Por Germán Ayala Osorio
A cuentagotas y como estaba previsto,
el gobierno de Abelardo de la Espriella le va dejando claro a los colombianos
para dónde va, pero sobre todo qué significa aquello de la Patria Milagro. Se
trata, por supuesto, de un proyecto regenerador, violento, oscurantista, retrógrado,
premoderno y ultraconservador guiado por la gracia divina. En medio de la
tragedia por el terremoto, el pastor-presidente dijo que “las cosas de Dios,
queridos compatriotas, solo Dios las sabe. Él decidió ponernos en esta
prueba tan dura y, en su sabiduría, lo hizo justo el día en que comenzó mi
mandato”. De esa manera niega las explicaciones científicas y
racionales. Todo queda reducido a la voluntad divina, lo que por supuesto se convierte
en una peligrosa manera de ver las realidades y las complejidades del ser humano.
La desafortunada frase ha de
servir para explicar en adelante todas las decisiones y posturas que su gobierno
adopte o las que a bien tengan tomar quienes dirigen instituciones estatales. En
esa lógica divina, la directora del ICBF, Carolina Restrepo, decidió borrar del
lenguaje institucional la palabra niña por considerar, esta especie de “Tronchatoro”
criolla, que “cuando hablamos de niñez, hablamos de todos los niños y todas
las niñas del país”.
La señora Restrepo desestimó lo
expresado en la ley 1098 de 2006- Código de la Infancia y la Adolescencia-, que
en su artículo 2 señala que el Estado colombiano se obliga a la
protección integral de "los niños, las niñas y los adolescentes".
La distinción no es un capricho ideológico: se trata de hacer
reconocimientos y tratamientos diferenciados que deben hacerse al momento de
enfrentar, por ejemplo, necesidades, problemas y las constantes violaciones a
los derechos de las niñas, niños y adolescentes de parte del propio Estado, miembros
de los grupos armados ilegales y legales; de los pastores y curas pederastas y
pedófilos que abundan en Colombia y que la curia protege; y de miembros de
familias poderosas cuyos hijos tienen “mañas” con las que violan niñas y niños ajenos. Por supuesto, esas violaciones no trascienden a los medios porque la élite los controla.
Al quitar la palabra niña del
lenguaje institucional se devela la intención de “Tronchatoro”, en línea con la
apuesta cultural del gobierno de Abelardo de la Espriella Otero y su batalla cultural: desconocer las luchas políticas y sociales dadas por
agentes feministas, liberales y progresistas con las que se lograron cambios
sustanciales en las maneras como la sociedad hoy reconoce el papel fundamental
de la Mujer más allá de los roles dominantes de cuidadoras, amas de casa y
esposas abnegadas cuyas vidas únicamente estaban al servicio de satisfacer sexualmente
a los machos y garantizar la reproducción humana. Al eliminar el vocablo niñas se
anulan las diferencias que existen entre las menores y los niños cuyos privilegios,
preponderancia y dominancia el ICBF, de la mano del gobierno, quieren devolver
en detrimento de las libertades y los derechos de las niñas. Solo les falta anunciar
que las ahora inexistentes niñas tienen ya el camino trazado para sus vidas:
estar a la sombra de los niños y en la adultez, sometidas a la cultura
machista. Más claro: regresar a la cocina y garantizar, sí o sí, la reproducción
porque el país se está envejeciendo por la reducción de la natalidad por cuenta
del feminismo y la toma de conciencia de las mujeres.
Las diferencias entre los
animales no humanos y nosotros los animales humanos es la creación de cultura y
la capacidad de nombrar las cosas, los hechos y fenómenos. Lo que no se nombra
o no se le da un nombre, no existe o simplemente queda reducido a “cosa” o a un
simple “eso” que no determina con claridad a qué se refiere.
Bienvenidos al pasado, señoras y
señores que votaron por la patria milagro. La señora Restrepo o “Tronchatoro”
ya dejó ver su talante conservador con dos hechos: el primero, retiró un mural en el que aparecía
la frase Resistencias Chiquitas, la que consideró indebida políticamente; y el segundo,
prescindir el uso de “niña” en las comunicaciones de la institución que
preside. Lo cierto es que la batalla cultural ya empezó. Y lo hizo borrando los
derechos y las singularidades de las niñas y por tanto, de las mujeres del mañana. Recuerden que Abelardo defiende la familia tradicional: hombre proveedor, preñador, mujeriego y violento; mujer sometida y resignada; hijos hombres con derechos y privilegios; niñas subordinadas y lo que es peor, inexistentes.