del Valle del Cauca, con el monocultivo de la caña de azúcar, es el mejor ejemplo que hay para hablar de campesinos “descampenizados” o de agricultura sin campesinos (Uribe Castro, Hernando).

La manera como termina el referido acto legislativo debe generar urticaria en las huestes abelardistas que hoy están detrás de la anulación física y simbólica de las niñas, mujeres y de la población campesina: “Los campesinos y las campesinas son libres e iguales a todas las demás poblaciones y tienen derecho a no ser objeto de ningún tipo de discriminación en el ejercicio de sus derechos, en particular las fundadas en su situación económica, social, cultural y política”.

La guerra total contra las organizaciones criminales tiene el doble propósito de derrotarlas militarmente y de sacar de sus tierras a los campesinos que sobreviven en medio del fuego cruzado. Una vez logrado el desplazamiento forzado de cientos de miles de familias campesinas, ganaderos, latifundistas, empresas mineras y narcotraficantes llegarán a ocupar esas tierras para someterlas sus insostenibles lógicas de aprovechamiento y explotación. Así entonces, el gobierno y sus áulicos podrán recuperar la idea con la que el uribista José Obdulio Gaviria, primo hermano del asesino serial Pablo Emilio Escobar Gaviria propuso no hablar de “desplazados”, sino de “migrantes internos”. Luego, el títere-presidente, Iván Duque Márquez planteó dejar de hablar de masacres, para llamarlas “homicidios colectivos”.

Si se presenta una próxima masacre de campesinos, entonces la prensa y el gobierno, que trabajan coordinados, registrarán el hecho de esta manera: “aparecen muertos varios productores rurales, al parecer se trata de un homicidio colectivo”. Eso sí, los sobrevivientes, que siempre los hay para contar cómo sucedieron los hechos, serán aleccionados para griten que se salvaron gracias a la Patria Milagro.

¿Qué sigue? Mañana dirán que no hay derechos, que solo hay deberes. Que no se hablará más de democracia, sino de Patria Milagro...


EN COLOMBIA NO HAY NIÑAS NI CAMPESINOS

Por Germán Ayala Osorio   En un país clasista, aporofóbico y racista como Colombia y que además desdice de su proceso de mestizaje, la e...