Por Germán Ayala Osorio
El hombre blanco, rico, perfumado,
elegante, de buenas maneras en espacios públicos, pero patán en lo privado; con
o sin el síndrome de Macbeth y ojalá terrateniente tiene derecho a montar en aeronaves
privadas y estatales e incluso a violar y asesinar niñas pobres[1].
La sociedad colombiana, clasista y racista, siempre estará dispuesta a
perdonarle a todo hombre blanco sus antojos, sus “mañas sexuales” y su
arrogancia en el ejercicio del poder.
En los tiempos del gobierno
Petro, la vicepresidenta Francia Márquez Mina fue víctima del racismo estructural
por ser negra y haber cumplido en el pasado labores domésticas, circunstancia étnica
y social suficiente para que el uso de un helicóptero Black Hawk de la Fuerza
Aérea Colombia (FAC) debido a su cargo, lo convirtieran las empresas mediáticas
tradicionales y varios agentes del poder hegemónico blanco, entre ellas María
Fernanda Cabal, en una imperdonable osadía, casi que en un delito. Por aquella época
los periodistas defensores del Establecimiento escrutaban con especial interés
las horas de vuelos y los destinos a los que viajaba la vicepresidenta.
Agobiada por el hostigamiento
mediático y político, Márquez Mina dejó salir en una entrevista un “de malas” dirigido
a quienes le criticaban, según ellos, el uso excesivo de ese recurso público. Ese
“de malas” se convirtió en meme, en stickers y dio cuenta del clasismo y el
racismo, taras civilizatorias que nos mantienen atados al pasado y al deseo de
muchos de volver a los tiempos de la esclavitud. Fue tal el odio que se
despertó en contra de la vicepresidenta Francia Márquez que le gritaban “simio”
y otras expresiones racistas. Varias personas resultaron procesadas por ese exacerbado
racismo.
Con la llegada de Abelardo de la
Espriella Otero a la presidencia, el uso del helicóptero oficial para su
servicio no llama la atención de esos mismos periodistas que llegaron a registrar
en titulares y textos noticiosos que Francia Márquez realizó “130 vuelos en
aeronaves C-295, E-135, F-28, SK350 y UH-60 Black Hawk; 128 horas y 33 minutos
que nos han costado a los colombianos $2.869.972.464".
Parece no interesar que el fatuo
pastor-presidente use el helicóptero presidencial o cualquier otra aeronave
para sus desplazamientos sea para actividades propias de su cargo o las de
índole personal. Ya no es noticia. No se atreven a preguntar por los
millonarios costos de esos viajes del therian presidente por varias razones a
saber: 1. Les da miedo meterse con el “tigre” porque de un zarpazo les quita la
pauta o los censura. 2. Es hombre y blanco, lo que de inmediato anula cualquier
posibilidad de esculcar los millonarios gastos de esos desplazamientos.
Conclusión: el uso del
helicóptero no era el problema y mucho menos los costos del combustible. El
asunto de fondo era quién lo usaba. Y para el caso, lo usufructuaba una mujer
negra que antes de ser vicepresidenta había sido muchacha del servicio en una
casa de familia en Cali. Es tal el clasismo, el arribismo y el racismo
que el pastor-therian-presidente prefirió mandar a remodelar una instalación dentro
del Batallón Paraíso de Barranquilla para convertirla en la sede presidencial
alterna. La explicación salta a la vista: no quiso vivir en la Casa de
Nariño porque el “manteco” del Petro vivió allí durante sus cuatro años de
mandato. Nadie sabe de la suerte del o de los helicópteros que usó
Francia Márquez Mina. Eso sí, no creo que Abelardo sea capaz de usarlos a sabiendas
de que la negra Márquez se montó en esas aeronaves.
[1]
El caso de Yuliana Samboní representa con claridad ese “derecho” social,
jurídica y políticamente otorgado a los hombres blancos (o mestizos blanqueados).
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