Por Germán Ayala Osorio
En medio de llamados de atención
y alarmas sobre los riesgos para la humanidad que ya trae la Inteligencia Artificial
(IA) por su naturalización y uso en todas las actividades humanas, la Academia
la dejó entrar a sus procesos pedagógicos y de formación
profesional sin mayor reflexión, con un problema adicional: tácita o explícitamente
se prohíbe a los docentes de humanidades abordar críticamente el uso irreflexivo
de esa herramienta por parte del estudiantado que la incorporó para
autoengañarse.
Cursos masivos virtuales de formación
ciudadana de más de trescientos estudiantes que se esconden detrás de las
cámaras de sus dispositivos, dan cuenta de que la Academia se entregó en cuerpo
y alma a la mediocridad que va de la mano de aquellos estudiantes fascinados con
la capacidad de la IA para resolver los problemas académicos que ellos deberían
de asumir aplicando los criterios propios del pensamiento crítico, usando categorías
de análisis y el enfoque sistémico, elevados ya a la condición de elementos “fósiles o antediluvianos” y extrañas maneras
de pensar en un mundo que avanza de la mano de la tecnología y la IA y del
concomitante proceso de deshumanización y estupidización.
Las tareas académicas desplegadas
en esos cursos estandarizados con los que se debilitan el currículo oculto y la
posibilidad de los docentes de “tirar línea”, los estudiantes acuden a la IA para
que se las haga. Es apenas lógico pensar que los profesores no tienen ni el
tiempo ni la disposición para leer más de trescientes “reflexiones” de la IA, firmadas por los
estudiantes. Todos entraron en el juego de engañarse. La enseñanza en universidades
privadas que se la jugaron toda por la virtualización de sus cursos, en
particular los que corresponden a las disminuidas humanidades, se convirtió en una
puesta en escena en la que todos los actores, libreto en mano, le hacen el
juego a la IA, la misma que en unos años remplazará a los docentes por
muñequitos animados con los que los alumnos (ahora si de verdad, sin luz), interactuarán
para seguir autoengañándose.
Esos estudiantes que llegan a las
universidades lo hacen con enormes vacíos conceptuales, emocionales y problemas
comportamentales derivados de una crisis sistémica de los procesos educativos,
incluidas las condiciones de familias disfuncionales en las que se levantan. Hacen
parte de una sociedad que cada vez más premia la bobada y las pendejadas de las
redes sociales, cloacas en las que se refugian millones de seres humanos que
encontraron en la sobreexposición ególatra el real sentido para seguir viviendo.
El profesor Miguel de Zubiría tiene claro el origen de esos problemas de los
universitarios: “Muy pocos colegios, si es que alguno, les enseñan a sus
estudiantes a escuchar (no conozco ninguno), a leer, exponer, escribir ensayos,
a argumentar, derivar, hipotetizar y las demás operaciones intelectuales
metacognitivas. Cuanto bien le haría al conjunto de primíparos una buena
nivelación en operaciones intelectuales a su ingreso universitario”. Y
el panorama es peor de acuerdo con el reconocido analista: “No tienen
idea de quiénes son, y menos de cuáles son sus cualidades, fortalezas,
incompetencias; ni mucho menos sus anhelos, motivaciones proyectos de vida. La
razón, la misma de siempre: nadie siquiera les ha hablado de este tema, para
mí, el más importante de la existencia”.
Baste con asomarse a lo sucedido
electoral y políticamente en Colombia recientemente para entender los riesgos
de ir a las urnas llevados por el odio al progresismo, o por la ignorancia
supina con la que muchos votaron; otros lo hicieron por miedo al “comunismo”,
desinformados, sin capacidad de análisis y guiados por cientos de miles de bots
que recrearon una realidad algorítmica que terminó llevando a la presidencia a un
tipo que se cree tigre. Un desarreglo identitario que los casi trece millones
que votaron por De la Espriella lo convirtieron en una ventaja pues creyeron
que con los zarpazos de ese gran depredador el país solucionaría todos sus
problemas.
Mientras De la Espriella hace y
deshace con el Estado como forma de dominación y escenario civilizatorio, en
las universidades docentes, estudiantes, decanos y directivas juegan, mutuamente,
a engañarse. Poco importan los riesgos que hoy exponen antiguos CEO o
trabajadores de empresas dedicadas a desarrollar la IA, porque finalmente la finitud, como condición
humana, y el desprecio natural por la Otredad son las circunstancias que seguirán
justificando la presencia y el triunfo final de los robots humanoides que nos
remplazarán para continuar haciéndole daño al planeta, mientras que logran
conquistar otro para someterlo a la misma dinámica de depredación. Fungimos
como langostas (saltamontes), en poco tiempo guiadas por máquinas. Mientras llega ese momento, Cali se achicharra bajo un sol inclemente y los caleños a diario bailan al ritmo de los enjambres sísmicos. Lo mejor es bailar al ritmo de la canción de Johny Pacheco, Si la tierra tiembla: "
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