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martes, 28 de julio de 2026

EN COLOMBIA LOS PRESIDENTES TIENEN QUE SER MACHOS

 

Por Germán Ayala Osorio

Colombia es una sociedad patriarcal, machista y profundamente violenta con las mujeres. Esa verdad, que más parece una tara civilizatoria que una condición o una circunstancia fácilmente superable, tiene en el ejercicio de la política el escenario público-privado en el que con mayor claridad se notan el machismo y las prácticas de subvaloración, sexualización y dominación de los hombres sobre las mujeres. A las féminas se les reduce a adornos, objetos sexuales fácilmente alcanzables o reducidas a figuras propicias para hacer todo tipo de transacciones políticas.

La figura presidencial deviene atada históricamente al género masculino, asumido por la cultura política como la única fuente de donde es posible que broten candidatos con aspiraciones a ocupar la Casa de Nariño.

Las candidatas presidenciales mujeres no llegaron aún a instancias definitivas con la suficiente fuerza social y política capaz de romper con la hegemonía masculina en el cargo más importante del país: la presidencia de la República. La candidatura de Paloma Valencia Laserna en las pasadas elecciones se quedó a mitad del camino por las maniobras políticas asociadas al machismo del que siempre hizo gala el expresidente y expresidiario Álvaro Uribe Vélez, el prototipo de macho cabrío y violento, quien jamás se mostró convencido con la candidatura de Valencia Laserna por su condición de mujer. Esta lectura la confirmó recientemente María Fernanda Cabal, quien compitió, al interior del partido Centro Democrático, con la senadora caucana y Paola Holguín por el guiño del patrón y dueño de esa colectividad. Cabal les dijo a varios medios que a Uribe “ninguna le gustábamos”.

Ahora bien, ese machismo y la lectura sexualizada de la Mujer jamás en la historia reciente del país se había notado tanto en lo más alto del poder político. Por cuenta del presidente Petro, el discurso masculinizante, con toda su violencia simbólica, tocó la dignidad presidencial en varias ocasiones.

Varias frases expuestas públicamente por Petro generaron rechazo en las huestes feministas. Incluso, se interpusieron acciones de tutela que, falladas a favor de las accionantes, obligaron al presidente de la República a ofrecer públicas disculpas: “Una mujer libre hace lo que se le dé la gana con su clítoris y con su cerebro, y si sabe acompasarlo, pues será una gran mujer.” Otra frase que tocó las fibras de las feministas y confirmó que en el ejercicio del poder político en Colombia aún operan viejas masculinidades asociadas a las necesidades de los hombres de reivindicar su condición de machos en una sociedad que les exige a los varones comportamientos validados por el sistema patriarcal como ser mujeriegos y ser “buenos polvos”.  Soy muy bueno en la cama y ya alguien contará”, dijo Petro.

Las desafortunadas expresiones del presidente Petro terminaron haciendo parte del juego periodístico en el que cayeron los reales gustos-orientación sexual del jefe del Estado. De Petro se dijo que era gay y a pocos días de dejar el cargo los escándalos de corrupción en los que están involucradas mujeres jóvenes y hermosas cercanas a él están sirviendo para revertir esa “mala imagen” para consolidar de paso la que le corresponde como heterosexual que se siente atraído por “niñas” bien dotadas físicamente.

El cuadro de las expresiones machistas las completó el entonces candidato presidencial Abelardo de la Espriella, quien, en un programa radial, al aire, dejó ver también su afán de reivindicar su condición de macho cabrío, en medio de habladurías que cuestionarían su condición heterosexual. Esto dijo De la Espriella: “me gané unos buenos votos porque se me veía el paquete”. A renglón seguido, el entonces aspirante y hoy presidente electo, intimidó a una mujer periodista: la conminó a que le diera zum a una foto en la que, según él, “se le notaba grande el paquete”.

Mientras que los actos de habla de Petro y De la Espriella definen negativamente las condiciones de estadistas que sus seguidores les reconocen, toma fuerza la narrativa que señala que en Colombia hay una “guerra contra las mujeres” a juzgar por los crecientes feminicidios, los abusos sexuales y otras formas de violencias de género. Por supuesto que las desafortunadas frases de estos poderosos hombres aportan a la naturalización del relato machista que se alimenta a diario de la necesidad- casi una obligación- de los hombres de reivindicar su carácter de Machos berracos y por esa vía negar cualquier duda o tendencia a participar o sentirse atraídos por las prácticas homosexuales.

Petro y De la Espriella son hijos de la costa Caribe, territorio reconocido por las discursividades machistas e incluso por las prácticas zoofílicas de las que aún muy seguramente se ufanan algunos de los llamados “costeños”.  Además de compartir esa determinante condición territorial-cultural-identitaria, ambos políticos confirmaron que el machismo y el sistema patriarcal se alimentan de la necesidad de los hombres (machos) de ratificar a diario que efectivamente lo son, porque los presidentes, sí o sí, y de acuerdo con el "mandato cultural nacional", deben ser probados heterosexuales. 





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