Por
Germán Ayala Osorio
El
fútbol es quizás el más grande y genuino espejo en el que los seres humanos dejan
ver sus miserias, tristezas, aprensiones y anhelos, pero sobre todo las formas
de estar en este mundo y de reconocer a los demás al interior de esas forzadas
comunidades urbanas unidas por aquella idea-pretensión de que somos seres
sociales por naturaleza. Esto último es una verdad que las ideologías, el poder,
la economía y la política relativizan, cuestionan y erosionan todo el tiempo para
darle la oportunidad a las prácticas aporofóbicas, racializadas y xenófobas ancoradas
a ideas fascistas visibles e invisibles.
El
Mundial de fútbol que por estos días mantiene atrapados a millones de
ciudadanos a lo largo del planeta es la enorme vitrina que cada cuatro años
hace confluir aquellos espejos atados a las soberanías estatales que entran en
el juego representacional de las selecciones de cada país que compiten por aquella
Copa que personifica al incontrastable poder humano de someter al planeta
Tierra a sus designios. No olvidemos que caminamos en la era del Antropoceno.
El
trofeo que entrega la FIFA da cuenta de dos figuras humanas que sostienen entre
sus manos a la Tierra. Por ser el fútbol un deporte espectáculo esa corona es más
deseada que la paz mundial. Y sí, hablemos de paz, pero a la colombiana.
El
caso de Colombia es ejemplarizante en la medida en que es una materia pendiente
y motivo suficiente para desbaratar la cohesión social y pulverizar aquella idea
de que somos seres sociales por naturaleza; lo curioso de esa idea es que pocos
cuestionan que las interacciones, la convivencia y los procesos de socialización
están mediados por la condición o la naturaleza humana de la que se puede
esperar lo más sublime, pero también lo más pérfido: guerras mundiales,
genocidios, ecocidios y el sometimiento de pueblos a los designios de poderosas multinacionales y caprichos de las
potencias militares y económicas.
Para
el caso nuestro, crímenes oficiales (falsos positivos), el exterminio de la UP
y la amenaza directa de un candidato presidencial que luego resultaría electo
por casi 13 millones de colombianos que hoy hacen parte de su “manada” (lo que
no está claro es quiénes componen esa caballada). Esto dijo: “Y sepan
ustedes señores de la izquierda, que en mí tendrán siempre un enemigo acérrimo
que hará todo lo que esté a su alcance para destriparlos como corresponde [...]
para acabar a ese cáncer que significa la izquierda radical”.
Dejo
ese asunto y hago transito a un asunto periodístico y humano del fútbol. Se
trata del caso Bielsa, el técnico del seleccionado uruguayo, quien a cuentagotas
entregó pistas y claridades alrededor de lo que pasó con su temprana eliminación
del certamen orbital. Ha dicho el “loco” Bielsa “que los jugadores de
Uruguay le pidieron acabar con las charlas y los vídeos tácticos porque no eran
capaces de mantener la atención más de 10 minutos fraccionados en varios días”.
Menuda declaración y constatación de lo que claramente compromete la
comunicación humana como factor indispensable para hacer posible eso de que
somos seres sociales por naturaleza.
Marcelo Bielsa
leyó bien al grupo y modificó el proceso comunicativo en esa relación técnico-selección.
Quiso adaptarse, reconoció a los jugadores como personas con derechos. Quizás
esos últimos se olvidaron de sus obligaciones por representar a unos tres millones
de uruguayos. Aquí la pregunta es: ¿Hicieron lo mismo los jugadores? Bielsa
intentó adaptarse a las condiciones cognitivas de los atletas y al desprecio
por la disciplina y la exigencia para competir. Sí, lo de Uruguay es
simplemente una derrota y una participación deshonrosa, de acuerdo con la crítica
deportiva. Lo que rescato del caso es que la comunicación, como proceso y
anhelo humano y atado a las cuestiones liberales, fracasó. Lo mismo podría
estar pasando ya en Colombia con el nuevo gobierno y las relaciones con los 12
millones setecientos mil ciudadanos que no lo votaron, asumidos quizás como incómodos
aficionados. Claro, De la Espriella Otero no es Marcelo Bielsa. El entrenador argentino
pone por encima de la estética, la ética. Lo contrario del presidente electo,
que desprecia la ética por lo menos para el ejercicio del derecho. Ya veremos cómo actúa éticamente como jefe de Estado.
La
comunicación entre De la Espriella, en su condición de presidente de la República
(entrante) partió de la negación del derecho a vivir de aquellos que piensan
distinto. Y eso es grave. Con anterioridad, les había negado a varios periodistas
sus derechos a investigar su pasado. Aunque en su primer discurso como presidente
electo intentó matizar la amenaza y bajarle unas rayitas a su carácter
pendenciero, entre cientos de miles de colombianos hay miedo y terror por las vidas que puedan resultar "eliminadas", en un verdadero "mata-mata" futbolero.
Por
la fiebre del fútbol no podemos dejar de advertir lo que puede venir para el país
si Abelardo de la Espriella cumple con la amenaza y continúa leyendo mal las
señales y los signos que esa parte de la sociedad le está enviando antes de
posesionarse. Declararse en desobediencia civil (pacífica), como lo hizo Iván
Cepeda Castro da cuenta de las aprensiones que subsisten en el progresismo
alrededor de esas otras amenazas que lanzó en campaña: fracking a lo que
marque, desmontar el Estado para facilitar su privatización y extraditar
al expresidente Petro, soportada esta acción en un indictment diseñado
ideológicamente por Marco Rubio, siguiendo órdenes del pederasta, violador y convicto presidente,
Donald Trump. En esas temerarias “promesas” de campaña hay una profunda
negación a reconocer derechos a la naturaleza, a los de millones que piensan distinto y por supuesto a los que tiene
Petro por su condición de exmandatario.
Hay que recordarle a los “abelardistas” y a otros tantos que hacen parte de la “manada” que ya en el pasado, durante la hegemonía paramilitar, civiles fueron decapitados y sus cabezas fueron usadas como balones de fútbol.
Durante más de
90 minutos se compite por tres puntos, una clasificación, un trofeo y la gloria
deportiva. El ejercicio del poder no es un juego, así se usen estrategias y se
contraten gurús del marketing político. Ojalá así lo entienda De la Espriella
Otero. En su infantil saludo militar puede estarse incubando una forma de no
reconocer a quienes ostentan la condición civil y militar. También puede estar
indicando que el nuevo presidente sufre algún tipo de desarreglo identitario. Me quedo con el "loco" Bielsa. Un tipo que se cree "Tigre" me genera dudas y miedo.