Por Germán Ayala Osorio
Todos los días el presidente de
la República confirma su perfil militarista. Lo hace con su ridículo saludo
militar, el porte de un arma al cinto, el outfit verde oliva en la camisa
y el pantalón caqui; y su constante grito de batalla firme por la Patria. Su
condición de civil se desvanece cada vez más y eso que apenas lleva dos meses
en el cargo. No sería raro que terminara su mandato luciendo un uniforme de
fatiga o usando charreteras propias de un general de Brigada. Concuerdo con Catalina
Gil Pinzón cuando dice que “nunca es deseable que en una democracia un
gobierno civil promueva con tanta frecuencia gestos y lenguaje militar como
identidad política. La militarización del relato político es un riesgo
silencioso para la democracia”.
El dictador Fidel Castro Ruz
vestía prendas militares como premio y recuerdo de la gesta revolucionaria con
la que desmontó el régimen de Batista en 1959 con la ayuda de un grupo de
barbudos y mechudos que soñaban con el socialismo como alternativa política; lo
mismo hace aún Daniel Ortega, presidente de Nicaragua. Ambos “revolucionarios” encontraron en las botas y en el uniforme militar reconocimiento
internacional.
Al sentirse “combatiente” y
querer parecerse en algo a quienes sí han participado de operaciones de orden
público Abelardo Gabriel salió a defender a los exmilitares colombianos que
participaron del asesinato del presidente de Haití, Jovenel Moise, ocurrido el
7 de julio de 2021. No solo los llamó “héroes”, sino que ordenó a dos de sus
ministros a brindarles apoyo estatal en su compleja situación jurídica hoy en
manos de la justicia estadounidense.
De la Espriella, como abogado, guarda
un especial gusto por interactuar y defender bandidos. En una entrevista publicada
en la revista Semana (2008), Abelardo de la Espriella dijo esto sobre el
entonces comandante de las AUC, Salvatore Mancuso: “Mancuso es mi paisano
y se echó a espaldas una lucha que debimos haber dado todos los cordobeses.
En el lugar de él, yo habría hecho lo mismo… habría sido ‘paraco’ de
verdad, con uniforme y con fusil”. Aunque no lo llamó “héroe”, en
lo dicho hay evidencia de una fuerte admiración por el criminal de marras y una
actitud política con la que legitimó en ese momento la aparición del fenómeno
paramilitar.
En su cuenta de X el jefe
del Estado dijo que “les he dado la instrucción a los señores ministros de
Defensa y de Justicia de brindar asistencia jurídica a los militares
detenidos en Estados Unidos por su presunta participación en el asesinato del
presidente de Haití, así como apoyo económico a sus familias.
No pueden pagar justos por pecadores. Quiero saber exactamente qué ocurrió y
que se esclarezca la responsabilidad individual de cada uno. No soy la
clase de presidente que abandona a sus héroes cuando enfrentan dificultades.
No los voy a dejar solos: tendrán respaldo para ejercer su defensa y para
que toda esta situación se aclare”.
Vamos por partes como diría Jack
El Destripador. De la Espriella habla de una “presunta participación”, cuando
ya “hay nueve colombianos condenados en Estados Unidos por participar
en este asesinato, de los cuales cinco fueron sentenciados a
cadena perpetua, mientras que uno sexto tuvo una condena de nueve años por
financiar el envío de chalecos antibalas para los mercenarios”. En cuanto
al resto de exsoldados, hace poco fueron trasladados desde Puerto Príncipe a
Estados Unidos 17 para ser procesados por el magnicidio del presidente de
Haití.
El Estado colombiano está
obligado moral y políticamente a hacer valer los derechos de sus connacionales que
por cualquier razón están o van a ser procesados judicialmente en el exterior.
Eso se entiende, pero el asunto problemático está en que el presidente de la
República los eleve al estatus de “héroes”. Lo que no queda claro es si el
calificativo se da como reconocimiento a la operación que terminó con la muerte
del presidente de Haití o por los servicios prestados cuando portaron el
uniforme en territorio colombiano.
Lo del apoyo económico a las
familias suena a una suerte de actitud populista muy propia de quien afanosamente
busca el reconocimiento castrense. Se ve mal el ofrecimiento cuando en el país hay
cientos de miles de ciudadanos que madrugan todos los días a rebuscarse la vida
y no precisamente a planear o hacer parte de una operación militar para asesinar
a un jefe de Estado. Hay víctimas del terremoto que aún sufren las consecuencias
dejadas por el devastador movimiento telúrico y continúan esperando la ayuda del Estado. Es más, el gobierno de Abelardo Gabriel se ha mostrado indiferente frente a la suerte de los migrantes colombianos detenidos por los fascistas del ICE en los Estados Unidos en el marco de la "limpieza étnica" que emprendió Donald Trump.
Cuando De la Espriella dice que
no es la clase de presidente que abandona a sus héroes, a quién se refiere. ¿Acaso
al entonces presidente Petro? Gustavo Petro en un viaje a la isla le pidió perdón
a los haitianos y sus autoridades por las acciones criminales de los connacionales:
“colombianos oscuros en su corazón, blancos en su piel, pagos como
mercenarios por intereses en el estado de la Florida”, los llamó en ese
momento. Dos disímiles maneras de entender los hechos. Durante el pasado
gobierno se les ofreció a los “mercenarios” la asistencia que llaman estándar
dentro de las actividades de la Cancillería. Ahora, el presidente-combatiente inicia
un proceso de heroización que luce inmoral e inconveniente para la imagen del
Estado colombiano.
Varios medios de información
llaman “mercenarios” a los exmilitares colombianos que participaron del crimen
del presidente haitiano. Lo son en la medida en que vendieron su formación a
cambio de dinero. A la luz del derecho internacional y en el protocolo I, la definición
de mercenario cambia especialmente porque no viajaron a Haití para participar
de un conflicto armado. En El Príncipe de Maquiavelo se lee que “si un
príncipe sustenta su Estado con tropas mercenarias, no estará
nunca firme ni seguro, porque estas carecen de unión, son ambiciosas,
indisciplinadas, fanfarronas en presencia de los amigos, y cobardes contra los
enemigos...". Sería bueno que antes de haberlos elevado al
estatus de Héroes, De la Espriella le dijera al país qué clase de oficiales y
suboficiales fueron cuando portaron el uniforme. En cualquier caso, constituye
un grave error político del presidente ponerlos en el mismo nivel de aquellos
que han combatido en el país respetando las normas y sin traspasar los límites
de la guerra, porque no se le olvide, que hasta la guerra los tiene.
