Por Germán Ayala Osorio
Negar los beneficios que trajo el
Acuerdo de Paz de La Habana como lo hizo recién el embajador de Colombia en la
ONU, Mauricio Gaona ante el Consejo de Seguridad de la ONU se explica fundamentalmente
por dos razones: la primera, del orden internacional, porque los intereses comerciales
y geopolíticos de los Señores de la Guerra de Estados Unidos e Israel los
asumió Abelardo Gabriel y su gobierno como parte de su proyecto político y por supuesto como amigos estratégicos. De esa manera,
el inquilino de la Casa de Nariño pretende justificar y consolidar su política
de paz armada y narcotizada que se destaca por la eliminación física de precisos actores
armados (guerrillas de izquierda), mientras que con las estructuras
paramilitares se estaría pensando en renovar las viejas relaciones políticas que en el pasado
permitieron la connivencia entre agentes estatales y privados con los jefes de las Autodefensas
Unidas de Colombia (AUC). Recordemos que Mancuso se autodefinió como un actor bisagra de esa macabra relación. El control institucional (binacional) de la
producción de cocaína es un apéndice de esa paz armada y narcotizada que deviene articulada a la estrategia
del Escudo de las Américas y su falsa guerra total contra los narcoterroristas.
Y la segunda razón, del orden interno, deviene
atada al mismo objetivo de naturalizar la narrativa de la paz armada y narcotizada como
política de Estado articulada a los intereses internos de diversos agentes,
legales e ilegales, que le apuestan a ejecutar una contrarreforma agraria que debilite
a las organizaciones campesinas. La eliminación física y simbólica de la figura
del campesino o su transformación en jornaleros sin tierra hacen parte de esa
apuesta de contrarreforma agraria que también pretende asegurar que el país
importe alimentos de Estados Unidos en el marco del TLC, para erosionar la
seguridad y la autonomía alimentarias asumidas por la derecha local e
internacional como parte de un nocivo relato de la izquierda.
Bajos esas circunstancias lo dicho
por Gaona en el Consejo de Seguridad de la ONU manda un mensaje a las universidades
privadas y públicas que invirtieron tiempo y recursos, con el concurso de sus
profesores-investigadores y estudiantes, para legitimar el Acuerdo de Paz de La
Habana y la dimensión ética con la que se defendió el haberle puesto fin a esa “fábrica”
de producción de víctimas en que se convirtieron las hostilidades entre el
Estado y las entonces Farc-Ep. El mensaje es claro: el negocio de la guerra
está por encima de la paz negociada.
En su intervención, Gaona dejó
ver la visión corta, diminuta y reducida visión con la que él y Abelardo de la Espriella
asumen la historia de un conflicto armado interno que si bien sus dinámicas
efectivamente se han modificado a lo largo de 60 años, hay circunstancias objetivas
y subjetivas que siguen exhibiendo los graves problemas que arrastra el Estado
como forma de dominación por cuenta de una élite que desde los inicios de la
República viene afinando sus estrategias de captura mafiosa de sus
instituciones, en provecho de sus siempre mezquinos intereses, articulados por
supuesto a los de los Estados Unidos y las multinacionales interesadas en seguir
expoliando al país. Hoy las “tierras raras” hacen parte de ese juego del que
Abelardo Gabriel, como ciudadanos americano, decidió participar para beneficiar
a su verdadera patria, los Estados Unidos.
“Quisiera desmantelar
las falsas narrativas y las falacias que han podido escuchar de aquellos que se
han beneficiado más de este proceso de paz. En particular, los que abogan que
el acuerdo de paz de 2016 es un modelo para el mundo. Pues no para nuestro mundo”.
Justamente la idea final de este
párrafo explica con claridad a lo que se enfrentan los colombianos que creen en
una paz negociada y en la necesidad de que por fin se consolide el Estado como
una forma de dominación legítima, decente y democrática que le apueste a un desarrollo
económico sostenible que beneficie a las grandes mayorías. “Pues no
para nuestro mundo” señaló el embajador ante la ONU.
Gaona se refiere a un mundo sin
campesinos, entregado a los negocios de ganaderos, latifundistas, empresas mineras
y constructoras; un mundo que beneficia a los Señores de la Guerra; el mundo del
unanimismo ideológico y político en el que solo existe una única verdad, la de
la derecha; ese mundo que niega la diversidad cultural e impone la pureza del “hombre
blanco” que está detrás del modelo de la gran plantación; el mundo que niega el
cambio climático y por esa vía justifica el sometimiento de valiosos
ecosistemas estratégicos a las actividades de explotación minera y el
crecimiento desordenado e insostenible de pueblos y ciudades. Un mundo en el que la izquierda y el progresismo quedan proscritos. El mundo de Gaona
es el de la felicidad de pocos y la tristeza de millones. A Gaona solo le faltó
gritar en el Consejo de Seguridad de la ONU “bienvenidos a la patria milagro”. En
cuatro años, seremos la patria miseria.
