Por Germán Ayala Osorio
En estos tiempos en los que la
razón instrumental y la bestialización de la humanidad confluyen en el
ejercicio del poder político, el saber-pensar para explicar los orígenes,
intereses y efectos de los hechos que dan cuenta de ese proceso de deshumanización
se convierte en el último esfuerzo para tratar de detener lo que viene
sucediendo en el mundo.
Sobre esos hechos, atados a una
selecta misantropía, señalo el genocidio en Gaza a manos del ejército sionista
de Israel como su más terrible ejemplo, así como las consecuencias del
arrasamiento de la Amazonia brasilera y colombiana y la negación del cambio
climático; también, la complacencia de ese fantasma llamado “comunidad
internacional” con orates como Netanyahu y Trump, y los seguidores de este
último que mandan- no gobiernan- en varios países de América Latina; y no puede
dejar por fuera a lo que algunos llaman el “neoliberalismo religioso” del que
hacen parte evangélicos, católicos y cristianos que se oponen al aborto, pero
aplauden el genocidio contra el pueblo palestino.
A lo anterior se suman las redes
sociales convertidas en el refugio de millones de adolescentes que huyen de sus
entornos familiares en los que las pocas preguntas que sobre la vida se hacen sus
padres, los ahuyentan y lanzan a esos entornos digitales en los que no hay
“rollos”, solo diversión. Esas mismas redes sociales resultaron determinantes
en las recientes elecciones de Brasil
y Colombia. En las de aquí, el estratega del ganador de la contienda electoral
reconoció que “las elecciones se ganan entendiendo emociones y
sentimientos”. El desprecio por el saber-pensar fue evidente. Ahora
manda el algoritmo.
Las protestas en varios países europeos,
en la propia tierra del Tío Sam y las recientes movilizaciones en Chile y Colombia
contra los gobiernos de Katz y De la Espriella dan cuenta de una problemática
global que mucho tiene que ver con el saber-pensar que, curiosamente se debilita
como propósito de universidades privadas que se la jugaron decididamente por el
modelo
virtual y la falta de rigor académico que lo acompaña y que se fortalece
con el uso de la IA en la construcción de ensayos y en otros ejercicios
reflexivos propios de la academia.
En la Crítica de la razón cínica,
Peter Sloterdijk señala que “la antigua socialdemocracia había anunciado el
lema «saber es poder» como una receta prácticamente racional. Y en ello no se
lo pensó mucho. Se consideraba que había que aprender algo adecuado para,
posteriormente, tenerlo más fácil. Una confianza pequeñoburguesa en la escuela
era la que había dictado la frase. Esta confianza está hoy día en
descomposición. Solamente entre nuestros jóvenes y cínicos estudiantes de
medicina hay una línea nítida que lleva de la carrera al standard de vida. Casi
todos los restantes viven con el riesgo de aprender para el vacío. Quien no
busque el poder, tampoco querrá su saber, su equipamiento sapiencial, y quien
rechaza a ambos ya no es, en secreto, ciudadano de esta civilización.
Son numerosos los que ya no están dispuestos a creer que habría que «aprender
algo» primeramente para, después, tenerlo un poco más fácil”.
Aunque no es exclusivo de esta época,
hay quienes aspiran hoy a gobernar y tener poder con los menores elementos conceptuales
y menor conocimiento alrededor de la condición humana porque les facilita las
cosas y la vida misma a la hora de ordenar o mandar. Y no hablo exclusivamente de
aspirantes a convertirse en presidentes de la República, también tienen ese
mismo perfil empresarios, dirigentes gremiales, CEO, gerentes, influenciadores
y rectores. Eso los hace proclives a despreciar la vida de los intelectuales,
escritores, artistas, poetas y librepensadores, en especial cuando estos
defienden ideas y conquistas liberales, derechos humanos y los de la Naturaleza.
Para el caso colombiano, es
visible la negación del saber-pensar en quienes votaron por el proyecto de
profundización neoliberal y “contrarrevolución
cultural” que encarna el presidente, sus ministros y los cientos de miles
de aúlicos que le aplauden sus “patrullajes” y sus “bienvenidas” a la patria
milagro que hace a bandiditos de poca monta a los que confronta e intimida a corta
distancia.
De la Espriella no ha exhibido en
sus ya casi tres meses de gobierno una sola reflexión profunda en torno a la
vida, al modelo de desarrollo, o al cambio climático. En sus alocuciones no hay
cabida para ese tipo de disquisiciones porque, a pesar de ser un profesional,
el saber-pensar no lo motiva a despertar en los jóvenes e incluso en los viejos
que lo siguen, el interés por leer y reflexionar. Y mucho menos le interesa
dignificar la institución presidencial, dejando como huella preguntas y
disquisiciones sobre el futuro de la humanidad.
Mientras avanza el deterioro del
planeta y los procesos civilizatorios alrededor del mundo colapsan por la
fuerza de la razón instrumental de los negocios, incluido el de la guerra y el
narcotráfico, en Colombia se fortalece la idea que a menor conocimiento más
preparado se está para mandar y dirigir. El patrullerito-presidente seguirá
jugando con su radio y pistola al cinto porque su vida está inexorablemente
atada al saber-hacer o mejor, a saber-obedecer o saber-seguir con el guion que le trazaron sus
financiadores internos y Trump-Rubio, la dupla ignara, fatua, fierabrás, indocta
e inculta que está detrás del Escudo de las Américas.
