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martes, 30 de junio de 2026

¿DESOBEDIENCIA CIVIL?

 



Por Germán Ayala Osorio

 

Ya el país sabe que Abelardo de la Espriella gobernará hincado a los intereses del presidente de los Estados Unidos y a todo lo que de esa condición se derive como intervenciones militares, explotación de recursos naturales, expoliación de riquezas y planes de acción militar, como el Plan Colombia, alejados de consideraciones humanitarias y socioambientales. Y lo hará por dos razones: la primera, juró defender, por encima de cualquier cosa, los intereses norteamericanos cuando asumió la ciudadanía gringa de la que se siente honrado y pletórico; y la segunda, porque su triunfo político dependió de miembros de la clase política bogotana históricamente proclives y acostumbrados a encadenar la soberanía estatal del mismo cipo en el que de tiempo atrás ataron su dignidad y libertad. En el fondo hay una cuestión de honor fundada ética, moral y políticamente a una tara civilizatoria de origen cultural.

Por lo tanto, exigirle a De la Espriella, como lo hace Iván Cepeda, sopena de llamar a la desobediencias civil, a que “renuncie a la ciudadanía estadounidense, aclare posibles vínculos con agencias de seguridad de EE. UU., respete y se someta a la soberanía colombiana, cese la persecución política y judicial, y se comprometa a no extraditar al saliente presidente Gustavo Petro”, constituye una salida en falso y una inconveniente amenaza de parte del colíder de la oposición.

Concuerdo con Sandra Borda cuando señala que “no me gusta la idea de que nuestro arreglo constitucional le permita a un presidente tener doble ciudadanía. Creo que eso debería corregirse. Pero mientras no se cambien las reglas del juego, tampoco me gusta la idea de exigirle al presidente electo que renuncie a su ciudadanía y amenazarlo con desobediencia civil y con no reconocerlo como autoridad democráticamente electa si no lo hace. Hacer oposición a punta de extorsión y desconociendo nuestra legalidad no me suma”.

Después de reconocer los resultados del 21 de junio y la condición de presidente electo a De la Espriella, esta salida de Cepeda Castro parece obedecer a presiones internas e incluso a las maledicencias allegadas de agentes mediáticos que de manera denodada se la jugaron por su candidatura y de tiempo atrás por la defensa del proyecto político progresista.

El llamado a la “desobediencia civil” terminará por desgastar el capital social y político representado en los 12 millones setecientos mil colombianos que votaron por Cepeda Castro. Además del riesgo que supone exponer a sus líderes y cuadros a la persecución policial, militar y paramilitar que muy probablemente se ordenará desde la Casa de Nariño y por supuesto, desde aquellas instancias paraestatales dispuestas a defender a muerte el gobierno del “Tigre”, sus órdenes e incluso a interpretar sus silencios por el simple hecho de estar “Firmes por la Patria”. Recordemos que el propio presidente electo habla que detrás de él hay una “manada”. Y lo más probable es que de ese extenso grupo o caballada hagan parte ovejas, mansos felinos, perros ferales, ciudadanos ignorantes, chafarotes y odiadores profesionales e incluso bestias mitológicas.

Insistir en la “desobediencia civil” despertará a las Águilas Negras que durante los cuatro años de Petro fueron obligadas a hibernar no solo por razones ideológicas, sino porque aquello de defender la vida no fue un simple y engañoso eslogan. Hizo y sigue haciendo parte del proyecto progresista, el mismo que está alejado del carácter falaz y embaucador de ese molesto chillido con el que De la Espriella saluda a militares y civiles: “Firme por la Patria”.

Exponer al pueblo progresista a la persecución oficial en la que la derecha tiene experiencia, constituye una locura. Estamos hablando de vidas valiosas que se pueden perder en una disputa política que bien se puede librar al interior de las instituciones del Estado y bajo las reglas de la democracia deliberativa. Insistir en “tirarle el pueblo a la oligarquía”, bloqueando avenidas y realizando manifestaciones es una manera de desentenderse de las obligaciones que le demanda a Cepeda, a los congresistas del Pacto Histórico y al propio expresidente Petro hacerle oposición al gobierno entrante. 

A la idea del gobierno de Abelardo de la Espriella de gobernar con un enorme espejo retrovisor desde el que proyectará una imagen catastrófica del país que recibió, Cepeda debe organizar un equipo de profesionales que opere como una especie de gabinete paralelo que analice y vigile con juicio todas las decisiones y acciones emanadas de las carteras ministeriales que De la Espriella le está entregando a los de Siempre. En esa labor de control y vigilancia hay un ejercicio técnico que bien pueden desarrollar los exministros del Pacto Histórico, de la mano de profesionales dispuestos a colaborar con esa causa de confrontación de datos e interpretación de acciones gubernamentales.

Estos cuatro años bien los pueden dedicar a formar cuadros y consolidar equipos de trabajo con el único fin de recuperar la Casa de Nariño en el 2030. Si De la Espriella busca quedarse más allá de su periodo presidencial, bien a través de una reforma constitucional o través de un golpe de Estado, entonces el llamado a la desobediencia civil estará más que justificado.  El de ahora, no. El palo no está para cucharas, Iván. 



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