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miércoles, 9 de septiembre de 2026

¿HACIA DÓNDE VA COLOMBIA?

 

 

Por Germán Ayala Osorio

 

Un mes después de haberse posesionado como presidente de la República, Abelardo de la Espriella Otero va dejando claras las características del camino ético-político, moral y cultural que dejará para que los colombianos decidan- si es que ya no lo hicieron- si continúan dándole cabida a las ideas progresistas y liberales reinstaladas por Petro en sus cuatro años de mandato, o si por el contrario, sobre la proscripción de aquellas, el país opta por regresar a la oscuridad que siempre acompaña al discurso religioso, a la religiosidad misma, al fanatismo político y al desprecio por el cuerpo y el pensamiento liberal y liberador del yugo de los que de manera ciega, hipócrita y apasionada creen en mandatos divinos, mientras libran vibrantes y febriles luchas internas contra sus propios demonios. Montaigne decía que “la religión no ha tenido fundamento humano más cierto que el desprecio por la vida”.

Instalado en el poder omnímodo de un jefe de Estado de una república bananera, el therian y pastor-presidente jamás matizó la amenaza que lanzó en tono bíblico contra los petristas y progresistas asumidos por este agente regenerador de nuevo cuño como “enemigos de la patria”. Su desfile jactancioso y fierabrás sobre los 23 despojos mortales de igual número de “enemigos de la patria” confirmó su desprecio por la vida de los diferentes, sean terroristas o no, pero, sobre todo, mostró su animadversión hacia la dignidad de los muertos exhibidos como trofeos en perfecto estado de autólisis.

La censura oficial-corporativa contra las periodistas Camila Zuluaga y Ana Cristina Restrepo y el caricaturista Vlado ha sido minimizada por la prensa tradicional y los colegas que decidieron no poner en riesgo la lonchera. La autocensura es un tipo de mordaza peor que la censura en la medida en que el periodista encarcela su propia lengua y deslegitima su propio derecho a pensar, a opinar. Como si se tratara de los agentes nazis que simplemente cumplían órdenes en los tiempos del holocausto, los periodistas que se autocensuran dejan de pensar para convertirse en las simples arandelas de la máquina de desinformación y posverdad que ya opera en Colombia.

Los colegas periodistas que ya agacharon la cabeza ante el poder presidencial pasarán a la historia como cómplices no solo del gobierno, sino de la construcción de esas inmorales placas huella sobre las cuales ya estamos caminando de regreso a los tiempos de la quema de libros, señalamientos públicos y privados de impíos; a la persecución de homosexuales y mujeres. A estas últimas no por “brujas” sino por aplazar el deber divino de ser madres y lo que es peor por atreverse a abortar en las circunstancias que llevaron a la Corte Constitucional a despenalizar el aborto. Mujer violada y embarazada por su victimario debe dar a luz a la criatura concebida con violencia, porque así lo dispuso el más retardatario de los políticos colombianos de todos los tiempos: Enrique Gómez, nieto del tenebroso Laureano Gómez.

Vista la cultura como una segunda naturaleza, De la Espriella Otero está dejando las huellas y las rutas y prácticas culturales que llevarán a la sociedad colombiana a exhibir sin pudor que la condición humana, aviesa como ninguna otra, tiene en millones de colombianos, por lo menos en casi trece millones que lo votaron, a su más nítida e insuperable expresión, alimentada por aquellas fuerzas económicas y políticas internacionales que están naturalizando el desprecio de la vida a través del genocidio contra el pueblo palestino en Gaza y la persecución étnico-lingüística que declaró Trump contra los migrantes latinos.

La historia de la humanidad y de la iglesia católica misma se han alimentado y legitimado de las dicotomías cuerpo-alma y buenos-malos. Sobre esta última dualidad el país ya vivió y experimentó las moralizantes y paradigmáticas lecturas que impuso Álvaro Uribe Vélez, el premoderno, violento y pecaminoso Mesías que le mostró el camino a De la Espriella, su más aventajado discípulo. El therian presidente que se cree tigre -en la naturaleza es un magnífico depredador- ya se encaramó en lo más alto de la cadena ideológica, moral y ética que años atrás los conservadores, los del Opus Dei y otras yerbas construyeron para determinar quiénes tienen o no el derecho a vivir en la Patria Milagro.

Durante la campaña presidencial, el entonces candidato presidencial dijo que “Colombia atravesaba por su momento más oscuro y que él sintió un llamado patriótico para salvar al país. Por el contrario, millones de colombianos sentimos que desde el 7 de agosto de 2016 estamos regresando a los momentos de mayor oscuridad, penumbra y opacidad que ya vivimos durante los gobiernos de Turbay Ayala y Uribe Vélez.  Descongelar el porte de armas amparadas por el Estado es otra de esas medidas y acciones que harán posible tramitar nuestras diferencias a balazos, como corresponde en repúblicas bananeras. De la mano de Cristo Rey, estamos de regreso al más ominoso pasado. 

Quizás sea tiempo, para los que aún no lo hicieron, de leer y releer El país de las emociones tristes, de Mauricio García Villegas. A lo mejor, después de su lectura empiezan los abelardistas a entender- no espero tanto, la verdad- que los caminos que está trazando su ídolo y pastor-presidente nos conducirán hacia la barbarie de los años 80 y 90. Termino esta columna con esta cita del referido libro: “Tal vez deberíamos dedicar más tiempo a mejorar los arreglos emocionales que heredamos del pasado; a mitigar los rencores y domesticar las furias; a pensar menos en las guerras que tenemos que librar, en los enemigos que debemos aniquilar, en las cuentas que tenemos que saldar; a no caer en las trampas del  individualismo ciego…”.

¿HACIA DÓNDE VA COLOMBIA?

    Por Germán Ayala Osorio   Un mes después de haberse posesionado como presidente de la República, Abelardo de la Espriella Otero va...