Por Germán Ayala Osorio
A pocos días de cumplir dos meses
al frente del Estado, De la Espriella va dejando claro su desprecio por la
institucionalidad privada y estatal y la separación de poderes. Son tres
arremetidas que confirman ese ultraje que ya define su talante que lo acerca al
de un dictador bananero: la primera, reducir el presupuesto de la JEP
para asfixiarla y evitar que continúe con su tarea de juzgar moralmente a criminales
de lesa humanidad, en particular a los agentes estatales involucrados en la
sistemática práctica de las ejecuciones extrajudiciales (falsos positivos).
Adicionalmente, en el Congreso
las bancadas gobiernistas tramitan una ley para que los fallos y las
investigaciones de ese tribunal de paz terminen en la Justicia Penal Militar; el
segundo ataque institucional tiene que ver con el veto,
que según la estafeta-periodista, Vicky Dávila, impuso al presidente de la
ANDI, Bruce Mac
Master; y el tercero tiene que ver con la amenaza que lanzó contra particulares
y operadores judiciales, incluidos a los magistrados de las altas cortes, en particular
a los de la Corte Constitucional, que sigan oponiéndose a la fumigación de los
cultivos de uso ilícito. Y eso incluye a jueces de primera y segunda instancia
que sigan fallando tutelas que frenan la aspersión aérea con peligrosos herbicidas.
En su tradicional lenguaje
desafiante, hablado y corporal, Abelardo
Gabriel de la Espriella Otero y en medio de otra de sus puestas en escena,
espetó lo siguiente: “Como presidente de la República he dado la orden desde
el primer día que llegué de reiniciar la fumigación de los cultivos ilícitos
y nos hemos encontrado con toda suerte de trabas para ese propósito dentro del
Estado colombiano y fuera de él. Y quiero decirlo claro, todo aquel que se
oponga a la fumigación de ese cáncer sea un funcionario o un particular está de
alguna manera ayudando a que ese fenómeno de extienda. Lo anterior debe
ser revisado con detenimiento por la justicia norteamericana porque aquellos
que están obstaculizando la fumigación están indirecta o directamente patrocinando
que las calles de los Estados Unidos, de Europa y de otras latitudes
del mundo se llenen de cocaína; Colombia hoy está produciendo el 80% de la
cocaína que consume el mundo. La fumigación va y lo voy a lograr porque
si queremos que haya seguridad hay que acabar con el combustible que la
financia. Lo haré, cueste lo que cueste”.
Vamos por partes, como diría Jack
El Destripador porque en su deshilvanada perorata hay elementos interesantes
para analizar y comentar. Lo dicho por el presidente de la República
constituye, sin ambages, una amenaza. Al poner en manos del gobierno de los Estados
Unidos y de su aparato judicial la suerte de quienes se opongan a las
fumigaciones de los monocultivos de coca, De
la Espriella ya no actúa como presidente de los colombianos, sino como
agente federal gringo por su condición de ciudadano norteamericano, con todas
las obligaciones morales que conlleva llevar esa ciudadanía. En su monserga
político-legal, a De la Espriella habla de cultivos ilícitos. No, presidente,
no hay cultivos ilícitos. Es el uso el que los que convierte en ilícitos. Y no
se trata de mera semántica. Es un asunto conceptual de fondo.
Sigamos. A De la Espriella le
preocupa que la cocaína colombiana circule en las calles de los Estados Unidos,
el país al que juró defender y honrar sus intereses extraterritoriales y en
particulares los que tienen sobre Colombia: los minerales de las llamadas “tierras
raras”, el agua y otros recursos de la biodiversidad. Poco o nada le preocupan
los efectos ecológicos, sanitarios y socioambientales que generan el uso de herbicidas
como el glifosato y ahora Glufosinato de amonio, potencialmente más dañino que
el primero, de acuerdo con los expertos. ¿Con qué empezarán los gringos a
perseguir a quienes se opongan al envenenamiento de los suelos y las aguas, a petición
de Abelardo Gabriel? ¿Les quitarán las visas o se atreverán a abrirles procesos
penales en USA por ser “cómplices” de organizaciones narcotraficantes y
terroristas?
De la Espriella prejuzga y casi
que condena a quienes se expresen, a través de sentencias, columnas o meras
opiniones, a la fumigación con peligrosos herbicidas los cultivos de uso ilícito:
los tildó de patrocinadores, aupadores y legitimadores del consumo de cocaína
en el mundo. Eso es supremamente grave. Si la rama judicial, juristas serios, la
academia y sectores del Establecimiento que ya están sintiendo los efectos
negativos de haberlo votado no se expresan e intentan frenar los ímpetus del
jefe del Estado, no se extrañen que el día de mañana ordene la captura de un
columnista, periodista o juez de la República que se exprese en contra de la
aspersión aérea sobre cultivos de coca con Glufosinato de amonio, el peligroso
defoliante con el que pretenden volver a fumigar cultivos de pan coger y los de
coca.
Ya en el pasado el entonces presidente
Álvaro Uribe, en un consejo comunal en Buenaventura, ordenó detener a un funcionario
señalado de corrupto. Una vez presentado ante un juez, el operador judicial lo
dejó en libertad.
Terminó su contundente amenaza el
presidente de la República con esta sentencia: “la fumigación va”.
Es decir, por encima de jueces, de las advertencias de ecólogos, biólogos y
ambientalistas el jefe del Estado colombiano logra cumplir la orden que le dio
su jefe y conciudadano, Donald Trump: fumigar, fumigar y fumigar.
Pero, así como Abelardo Gabriel
de la Espriella Otero ya deja claro que su talante no es propiamente el de un
demócrata, también naturaliza sus problemas para construir discursos medianamente
coherentes. Es tal su incapacidad para articularlos, que a cada momento acude a
leer papelitos. El final de la arremetida aquí consignada se puede calificar de
“cantinflesca”. Lean: “La fumigación va y lo voy a lograr porque si
queremos que haya seguridad hay que acabar con el combustible que la financia”.
Sin comentarios, señor juez. O quizás sea mejor decir: No comment, your
honor.
Preocupa el atronador silencio de
las altas cortes, de la Academia, de las asociaciones de juristas y abogados;
de los ambientalistas, ecólogos y biólogos. Que no vaya a pasar que terminemos reescribiendo
el famoso poema de Martin Niemöller, atribuido a Bertol Brecht: “Cuando
los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era
comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque
yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no
protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a buscar a los judíos,
no pronuncié palabra, porque yo no era judío. Cuando finalmente vinieron a
buscarme a mí, no había nadie más que pudiera protestar.”
Algo así como, “Cuando los
gringos, de la mano de las autoridades colombianas, vinieron por los opositores
de las fumigaciones con peligrosos herbicidas los cultivos de uso ilícito,
guardé silencio…”