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sábado, 24 de octubre de 2026

ADEMÁS DE FACHOS...

 



Por Germán Ayala Osorio

 

El triunfo electoral y político de la ultraderecha que encarna Abelardo, el actor-presidente, abre el camino para que se consoliden o se repotencien en el país, como prácticas cotidianas difíciles de superar, el altruicidio y la adiaforización. El real riesgo es que el país las reclame como propias para hacerlas parte del conjunto de taras civilizatorias con las que ya nos ganamos el vergonzante lugar de una sociedad premoderna, poco democrática, retrograda y violenta.

El primer concepto, propuesto por Mbembe (2016) se entiende como una actitud proclive a ver al otro como un peligro inminente, del que debo cuidarme. Es una negación del otro en tanto que lo descifro como un riesgo. Si lo examinamos a la luz de nuestra realidad jurídico-política y el ya naturalizado doble rasero moral, es fácil conectarlo con la doctrina del enemigo interno que el entonces presidente Uribe supo extender su aplicación hacia defensores del medio ambiente, de los derechos humanos, periodistas, intelectuales y otros agentes críticos de la seguridad democrática, vistos todos como “amigos de los terroristas o terroristas vestidos de civil”. Ahora, en la “era del tigre”, esos mismos actores sociales y políticos son vistos como “enemigos de la Patria” porque se presumen seguidores de Petro o defienden las banderas progresistas y de izquierda.

El segundo concepto se define como algo sin importancia y más recientemente como la capacidad de no reaccionar como si algo le ocurriera no a personas, sino a cosas físicas, objetos. En palabras de Bauman, este último concepto da cuenta de la “pérdida de la sensibilidad moral en la sociedad, donde se trata de tomar los “…actos o inacciones como moralmente neutros y evitar que las opciones entre ellos se sometan a juicio ético, lo que significa eludir el oprobio moral”. Somos, entonces, una sociedad altruicida y adiafórica.

Se respira en el país un ambiente enrarecido motivado en gran medida por la infantilización[1] de la función pública, del sentido del Estado y de la democracia de parte de un presidente que camina entre cadáveres, lanza vivas a Cristo Rey que recuerdan un pasado violento, anda con un arma al cinto, saluda como militar y juega con un radio con el que autoriza desde demoliciones de edificios, hasta bombardeos contra estructuras narcoterroristas del ELN. Mientras juega a gobernar, la prensa hegemónica y corporativa todos los días le aplaude, al tiempo que aporta, con el siempre moralizante lenguaje periodístico, a que vayamos naturalizando el altruicidio y la adiaforización como las nuevas-viejas prácticas de una sociedad clasista, racista, aporofóbica, homofóbica, transfóbica, gazmoña, morronga, puritana, creyente y fanática que pondera el regreso de Alejandro Ordóñez Maldonado, el político y fanático religioso que llega al gobierno para ejercer como el líder espiritual de la anunciada “batalla y la contrarrevolución culturales”. Su adoctrinante liderazgo no se limitará por supuesto a las relaciones entre el Congreso y el Ejecutivo. No, claro que no. Esta especie de Torquemada criollo será la cara visible del régimen ultraconservador con el que soñaron católicos y evangélicos, entre otras sectas religiosas que odian a los miembros de la población LGTBIQ´+ y se oponen, con Biblia y camándula en mano, a los derechos reproductivos de las mujeres, al aborto y a la eutanasia.

Lo que está en juego en Colombia no es menor ahora que la ultraderecha llegó para quedarse: la ya débil democracia colombiana va poco a poco perdiendo sentido de realidad, eficacia jurídica y legitimidad social y política por cuenta de la intolerancia cultural que desde el Estado se alienta y promociona. Los responsables de ese retroceso son, en su orden, las empresas mediáticas que, convertidas en actores políticos, erosionaron hasta más no poder la legitimidad del gobierno anterior a través de un ejercicio periodístico ideologizado; también son responsables los que votaron por Abelardo- por odio a Petro- a sabiendas de que sucedería lo que ya ocurre apenas dos meses después de su posesión. Igualmente deberán asumir responsabilidades el expresidente Petro y las figuritas que usaron las redes sociales para hacer alarde de su cercanía con el mandatario, al tiempo que exhibían sus atributos físicos en una práctica de auto sexualización que facilitó la tarea de los periodistas que las redujeron a meros objetos sexuales. Y por supuesto, los corruptos que horadaron un proyecto político que se equivocó al vender una idea maximalista e irrealizable de cambio, por lo menos en lo que toca a las costumbres políticas.

Insisto: asistimos a una peligrosa y preocupante coyuntura política en la que además de distinguirnos por ser “fachos” y proclives a querer eliminar al diferente, vamos a sumar dos características más: adiafóricos y altruicidas. Será un verdadero milagro si al llegar el 2030 queda algo de patria, democracia y derechos.



[1] Sobre el perfil del presidente-therian y su actitud infantil atada a su incontrastable narcisismo hay quienes se atreven a decir que obedecen a un trastorno de personalidad. Recién, en El Unicornio, Jaime David Pinilla señaló en su columna que se trata de “…un trastorno de la personalidad claramente tipificado en el manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, más conocido como DSM-V: el narcisismo, según el cual, este se define como «un patrón dominante de grandeza (en la fantasía o en el comportamiento), necesidad de admiración y falta de empatía». Véase: https://elunicornio.com.co/la-presidencia-como-terapia-para-el-narcisista/

 

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