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viernes, 4 de septiembre de 2026

ESTADO Y ESTRUCTURAS CRIMINALES IGUALADOS EN CRUELDAD



Por Germán Ayala Osorio

 

La burda, tétrica y sombría exhibición de los cuerpos de bandidos “dados de baja” (léase, asesinados) de parte del presidente-pastor Abelardo de la Espriella nos está regresando a los tiempos barbáricos de la Seguridad Democrática a los que el país se acostumbró con pasmosa facilidad. Los “carrotancados de sangre o los litros de sangre o a mí no me traiga detenidos” regresarían como lemas y orientaciones de unas fuerzas armadas sometidas en poco tiempo a vaivenes ideológicos y a cambios de doctrina moral que en lugar de unificar criterios y protocolos al momento de realizar operaciones militares ofensivas alineados con el respeto al DIH y a los DDHH, quedarían sujetos a la toma de decisiones discrecionales de aquellos comandantes que se sienten cómodos con el nuevo gobierno, lo que los haría proclives a violar las normas de protección de civiles e incluso la dignidad y el respeto debido a los combatientes “neutralizados”. Presentar cadáveres como trofeos de guerra convierte la guerra en un frenético juego que nadie querrá perder y a los combatientes en jugadores que, como en el fútbol, apelan a toda suerte de trampas y trapisondas para engañar a los árbitros. Y cada miembro de la sociedad, en espectador del innoble espectáculo.  

Las imágenes de televisión en las que se ve al comandante supremo de las fuerzas armadas caminar-desfilar en medio de cadáveres van a inspirar a las organizaciones criminales a hacer lo mismo cuando logren dar golpes de mano a las fuerzas legales: se grabarán exhibiendo los cuerpos mutilados de militares y policías vengando el agravio presidencial. Al final, las estructuras delincuenciales y el Estado operarán igualados en crueldad.

Las puestas en escena en las que el jefe del Estado desfila entre los muertos generan miedo en sectores de la sociedad por el posible regreso de la práctica sistemática de asesinar civiles para hacerlos pasar como guerrilleros-bandidos-terroristas caídos en combate. De la Espriella se regodea en público por la “hazaña” o gesta militar que además de pasajera, de poco servirá para pacificar a las malas el país por una razón de fondo: al gobierno del pastor-presidente no le interesa atacar y superar las circunstancias históricas, subjetivas y objetivas que permiten el surgimiento de toda suerte de criminales. Por el contrario, sus decisiones de política económica y el mismo modelo económico, político y cultural están pensados para que debajo de cualquier piedra que se levante en el país brote un ladrón que luego se convertirá en sicario; y posteriormente, en comandante paramilitar o guerrillero.

Los menores de edad que cayeron en las recientes operaciones Azarías y Amon, ambos nombres bíblicos, fueron víctimas de las estructuras narcoguerrilleras que los reclutaron de manera forzada y doblemente víctimas de un Estado que jamás los protegió y les brindó mejores condiciones de vida. Al asesinarlos, el jefe del Estado cree que borra la primigenia responsabilidad no asumida cuando lo único que logra es debilitar la legitimidad estatal que De la Espriella cacarea constantemente, derivada del principio weberiano del monopolio de la fuerza legítima atado al Estado asumido como una estructura de dominación humana de la que se espera actos de violencia legítima de parte de sus aparatos de represión.

El jefe del Estado está ambientando el regreso de ese escenario luctuoso de la Seguridad Democrática a través de sus actos de habla cargados de un preocupante desprecio por la vida y el uso de los cadáveres para justificar políticamente los operativos. Es un craso error insistir en que el Estado se legitima a partir de su deshumanización como orden establecido.

El caso del criminal conocido con el alias de “Bendito Menor” ratifica la crueldad y la descomposición moral del Estado. Evitar, impedir o alargar la entrega del cuerpo del bandido asesinado por agentes estatales tal y como lo denuncian sus familiares, consolida la imagen que del Estado está naturalizando De la Espriella: un Estado indolente que se burla del dolor de las familias de los criminales “neutralizados”. No, así no.

Adenda: hace poco el pastor-presidente dijo sentirse como el “papá de 53 millones de colombianos”. Por la inmoral y pomposa exhibición de cadáveres, De la Espriella no es un padre cualquiera. Para el caso, sería un filicida, pues ordenó el asesinato de hijos de esta patria, así hayan estado por fuera de ley. Mi padre, con todo y sus defectos, jamás asesinó y mucho menos ordenó una ejecución. 



Imagen tomada de El Colombiano.com

GOBERNADOR DE NARIÑO PERFILADO POR EL PRESIDENTE

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