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miércoles, 5 de agosto de 2026

ABELARDISTAS LE TIENEN GANAS AL MONUMENTO A LA RESISTENCIA



Por Germán Ayala Osorio

 

Tumbar el monumento a la Resistencia en Cali es una aspiración política de la derecha abelardizada en la que confluyen variables como memoria, clasismo, racismo, aporofobia, hegemonía cultural, violencia simbólica y estética. En el argot popular se dice que la derecha le tiene ganas a la estructura de 13 metros de altura, convertida ya en un ícono para la ciudad e incluso en lugar turístico que quizás compite ya con estatuas tradicionales muy visitadas por propios y extraños.

Esas siete variables chocan con el sentido que a esos mismos conceptos les reconocen los miembros y militantes de la derecha abelardista que se sienten respaldados por Abelardo de la Espriella, presidente electo que en 24 horas será investido como jefe del Estado; huelga recordar que durante la campaña se refirió a la estructura como “adefesio y oda al terrorismo”. Sin duda alguna, una lectura ideologizada funcional a la narrativa oficial que el gobierno de Duque logró naturalizar en la ciudad para ocultar los desmanes y los excesos cometidos por la fuerza pública al momento de repeler los bloqueos y las manifestaciones populares, también violentas, que se presentaron en la “sucursal del cielo” en 2021.

Reconocer a las víctimas civiles que fueron asesinadas por el gobierno de Iván Duque en el contexto del estallido social constituye un acto de memoria con el que se rinde homenaje a los jóvenes caídos, se reivindica la protesta social y la legitimidad del movimiento social que estuvo detrás de los enfrentamientos entre policías y los jóvenes en el sector de Puerto Rellena.

Por supuesto que el monumento está para ser interpretado de acuerdo con el lugar que cada ciudadano le quiera dar a las siete categorías desde las que es posible legitimar, reconocer, aceptar, invalidar y descalificar ese símbolo que dice mucho de lo que somos como sociedad.

El deseo del “movimiento abelardista” de tumbar el enorme puño que se alzó en el sector de Puerto Rellena- hoy Puerto Resistencia- está atado fuertemente a la hegemonía cultural que se suele defender desde la derecha, orilla ideológica muy dada a no aceptar la existencia de otros relatos que den cuenta de hechos, episodios y coyunturas políticas y sociales como lo es y sigue siendo el estallido social. La molestia viene desde el mismo momento en el que se levantó la estructura, pasando por la propuesta de declararlo Patrimonio Nacional, proceso administrativo que no se concretó; terminando en el regreso de la derecha clasista, racista y aporofóbica que representa De la Espriella.

La defensa que hizo la derecha, con fervor histórico, de la estatua de Sebastián de Belalcázar derribada por indígenas Misak durante el estallido social explica con claridad el sentido que a cada una de las siete variables o conceptos le dan los militantes de la derecha abelardizada que ya está dispuesta a librar la “batalla cultural” de la que hablaron De la Espriella, el therian presidente y su ministra de Cultura (y no de las culturas), Paola Holguín.

La caprichosa posesión de Abelardo de la Espriella Otero en la ciudad de Cali es leída en varios sectores sociales y políticos como una “provocación” a los caleños que en su mayoría votó por el proyecto progresista tanto en el 2022 como en la jornada electoral del 21 de junio del año en curso. Sea o no una provocación, cualquier intento de tumbar el monumento a la Resistencia constituye un desafío, una bravata, de quienes al parecer acogieron como bandera de lucha los actos de habla del entonces candidato presidencial con los que elevó a la condición de “enemigos de la Patria” a los petristas y amenazó con “destripar” a la izquierda.

La estatua de Sebastián de Belalcázar da cuenta de una coyuntura social, política y económica epocal que debe permanecer en pie; lo mismo el monumento a la Resistencia. Ambos guardan la misma legitimidad por ser símbolos de dos momentos históricos que dicen mucho de nuestros procesos civilizatorios que nos pueden parecer fallidos, complejos y violentos por cuenta de la siempre aviesa condición humana. Pero son nuestros procesos civilizatorios que nos dicen a nosotros mismos y al mundo cómo hemos tramitado nuestras diferencias y conflictos. Y a juzgar por esa misma historia, seguimos estando lejos de ser un pueblo civilizado. 

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