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martes, 6 de octubre de 2026

ASESINOS DEL PRESIDENTE DE HAITÍ: ¿MERCENARIOS O HÉROES?




Por Germán Ayala Osorio

 

Todos los días el presidente de la República confirma su perfil militarista. Lo hace con su ridículo saludo militar, el porte de un arma al cinto, el outfit verde oliva en la camisa y el pantalón caqui; y su constante grito de batalla firme por la Patria. Su condición de civil se desvanece cada vez más y eso que apenas lleva dos meses en el cargo. No sería raro que terminara su mandato luciendo un uniforme de fatiga o usando charreteras propias de un general de Brigada. Concuerdo con Catalina Gil Pinzón cuando dice que “nunca es deseable que en una democracia un gobierno civil promueva con tanta frecuencia gestos y lenguaje militar como identidad política. La militarización del relato político es un riesgo silencioso para la democracia”.

El dictador Fidel Castro Ruz vestía prendas militares como premio y recuerdo de la gesta revolucionaria con la que desmontó el régimen de Batista en 1959 con la ayuda de un grupo de barbudos y mechudos que soñaban con el socialismo como alternativa política; lo mismo hace aún Daniel Ortega, presidente de Nicaragua. Ambos “revolucionarios” encontraron en las botas y en el uniforme militar reconocimiento internacional.

Al sentirse “combatiente” y querer parecerse en algo a quienes sí han participado de operaciones de orden público Abelardo Gabriel salió a defender a los exmilitares colombianos que participaron del asesinato del presidente de Haití, Jovenel Moise, ocurrido el 7 de julio de 2021. No solo los llamó “héroes”, sino que ordenó a dos de sus ministros a brindarles apoyo estatal en su compleja situación jurídica hoy en manos de la justicia estadounidense.

De la Espriella, como abogado, guarda un especial gusto por interactuar y defender bandidos. En una entrevista publicada en la revista Semana (2008), Abelardo de la Espriella dijo esto sobre el entonces comandante de las AUC, Salvatore Mancuso: “Mancuso es mi paisano y se echó a espaldas una lucha que debimos haber dado todos los cordobeses. En el lugar de él, yo habría hecho lo mismo… habría sido ‘paraco’ de verdad, con uniforme y con fusil”. Aunque no lo llamó “héroe”, en lo dicho hay evidencia de una fuerte admiración por el criminal de marras y una actitud política con la que legitimó en ese momento la aparición del fenómeno paramilitar.

En su cuenta de X el jefe del Estado dijo que “les he dado la instrucción a los señores ministros de Defensa y de Justicia de brindar asistencia jurídica a los militares detenidos en Estados Unidos por su presunta participación en el asesinato del presidente de Haití, así como apoyo económico a sus familias. No pueden pagar justos por pecadores. Quiero saber exactamente qué ocurrió y que se esclarezca la responsabilidad individual de cada uno. No soy la clase de presidente que abandona a sus héroes cuando enfrentan dificultades. No los voy a dejar solos: tendrán respaldo para ejercer su defensa y para que toda esta situación se aclare”.

Vamos por partes como diría Jack El Destripador. De la Espriella habla de una “presunta participación”, cuando ya “hay nueve colombianos condenados en Estados Unidos por participar en este asesinato, de los cuales cinco fueron sentenciados a cadena perpetua, mientras que uno sexto tuvo una condena de nueve años por financiar el envío de chalecos antibalas para los mercenarios”. En cuanto al resto de exsoldados, hace poco fueron trasladados desde Puerto Príncipe a Estados Unidos 17 para ser procesados por el magnicidio del presidente de Haití.

El Estado colombiano está obligado moral y políticamente a hacer valer los derechos de sus connacionales que por cualquier razón están o van a ser procesados judicialmente en el exterior. Eso se entiende, pero el asunto problemático está en que el presidente de la República los eleve al estatus de “héroes”. Lo que no queda claro es si el calificativo se da como reconocimiento a la operación que terminó con la muerte del presidente de Haití o por los servicios prestados cuando portaron el uniforme en territorio colombiano.

Lo del apoyo económico a las familias suena a una suerte de actitud populista muy propia de quien afanosamente busca el reconocimiento castrense. Se ve mal el ofrecimiento cuando en el país hay cientos de miles de ciudadanos que madrugan todos los días a rebuscarse la vida y no precisamente a planear o hacer parte de una operación militar para asesinar a un jefe de Estado. Hay víctimas del terremoto que aún sufren las consecuencias dejadas por el devastador movimiento telúrico y continúan esperando la ayuda del Estado. Es más, el gobierno de Abelardo Gabriel se ha mostrado indiferente frente a la suerte de los migrantes colombianos detenidos por los fascistas del ICE en los Estados Unidos en el marco de la "limpieza étnica" que emprendió  Donald Trump. 

Cuando De la Espriella dice que no es la clase de presidente que abandona a sus héroes, a quién se refiere. ¿Acaso al entonces presidente Petro? Gustavo Petro en un viaje a la isla le pidió perdón a los haitianos y sus autoridades por las acciones criminales de los connacionales: “colombianos oscuros en su corazón, blancos en su piel, pagos como mercenarios por intereses en el estado de la Florida”, los llamó en ese momento. Dos disímiles maneras de entender los hechos. Durante el pasado gobierno se les ofreció a los “mercenarios” la asistencia que llaman estándar dentro de las actividades de la Cancillería. Ahora, el presidente-combatiente inicia un proceso de heroización que luce inmoral e inconveniente para la imagen del Estado colombiano.

Varios medios de información llaman “mercenarios” a los exmilitares colombianos que participaron del crimen del presidente haitiano. Lo son en la medida en que vendieron su formación a cambio de dinero. A la luz del derecho internacional y en el protocolo I, la definición de mercenario cambia especialmente porque no viajaron a Haití para participar de un conflicto armado. En El Príncipe de Maquiavelo se lee que “si un príncipe sustenta su Estado con tropas mercenarias, no estará nunca firme ni seguro, porque estas carecen de unión, son ambiciosas, indisciplinadas, fanfarronas en presencia de los amigos, y cobardes contra los enemigos...". Sería bueno que antes de haberlos elevado al estatus de Héroes, De la Espriella le dijera al país qué clase de oficiales y suboficiales fueron cuando portaron el uniforme. En cualquier caso, constituye un grave error político del presidente ponerlos en el mismo nivel de aquellos que han combatido en el país respetando las normas y sin traspasar los límites de la guerra, porque no se le olvide, que hasta la guerra los tiene.


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