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lunes, 28 de septiembre de 2026

EL PAÍS DE LA ATROCIDAD

 


Por Germán Ayala Osorio

 

Gobernar a Colombia, o por lo menos tratar de hacerlo, siempre terminará siendo un desafío moral, democrático, ético y estético tanto para los agentes históricos del Establecimiento como para esos grupos societales que, en medio de confusiones conceptuales, ignorancia convertida en un bien individual y colectivo, así como la naturalización de un ethos mafioso, sobreviven a esas fuerzas tradicionales responsables de haber impedido la consolidación de una verdadera República en este territorio.

Los presidentes de la República suelen asumirse como verdaderas provocaciones éticas, morales, democráticas y estéticas. Veamos algunos ejemplos, incluyendo al actual jefe del Estado, Abelardo Gabriel de la Espriella Otero.

Inicio con Álvaro Uribe Vélez, quizás el político que mejor representa a esa Colombia violenta, premoderna, incivilizada, camandulera, goda y neoliberal que durante ocho años se consolidó como un proyecto cultural que desafió los límites democráticos, los valores y principios morales y éticos, así como los de la estética del poder. Los daños que dejó Uribe fueron inconmensurables. Baste con señalar a los 7.837 crímenes de Estado perpetrados por agentes militares que acogieron a placer el espíritu de la política de seguridad democrática. Al final, esa política pública la convirtieron en el puntal de un democidio[1]. En lo que respecta a su ejercicio del poder, desde la dimensión estética fue grotesco por el uso reiterativo de un lenguaje vulgar, pendenciero y de la constante invitación a que la vida en todas sus manifestaciones fuera violentada. El presidente Santos lo llamaría después “rufián de esquina”.

Con la llegada de Juan Manuel Santos Calderón el legado de Uribe guio en parte las ejecutorias del hijo de la rancia bogotana que una vez elegido, dio un giro ético-político con el proceso de paz de La Habana pues intentó cerrar la “carnicería” en la que había convertido el país el presidente antioqueño. Frenar por un tiempo la producción de víctimas por el enfrentamiento entre el Estado y las Farc-Ep fue asumido como una “traición” no solo por el creador de la tanática política de seguridad democrática, sino por amplios sectores de la sociedad que llegaron a sentirse a gusto- pletóricos, quizás- con esa particular ética de un hombre premoderno, con la negación de la democracia como apuesta civilizatoria, y la inmoralidad de un mandato y un ejercicio del poder fascinado con la atrocidad y la barbarie. Édgar Barrerro acuñó el concepto de Estética de lo Atroz. Creo que esa categoría calza muy bien con lo que vivimos en el país durante esos aciagos años.

Luego vendría Iván Duque Márquez, un ser diminuto, un verdadero homúnculo que se encontró con la presidencia como quien se topa por accidente con un billete. Claro, las consecuencias de ese evento accidental partieron de la misma eticidad, inmoralidad y la burda estética que le legó su jefe, patrón, mentor y titiritero, Álvaro Uribe Vélez. Realmente Duque Márquez fue un costoso pasante de la Casa de Nariño. Lo único que una parte del país le reconoce es que gracias a su estulticia y estolidez el progresismo y la izquierda pudieron soñar con la posibilidad de conquistar el poder. Y lo lograron con Gustavo Petro Urrego, después de una pandemia y un estallido social mal manejados por este descriteriado y fatuo personaje.

Petro Urrego no solo llegó a retar al poder hegemónico, sino a deconstruir imaginarios, individuales y colectivos alrededor de eso de ser de izquierda y progresista. Al final, actuó más como progresista que como hijo de una izquierda armada degradada. Aunque quiso alejarse de la inmoralidad uribista, terminó erosionando su propia idea del cambio con las prácticas corruptas que ensuciaron su mandato. Esos hechos fueron magnificados por una prensa adversa que hizo todo y lo hace aún para exponerlo como lo peor que le pudo suceder al país. Se trata, por supuesto, de una apuesta política e ideológica con la que se busca demonizar las reformas sociales alcanzadas y la dignificación de los trabajadores a través de un fuerte incremento del salario mínimo.

Petro defendió la vida en todas sus manifestaciones. Intentó imponer un relato y una estética contraria a la de la barbarie que naturalizaron Uribe y Duque. El País de la Belleza recoge muy bien esa estética que se opone al modelo de desarrollo agro extractivo y la economía de enclave a la que le apostaron todos los presidentes que lo antecedieron. La fuerza de esa consigna atrajo el turismo internacional y puso al país de moda por las ocurrencias de Petro como desafiar a Trump y al genocida Estado de Israel, a la derecha internacional; insistir en el multilateralismo y de entrar en la Nueva Ruta de la Seda.  

Después de cuatro años de una lucha ideológica mediatizada, llegaría la campaña electoral. La corrupción, los errores cometidos por la campaña de Iván Cepeda, su nulo carisma y acartonada figura coadyuvaron en gran medida al triunfo de Abelardo de la Espriella, el falso outsider que la prensa hegemónica impuso. Claro, las granjas de bots aportaron al triunfo electoral y político de un abogado que considera que “la ética nada tiene que ver con el derecho”. De la Espriella llegó a la Casa de Nariño gracias a los clanes Gilinski, Char y al apoyo de Sarmiento Angulo. Es decir, de una parte, importante del viejo Establecimiento colombiano.

A pocos días de cumplir dos meses al frente del Estado, De la Espriella Otero ya deja ver los derroteros éticos, estéticos, democráticos y morales[2] con los que manejará el país. En campaña dijo que iba a gobernar con los “Nunca” que han vivido del Estado, pero a su gobierno llegaron los de Siempre. Mintió. Primer fallo ético. En lo que respecta a su idea de la democracia y el respeto a las instituciones, el veto contra el presidente de la ANDI y el acoso judicial contra periodistas dejan ver su talante antidemocrático. Peligroso antecedente de un perfil autocrático que se puede consolidar con el paso de los días.

En cuanto a su estética del poder, caminar entre cadáveres, mofarse de criminales a punta de ser extraditados y abandonar su condición de civil para actuar como un militar[3] más, lo acercan a lo que Édgar Barrero llamó la “Estética de lo atroz”.

“Nuestras élites políticas nos acostumbraron al ejercicio de la atrocidad como forma privilegiada de resolver nuestros conflictos sociopolíticos, toda vez que una de las características fundamentales de lo atroz es que alguien siente un gusto especial, un placer, una alegría con la destrucción severa de otros seres humanos que le resultan desagradables e inaceptables como para convivir con ellos”.

Insisto en la idea con la que inicié esta columna: gobernar a Colombia, o por lo menos intentarlo, constituye un desafío moral, ético, estético y democrático. Cambiar lo que lleva más de doscientos mal no ha sido la prioridad de la mayoría de los presidentes colombianos. Por el contrario, desde la Casa de Nariño han hecho todos los esfuerzos simbólicos e institucionales para mantener esos niveles de barbarie que hoy parecen disfrutar esos casi 13 millones de colombianos que votaron por un candidato presidencial que, una vez investido como Presidente, desprecia la ética, la Otredad, la dignidad de los muertos y la vida de los ecosistemas naturales. Ya estamos en camino de dejar de ser el País de la Belleza para ser el País de la Atrocidad.



[1] “Democidio es un término acuñado por el politólogo estadounidense Rudolph Rummel para describir "el asesinato intencional de una persona desarmada o desarmada por parte de agentes del gobierno que actúan en su capacidad autoritaria y de conformidad con la política del gobierno o el alto mando".

[2] “Invocar el nombre de Dios para legitimar la violencia o la opresión es una profanación de este nombre. Nada de lo que desfigura la dignidad humana se puede reivindicar como una auténtica inspiración divina. El discurso religioso debe exhortar constantemente a desarmar los corazones y las palabras” (Papa León XIV, en cuenta de X).

[3] “Esa naturalización de la vía “militarista” para resolver los conflictos va acompañada de posturas ideológicas profundamente intransigentes a través de las cuales se instala en la subjetividad una intencionalidad política de eliminación de la diferencia. Esa intencionalidad de asesinar física o simbólicamente la diferencia es lo que se puede llamar “violencia política”, pues ésta “supone una elaboración en la que existe una intención manifiesta o latente de hacer daño, siendo la estructura psicológica la que mayor impacto recibe” (Barrero, 2008, p. 38).

EL PAÍS DE LA ATROCIDAD

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