Por Germán Ayala Osorio
Ahora que una parte del país
despide a Antonio Navarro Wolff, un tuitero recordó una escena que dice mucho
del periodismo colombiano, de las tradicionales formas en el manejo del poder
político y por supuesto del perfil de quien hace horas partió a esa otra
dimensión a la que todos estamos destinados a llegar.
Antonio Navarro Wollf fungía en
ese momento, 1994, como candidato presidencial por la Alianza Democrática M-19.
Navarro irrumpe en un debate televisado en vivo entre Ernesto Samper y Andrés
Pastrana, organizado por los noticieros CM& y QAP (moderado por Yamid Amat,
María Isabel Rueda y María Elvira Samper) en las instalaciones de Inravisión. Navarro
Wolff no había sido invitado porque no marcaba en las encuestas, criterio con
el que los periodistas evitaron que el país escuchara una voz distinta a la de
los candidatos Andrés Pastrana (conservador) y Ernesto Samper Pizano (Liberal),
que representaban de muchas maneras la tradición política y electoral de un
país aún dominado por los dos partidos que años atrás se repartieron el poder
en el llamado Frente Nacional.
Haberle impedido a la opinión
pública de la época conocer los puntos de vista del candidato presidencial que
representaba a la naciente izquierda democrática de entonces, poco o nada se
asumió en ese momento como un cerramiento democrático, pues el país de la
constitución de 1991 apenas empezaba a transitar los caminos hacia una apertura
política e ideológica en las maneras de concebir sus complejas realidades de la
mano de ese nuevo actor político llamado izquierda democrática representada por
la ADM-19.
Escuchar a María Elvira Samper,
una de las presentadoras del debate electoral, en perspectiva histórica,
resulta interesante por la motivada exageración con la que ella y el equipo
periodístico asumieron la irrupción del candidato presidencial.
“Queremos ofrecerles disculpas
a los televidentes por lo que acaba de suceder que fue la irrupción imprevista
y sorpresiva del doctor Antonio Navarro candidato por el M-19 que
interrumpió el debate. Yo quiero hablar a nombre personal y de mis colegas
periodistas nos sentimos totalmente irrespetados, consideramos
que se ha cometido un atentado contra la libertad de prensa; dos
noticieros se unieron para hacer un debate con los candidatos que, a
nuestro juicio, no a nuestro juicio, que las encuestas que dicen que
están encabezando las opciones presidenciales…”.
Aunque lo expresado por la
periodista sea examinado años después a la luz de los cambios culturales que el
país sufrió, el presente del periodismo no difiere mucho del que se practicaba
en los años 90, desde la perspectiva de la manipulación de la opinión pública, su
operación como actor político atado inexorablemente a los intereses de particulares
agentes del Establecimiento y a la histórica defensa de la incipiente y formal
democracia colombiana.
No se trató, por supuesto, de un “atentado
contra la libertad de prensa” como de manera exagerada Samper interpretó lo
sucedido, pues si bien se interrumpió la transmisión del debate y Navarro dio
un golpe de opinión, las facultades para informar se mantuvieron intactas;
tanto así, que pudieron expresar su rechazo a la intrusión del candidato
presidencial. Cuando María Elvira Samper dice que a “nuestro juicio” y luego corrige,
es muestra irrefutable de que previamente tomaron partido por la tradición política
sostenida en el cerramiento democrático que aseguraba la operación hegemónica
de los partidos Liberal y Conservador.
Si bien hoy hay cambios
sustanciales en la naturaleza empresarial del periodismo colombiano, éste
mantiene la misma lógica que arbitraba y guiaba el trabajo informativo y
editorial de noticieros como CM& y QAP de la época: servir a los más
poderosos del país, mantener el statu quo y por esa vía imponer un relato
periodístico capaz de orientar a la opinión pública a pensar que los únicos responsables
del atraso del país y de sus problemas eran las guerrillas. Por estos tiempos, la
llamada opinión pública sufre la “bancarización”
del periodismo, circunstancia que tiene en la existencia de Semana y El Tiempo
a sus más emblemáticos ejemplos. A los banqueros que están detrás de esas dos empresas
mediáticas les dejó de interesar hacer periodismo de calidad (investigativo,
plural y atado éticamente a la deontología del oficio). Semana y El Tiempo fungen
como actores políticos y fingen informar de manera veraz e imparcial. Mienten
todo el tiempo y durante todas las semanas.
El periodismo colombiano siempre jugó
a ocultar la corrupción público-privada practicada por los miembros e hijos de
la clase política y empresarial del país. Para aquella época la narrativa
indicaba que el subdesarrollo del país obedecía en gran medida a la operación
militar de las guerrillas. Hoy, aunque esa narrativa se debilitó, los periodistas
“vacas sagradas” que siempre existirán insisten en el relato que señala que el
país no avanza por culpa de los “comunistas, los socialistas”. Ahora, en la “era
del tigre”, los enemigos de la patria son los petristas. Por el contrario, los
benefactores y amigos de los colombianos son los neoliberales que le apuestan a
entregar el país a las multinacionales y a ejecutar la anunciada “contrarrevolución
cultural”. Paz en la tumba de Antonio Navarro Wolff y reiterado pesar por el
periodismo que murió en las manos de periodistas como Yamid Amat, María Elvira
Samper y María Isabel Rueda, remplazados en el presente por Julio Sánchez, Vicky
Dávila, Juan Lozano y Néstor Morales, entre otros muchos más.
