Por Germán Ayala Osorio
Gobernar a Colombia, o por lo
menos tratar de hacerlo, siempre terminará siendo un desafío moral, democrático,
ético y estético tanto para los agentes históricos del Establecimiento como
para esos grupos societales que, en medio de confusiones conceptuales,
ignorancia convertida en un bien individual y colectivo, así como la naturalización
de un ethos mafioso, sobreviven a esas fuerzas tradicionales responsables de
haber impedido la consolidación de una verdadera República en este territorio.
Los presidentes de la República suelen
asumirse como verdaderas provocaciones éticas, morales, democráticas y
estéticas. Veamos algunos ejemplos, incluyendo al actual jefe del Estado,
Abelardo Gabriel de la Espriella Otero.
Inicio con Álvaro Uribe Vélez,
quizás el político que mejor representa a esa Colombia violenta, premoderna,
incivilizada, camandulera, goda y neoliberal que durante ocho años se consolidó
como un proyecto cultural que desafió los límites democráticos, los valores y principios morales y éticos, así como los de la estética del poder.
Los daños que dejó Uribe fueron inconmensurables. Baste con señalar a los 7.837
crímenes de Estado perpetrados por agentes militares que acogieron a placer el
espíritu de la política de seguridad democrática. Al final, esa política pública
la convirtieron en el puntal de un democidio[1].
En lo que respecta a su ejercicio del poder, desde la dimensión estética fue
grotesco por el uso reiterativo de un lenguaje vulgar, pendenciero y de la constante
invitación a que la vida en todas sus manifestaciones fuera violentada. El
presidente Santos lo llamaría después “rufián de esquina”.
Con la llegada de Juan Manuel
Santos Calderón el legado de Uribe guio en parte las ejecutorias del hijo de la
rancia bogotana que una vez elegido, dio un giro ético-político con el proceso
de paz de La Habana pues intentó cerrar la “carnicería” en la que había
convertido el país el presidente antioqueño. Frenar por un tiempo la producción
de víctimas por el enfrentamiento entre el Estado y las Farc-Ep fue asumido
como una “traición” no solo por el creador de la tanática política de seguridad
democrática, sino por amplios sectores de la sociedad que llegaron a sentirse a
gusto- pletóricos, quizás- con esa particular ética de un hombre premoderno, con
la negación de la democracia como apuesta civilizatoria, y la inmoralidad de un
mandato y un ejercicio del poder fascinado con la atrocidad y la barbarie. Édgar
Barrerro acuñó el concepto de Estética de lo Atroz. Creo que esa categoría
calza muy bien con lo que vivimos en el país durante esos aciagos años.
Luego vendría Iván Duque Márquez,
un ser diminuto, un verdadero homúnculo que se encontró con la presidencia como
quien se topa por accidente con un billete. Claro, las consecuencias de ese
evento accidental partieron de la misma eticidad, inmoralidad y la burda
estética que le legó su jefe, patrón, mentor y titiritero, Álvaro Uribe Vélez. Realmente
Duque Márquez fue un costoso pasante de la Casa de Nariño. Lo único que una parte
del país le reconoce es que gracias a su estulticia y estolidez el progresismo
y la izquierda pudieron soñar con la posibilidad de conquistar el poder. Y lo
lograron con Gustavo Petro Urrego, después de una pandemia y un estallido
social mal manejados por este descriteriado y fatuo personaje.
Petro Urrego no solo llegó a
retar al poder hegemónico, sino a deconstruir imaginarios, individuales y
colectivos alrededor de eso de ser de izquierda y progresista. Al final, actuó más
como progresista que como hijo de una izquierda armada degradada. Aunque quiso
alejarse de la inmoralidad uribista, terminó erosionando su propia idea del
cambio con las prácticas corruptas que ensuciaron su mandato. Esos hechos fueron
magnificados por una prensa adversa que hizo todo y lo hace aún para exponerlo
como lo peor que le pudo suceder al país. Se trata, por supuesto, de una
apuesta política e ideológica con la que se busca demonizar las reformas
sociales alcanzadas y la dignificación de los trabajadores a través de un fuerte
incremento del salario mínimo.
Petro defendió la vida en todas
sus manifestaciones. Intentó imponer un relato y una estética contraria a la de
la barbarie que naturalizaron Uribe y Duque. El País de la Belleza recoge muy
bien esa estética que se opone al modelo de desarrollo agro extractivo y la
economía de enclave a la que le apostaron todos los presidentes que lo
antecedieron. La fuerza de esa consigna atrajo el turismo internacional y puso
al país de moda por las ocurrencias de Petro como desafiar a Trump y al genocida
Estado de Israel, a la derecha internacional; insistir en el multilateralismo y
de entrar en la Nueva Ruta de la Seda.
Después de cuatro años de una lucha
ideológica mediatizada, llegaría la campaña electoral. La corrupción, los
errores cometidos por la campaña de Iván Cepeda, su nulo carisma y acartonada
figura coadyuvaron en gran medida al triunfo de Abelardo de la Espriella, el
falso outsider que la prensa hegemónica impuso. Claro, las granjas de bots aportaron
al triunfo electoral y político de un abogado que considera que “la ética
nada tiene que ver con el derecho”. De la Espriella llegó a la Casa de
Nariño gracias a los clanes Gilinski, Char y al apoyo de Sarmiento Angulo. Es
decir, de una parte, importante del viejo Establecimiento colombiano.
A pocos días de cumplir dos meses
al frente del Estado, De la Espriella Otero ya deja ver los derroteros éticos,
estéticos, democráticos y morales[2]
con los que manejará el país. En campaña dijo que iba a gobernar con los “Nunca”
que han vivido del Estado, pero a su gobierno llegaron los de Siempre. Mintió. Primer
fallo ético. En lo que respecta a su idea de la democracia y el respeto a las
instituciones, el veto contra el presidente de la ANDI y el acoso judicial contra
periodistas dejan ver su talante antidemocrático. Peligroso antecedente de un perfil autocrático que se puede consolidar con el paso de los días.
En cuanto a su estética del
poder, caminar entre cadáveres, mofarse de criminales a punta de ser
extraditados y abandonar su condición de civil para actuar como un militar[3]
más, lo acercan a lo que Édgar Barrero llamó la “Estética de lo atroz”.
“Nuestras élites políticas nos
acostumbraron al ejercicio de la atrocidad como forma privilegiada de resolver
nuestros conflictos sociopolíticos, toda vez que una de las características
fundamentales de lo atroz es que alguien siente un gusto especial, un placer,
una alegría con la destrucción severa de otros seres humanos que le resultan
desagradables e inaceptables como para convivir con ellos”.
Insisto en la idea con la que
inicié esta columna: gobernar a Colombia, o por lo menos intentarlo, constituye
un desafío moral, ético, estético y democrático. Cambiar lo que lleva más de
doscientos mal no ha sido la prioridad de la mayoría de los presidentes
colombianos. Por el contrario, desde la Casa de Nariño han hecho todos los
esfuerzos simbólicos e institucionales para mantener esos niveles de barbarie
que hoy parecen disfrutar esos casi 13 millones de colombianos que votaron por un
candidato presidencial que, una vez investido como Presidente, desprecia la ética, la
Otredad, la dignidad de los muertos y la vida de los ecosistemas naturales. Ya
estamos en camino de dejar de ser el País de la Belleza para ser el País de la
Atrocidad.
[1]
“Democidio es un término acuñado por el politólogo estadounidense Rudolph
Rummel para describir "el asesinato intencional de una persona desarmada o
desarmada por parte de agentes del gobierno que actúan en su capacidad
autoritaria y de conformidad con la política del gobierno o el alto mando".
[2]
“Invocar el nombre de Dios para legitimar
la violencia o la opresión es una profanación de este nombre. Nada de lo que
desfigura la dignidad humana se puede reivindicar como una auténtica
inspiración divina. El discurso religioso debe exhortar constantemente a
desarmar los corazones y las palabras” (Papa León XIV, en cuenta de X).
[3]
“Esa naturalización de la vía “militarista”
para resolver los conflictos va acompañada de posturas ideológicas
profundamente intransigentes a través de las cuales se instala en la
subjetividad una intencionalidad política de eliminación de la diferencia. Esa
intencionalidad de asesinar física o simbólicamente la diferencia es lo que se
puede llamar “violencia política”, pues ésta “supone una elaboración en la que
existe una intención manifiesta o latente de hacer daño, siendo la estructura
psicológica la que mayor impacto recibe” (Barrero, 2008, p. 38).