viernes, 18 de septiembre de 2026

LA IA EN LA ACADEMIA: EL FIN DEL PENSAMIENTO CRÍTICO

 


Por Germán Ayala Osorio

 

En medio de llamados de atención y alarmas sobre los riesgos para la humanidad que ya trae la Inteligencia Artificial (IA) por su naturalización y uso en todas las actividades humanas, la Academia la dejó entrar a sus procesos pedagógicos y de formación profesional sin mayor reflexión, con un problema adicional: tácita o explícitamente se prohíbe a los docentes de humanidades abordar críticamente el uso irreflexivo de esa herramienta por parte del estudiantado que la incorporó para autoengañarse.

Cursos masivos virtuales de formación ciudadana de más de trescientos estudiantes que se esconden detrás de las cámaras de sus dispositivos, dan cuenta de que la Academia se entregó en cuerpo y alma a la mediocridad que va de la mano de aquellos estudiantes fascinados con la capacidad de la IA para resolver los problemas académicos que ellos deberían de asumir aplicando los criterios propios del pensamiento crítico, usando categorías de análisis y el enfoque sistémico, elevados ya a la condición de elementos  “fósiles o antediluvianos” y extrañas maneras de pensar en un mundo que avanza de la mano de la tecnología y la IA y del concomitante proceso de deshumanización y estupidización.

Las tareas académicas desplegadas en esos cursos estandarizados con los que se debilitan el currículo oculto y la posibilidad de los docentes de “tirar línea”, los estudiantes acuden a la IA para que se las haga. Es apenas lógico pensar que los profesores no tienen ni el tiempo ni la disposición para leer más de trescientes  “reflexiones” de la IA, firmadas por los estudiantes. Todos entraron en el juego de engañarse. La enseñanza en universidades privadas que se la jugaron toda por la virtualización de sus cursos, en particular los que corresponden a las disminuidas humanidades, se convirtió en una puesta en escena en la que todos los actores, libreto en mano, le hacen el juego a la IA, la misma que en unos años remplazará a los docentes por muñequitos animados con los que los alumnos (ahora si de verdad, sin luz), interactuarán para seguir autoengañándose.

Esos estudiantes que llegan a las universidades lo hacen con enormes vacíos conceptuales, emocionales y problemas comportamentales derivados de una crisis sistémica de los procesos educativos, incluidas las condiciones de familias disfuncionales en las que se levantan. Hacen parte de una sociedad que cada vez más premia la bobada y las pendejadas de las redes sociales, cloacas en las que se refugian millones de seres humanos que encontraron en la sobreexposición ególatra el real sentido para seguir viviendo. El profesor Miguel de Zubiría tiene claro el origen de esos problemas de los universitarios: “Muy pocos colegios, si es que alguno, les enseñan a sus estudiantes a escuchar (no conozco ninguno), a leer, exponer, escribir ensayos, a argumentar, derivar, hipotetizar y las demás operaciones intelectuales metacognitivas. Cuanto bien le haría al conjunto de primíparos una buena nivelación en operaciones intelectuales a su ingreso universitario”. Y el panorama es peor de acuerdo con el reconocido analista: “No tienen idea de quiénes son, y menos de cuáles son sus cualidades, fortalezas, incompetencias; ni mucho menos sus anhelos, motivaciones proyectos de vida. La razón, la misma de siempre: nadie siquiera les ha hablado de este tema, para mí, el más importante de la existencia”.

Baste con asomarse a lo sucedido electoral y políticamente en Colombia recientemente para entender los riesgos de ir a las urnas llevados por el odio al progresismo, o por la ignorancia supina con la que muchos votaron; otros lo hicieron por miedo al “comunismo”, desinformados, sin capacidad de análisis y guiados por cientos de miles de bots que recrearon una realidad algorítmica que terminó llevando a la presidencia a un tipo que se cree tigre. Un desarreglo identitario que los casi trece millones que votaron por De la Espriella lo convirtieron en una ventaja pues creyeron que con los zarpazos de ese gran depredador el país solucionaría todos sus problemas.

Mientras De la Espriella hace y deshace con el Estado como forma de dominación y escenario civilizatorio, en las universidades docentes, estudiantes, decanos y directivas juegan, mutuamente, a engañarse. Poco importan los riesgos que hoy exponen antiguos CEO o trabajadores de empresas dedicadas a desarrollar la IA, porque finalmente la finitud, como condición humana, y el desprecio natural por la Otredad son las circunstancias que seguirán justificando la presencia y el triunfo final de los robots humanoides que nos remplazarán para continuar haciéndole daño al planeta, mientras que logran conquistar otro para someterlo a la misma dinámica de depredación. Fungimos como langostas (saltamontes), en poco tiempo guiadas por máquinas. Mientras llega ese momento, Cali se achicharra bajo un sol inclemente y los caleños a diario bailan al ritmo de los enjambres sísmicos. Lo mejor es bailar al ritmo de la canción de Johny Pacheco, Si la tierra tiembla: "Si la tierra tiembla yo me voy de aquí. Si la tierra tiembla yo me voy de aquí. Yo mate cuatro panteras un tigre y dos leones. Pero si la tierra tiembla. Se me caen los pantalones...".

 

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