Por Germán Ayala Osorio
Un mes después de haberse posesionado
como presidente de la República, Abelardo de la Espriella Otero va dejando claras
las características del camino ético-político, moral y cultural que dejará para
que los colombianos decidan- si es que ya no lo hicieron- si continúan dándole
cabida a las ideas progresistas y liberales reinstaladas por Petro en sus
cuatro años de mandato, o si por el contrario, sobre la proscripción de aquellas,
el país opta por regresar a la oscuridad que siempre acompaña al discurso religioso,
a la religiosidad misma, al fanatismo político y al desprecio por el cuerpo y el
pensamiento liberal y liberador del yugo de los que de manera ciega, hipócrita
y apasionada creen en mandatos divinos, mientras libran vibrantes y febriles
luchas internas contra sus propios demonios. Montaigne decía que “la
religión no ha tenido fundamento humano más cierto que el desprecio por la vida”.
Instalado en el poder omnímodo de
un jefe de Estado de una república bananera, el therian y pastor-presidente jamás
matizó la amenaza que lanzó en tono bíblico contra los petristas y progresistas
asumidos por este agente regenerador de nuevo cuño como “enemigos de la patria”.
Su desfile jactancioso y fierabrás sobre los 23 despojos mortales de igual número
de “enemigos de la patria” confirmó su desprecio por la vida de los diferentes,
sean terroristas o no, pero, sobre todo, mostró su animadversión hacia la
dignidad de los muertos exhibidos como trofeos en perfecto estado de autólisis.
La censura oficial-corporativa contra
las periodistas Camila Zuluaga y Ana Cristina Restrepo y el caricaturista Vlado
ha sido minimizada por la prensa tradicional y los colegas que decidieron no
poner en riesgo la lonchera. La autocensura es un tipo de mordaza peor que la
censura en la medida en que el periodista encarcela su propia lengua y
deslegitima su propio derecho a pensar, a opinar. Como si se tratara de los
agentes nazis que simplemente cumplían órdenes en los tiempos del holocausto,
los periodistas que se autocensuran dejan de pensar para convertirse en las
simples arandelas de la máquina de desinformación y posverdad que ya opera en Colombia.
Los colegas periodistas que ya agacharon la cabeza ante el poder presidencial pasarán a la historia como cómplices no solo del gobierno, sino de la construcción de esas inmorales placas huella sobre las cuales ya estamos caminando de regreso a los tiempos de la quema de libros, señalamientos públicos y privados de impíos; a la persecución de homosexuales y mujeres. A estas últimas no por “brujas” sino por aplazar el deber divino de ser madres y lo que es peor por atreverse a abortar en las circunstancias que llevaron a la Corte Constitucional a despenalizar el aborto. Mujer violada y embarazada por su victimario debe dar a luz a la criatura concebida con violencia, porque así lo dispuso el más retardatario de los políticos colombianos de todos los tiempos: Enrique Gómez, nieto del tenebroso Laureano Gómez.
Vista la cultura como una segunda
naturaleza, De la Espriella Otero está dejando las huellas y las rutas y prácticas
culturales que llevarán a la sociedad colombiana a exhibir sin pudor que la
condición humana, aviesa como ninguna otra, tiene en millones de colombianos,
por lo menos en casi trece millones que lo votaron, a su más nítida e
insuperable expresión, alimentada por aquellas fuerzas económicas y políticas
internacionales que están naturalizando el desprecio de la vida a través del genocidio
contra el pueblo palestino en Gaza y la persecución étnico-lingüística que
declaró Trump contra los migrantes latinos.
La historia de la humanidad y de
la iglesia católica misma se han alimentado y legitimado de las dicotomías
cuerpo-alma y buenos-malos. Sobre esta última dualidad el país ya vivió y
experimentó las moralizantes y paradigmáticas lecturas que impuso Álvaro Uribe
Vélez, el premoderno, violento y pecaminoso Mesías que le mostró el camino a De
la Espriella, su más aventajado discípulo. El therian presidente que se cree tigre
-en la naturaleza es un magnífico depredador- ya se encaramó en lo más alto de
la cadena ideológica, moral y ética que años atrás los conservadores, los del
Opus Dei y otras yerbas construyeron para determinar quiénes tienen o no el
derecho a vivir en la Patria Milagro.
Durante la campaña presidencial, el
entonces candidato presidencial dijo que “Colombia atravesaba por su momento
más oscuro y que él sintió un llamado patriótico para salvar al país. Por
el contrario, millones de colombianos sentimos que desde el 7 de agosto de 2016
estamos regresando a los momentos de mayor oscuridad, penumbra y opacidad que
ya vivimos durante los gobiernos de Turbay Ayala y Uribe Vélez. Descongelar el porte de armas amparadas por el
Estado es otra de esas medidas y acciones que harán posible tramitar nuestras diferencias
a balazos, como corresponde en repúblicas bananeras. De la mano de Cristo Rey, estamos de regreso al más ominoso pasado.
Quizás sea tiempo, para los que aún
no lo hicieron, de leer y releer El país de las emociones tristes, de
Mauricio García Villegas. A lo mejor, después de su lectura empiezan los
abelardistas a entender- no espero tanto, la verdad- que los caminos que está
trazando su ídolo y pastor-presidente nos conducirán hacia la barbarie de los
años 80 y 90. Termino esta columna con esta cita del referido libro: “Tal
vez deberíamos dedicar más tiempo a mejorar los arreglos emocionales que
heredamos del pasado; a mitigar los rencores y domesticar las furias; a pensar
menos en las guerras que tenemos que librar, en los enemigos que debemos aniquilar,
en las cuentas que tenemos que saldar; a no caer en las trampas del individualismo ciego…”.