sábado, 31 de octubre de 2026

EL MUNDO DE GAONA



Por Germán Ayala Osorio

 

Negar los beneficios que trajo el Acuerdo de Paz de La Habana como lo hizo recién el embajador de Colombia en la ONU, Mauricio Gaona ante el Consejo de Seguridad de la ONU se explica fundamentalmente por dos razones: la primera, del orden internacional, porque los intereses comerciales y geopolíticos de los Señores de la Guerra de Estados Unidos e Israel los asumió Abelardo Gabriel y su gobierno como parte de su proyecto político y por supuesto como amigos estratégicos. De esa manera, el inquilino de la Casa de Nariño pretende justificar y consolidar su política de paz armada y narcotizada que se destaca por la eliminación física de precisos actores armados (guerrillas de izquierda), mientras que con las estructuras paramilitares se estaría pensando en renovar las viejas relaciones políticas que en el pasado permitieron la connivencia entre agentes estatales y privados con los jefes de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Recordemos que Mancuso se autodefinió como un actor bisagra de esa macabra relación. El control institucional (binacional) de la producción de cocaína es un apéndice de esa paz armada y narcotizada que deviene articulada a la estrategia del Escudo de las Américas y su falsa guerra total contra los narcoterroristas.

Y la segunda razón, del orden interno, deviene atada al mismo objetivo de naturalizar la narrativa de la paz armada y narcotizada como política de Estado articulada a los intereses internos de diversos agentes, legales e ilegales, que le apuestan a ejecutar una contrarreforma agraria que debilite a las organizaciones campesinas. La eliminación física y simbólica de la figura del campesino o su transformación en jornaleros sin tierra hacen parte de esa apuesta de contrarreforma agraria que también pretende asegurar que el país importe alimentos de Estados Unidos en el marco del TLC, para erosionar la seguridad y la autonomía alimentarias asumidas por la derecha local e internacional como parte de un nocivo relato de la izquierda.

Bajos esas circunstancias lo dicho por Gaona en el Consejo de Seguridad de la ONU manda un mensaje a las universidades privadas y públicas que invirtieron tiempo y recursos, con el concurso de sus profesores-investigadores y estudiantes, para legitimar el Acuerdo de Paz de La Habana y la dimensión ética con la que se defendió el haberle puesto fin a esa “fábrica” de producción de víctimas en que se convirtieron las hostilidades entre el Estado y las entonces Farc-Ep. El mensaje es claro: el negocio de la guerra está por encima de la paz negociada.

En su intervención, Gaona dejó ver la visión corta, diminuta y reducida visión con la que él y Abelardo de la Espriella asumen la historia de un conflicto armado interno que si bien sus dinámicas efectivamente se han modificado a lo largo de 60 años, hay circunstancias objetivas y subjetivas que siguen exhibiendo los graves problemas que arrastra el Estado como forma de dominación por cuenta de una élite que desde los inicios de la República viene afinando sus estrategias de captura mafiosa de sus instituciones, en provecho de sus siempre mezquinos intereses, articulados por supuesto a los de los Estados Unidos y las multinacionales interesadas en seguir expoliando al país. Hoy las “tierras raras” hacen parte de ese juego del que Abelardo Gabriel, como ciudadanos americano, decidió participar para beneficiar a su verdadera patria, los Estados Unidos.

“Quisiera desmantelar las falsas narrativas y las falacias que han podido escuchar de aquellos que se han beneficiado más de este proceso de paz. En particular, los que abogan que el acuerdo de paz de 2016 es un modelo para el mundo. Pues no para nuestro mundo”.

Justamente la idea final de este párrafo explica con claridad a lo que se enfrentan los colombianos que creen en una paz negociada y en la necesidad de que por fin se consolide el Estado como una forma de dominación legítima, decente y democrática que le apueste a un desarrollo económico sostenible que beneficie a las grandes mayorías. “Pues no para nuestro mundo” señaló el embajador ante la ONU.

Gaona se refiere a un mundo sin campesinos, entregado a los negocios de ganaderos, latifundistas, empresas mineras y constructoras; un mundo que beneficia a los Señores de la Guerra; el mundo del unanimismo ideológico y político en el que solo existe una única verdad, la de la derecha; ese mundo que niega la diversidad cultural e impone la pureza del “hombre blanco” que está detrás del modelo de la gran plantación; el mundo que niega el cambio climático y por esa vía justifica el sometimiento de valiosos ecosistemas estratégicos a las actividades de explotación minera y el crecimiento desordenado e insostenible de pueblos y ciudades. Un mundo en el que la izquierda y el progresismo quedan proscritos. El mundo de Gaona es el de la felicidad de pocos y la tristeza de millones. A Gaona solo le faltó gritar en el Consejo de Seguridad de la ONU “bienvenidos a la patria milagro”. En cuatro años, seremos la patria miseria.

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